lunes, 24 de abril de 2023

Un poquito de mi, para empezar a conocernos

Un poquito de mí, para empezar a conocernos:

Me llamo Bartolo (te agradecería obviaras pensar en determinadas bromitas de las que estoy más que harto). Todo el mundo me llama Barti. Estoy acabando secundaria y como toda la promoción debo decidir qué quiero hacer al año que viene: Bachiller, grado medio, grado superior…

Yo quiero trabajar en el campo. Y con el ganao. Vamos, quiero irme con mi padre a trabajar. Me encanta ese trabajo y adoro mi pueblo y vivir en él. Lo tengo clarísimo. No veo la necesidad de seguir estudiando en la enseñanza reglada, porque no necesito títulos y no me van a enseñar nada de lo que vaya a necesitar. Ahora con internet, todo lo que quiera aprender sobre agricultura y ganadería para avanzar en mi trabajo lo tengo a golpe de “un clic”. Todo lo que mi padre no pueda enseñarme. ¡Claro está!

Te cuento cosicas sobre mí. Mi madre dice que soy un bisajudo1, porque me pongo lo primero que encuentro me planto las maripis2 y listo para salir de casa. También soy un poco zaforas3, tanto con mi aspecto como en mi proceder diariamente:

—¡Dónde vas con el calzero4 de trabajar! —grita mi madre en cuanto entro por la puerta— ¡Menudo barrestruz5 me has dejado en el suelo! ¡Mira!

“Y al inte”6, antes de que pueda reaccionar, me ha puesto una rodilla7 en la mano y me tienes limpiando el rastro que he dejado al entrar.

Mi abuelo dice que estoy arguellau8, vamos que soy un “tirillas” y además algo garroso9.

¡Dónde vas con ese cuerpo escombro! —grita mi abuelo riéndose cuando los sábados me voy de marcha. (Para que no vayas soñando con que soy un Robert Redford).

Puedo parecer un poco aplampau10, un zebollo11. Las vecinas de mi madre alguna vez le han dicho: ¡A tu hijo Barti parece que le falta un hervor!

Me da pampurrias12 solo de pensarlo. Confunden el tocino con la velocidad. Es cierto que en el colegio y en el instituto no he demostrado mucha virtud. Cierto. ¡No sabes lo que me abuuuuurrrrrro!

Pero no te equivoques, ¡eh!, no soy para nada un malchandro13. Soy el primero en levantarme los fines de semana para irme con mi abuelo o con mi padre a trabajar al campo. O al monte con las ovejas. Soy muy hábil en el ortal14. Mi padre dice que lo que yo trabajo tiene un sabor especial. A mi dame un ajau15 y déjame ser feliz.

—¡Ranca al instituto y no me hagas hablar! —Mi madre no lo entiende, ella cree que debería estudiar para tener una vida mejor—¿Quieres estar como tu padre, toda la vida trabajando pa otri16?

—¡Ñai17! ¡Ya estamos! ¿Tan mal hemos vivido? Yo, a Papá lo veo feliz.

—¡Qué chandrío18! ¡No sé qué vamos a hacer con este chiquillo! —Así acaba la discusión. Mamá se va medio enfadada, medio triste y yo que quedo esbafau19.

 

Te lo explico. Me gusta contemplar las hormigas cuando empieza la primavera y haciendo caminos eternamente largos de montones de hormigas van llenando el hormiguero con provisiones para el invierno. Una detrás de otra, en grupo, las puedes encontrar en todas las direcciones. Pero a veces, si te fijas bien, cerca de ellas, pero lo suficientemente lejos, una hormiga ha perdido la fila. Se mueve de manera errática atrás y adelante, a izquierda y derecha, como si se moviera dentro de un laberinto invisible y no encontrara la salida. Como perdida. En ese momento pienso en lo que estará sintiendo: angustia, miedo, soledad… no encuentra su grupo de trabajo, ¿sabrá volver al hormiguero? ¿la echaran de menos?

Así me siento yo, como en una encrucijada… ¿qué quiero, qué hago, que esperan de mí…?

—¡Inde20, Barti! A papá le va a dar un torzón21 si no te apuras, te esperan para ir a la cuadra. ¿Qué haces ahí “pasmao” contemplando las hormigas?

Y bueno, poco más te puedo contar antes de que vengas. Estoy deseando que llegues y nos conozcamos en persona. Te voy a caer bien, ya verás. No soy rebordiau22, ni alparzero23 y no me gusta nada zismiar24. Á la finitiba25, soy buena gente y, en este mi pueblo, lo vamos a pasar de miedo.

(La profe nos dijo que en la carta fuéramos sencillos y que usáramos el lenguaje normal de casa, eso he intentao. Y los diálogos los he puesto para hacerme entender mejor, así parece que ya estás aquí, ¿no te parece?).

¿Vendrás, vedad?

                                                                                   Tu amigo de intercambio,

                                                                                               Barti

 

 Este mes de abril en el blog VadeReto, nos proponen un relato utilizando tres palabras o vocablos raros, de uso local, inventadas... y utilizar la palabra perdida. Yo la verdad creo que he utilizado alguna que otra palabra más de las pedidas. Me entusiasmé.

Aquí os dejo una relación de las palabras que he utilizado con su significado, aunque imagino que la mayoría se entienden. Os dejo el enlace a una página donde encontraréis más vocablos propios de la zona. Léxico Taustano – Asociación Cultural El Patiaz

  1. Bisajudo: Mal vestido, de forma desapropiada.
  2. Maripis: Deportivas, tenis, calzado deportivo.  
  3. Zaforas: Descuidado, desaliñado.
  4. Calzero:Calzado.
  5. Barrestruz: defecto de un trabajo. Rastro que dejamos al pisar el suelo con barro, por ejemplo.
  6. “a l'inte”: Al instante
  7. Rodilla:Bayeta para limpiar
  8. Arguellau: Flaco, deslucido.:
  9. Garroso: Que tiene las piernas encorvadas
  10. Aplampau: Con poco ánimo
  11. Zebollo: Estúpido
  12. Pampurrias: Dar mala gana, dar asco. 
  13. Malchandro: Vago, holgazán.
  14. Ortal: Huerto
  15. Ajau: Azada
  16. "Pa otri”: Trabajar para otro (un agricultor que cultiva tierras ajenas), trabajar por cuenta ajena. 
  17. Ñai: Interjección de sorpresa, extrañeza.  Utilizada solo por hombres.
  18. Chandrío: Mala pasada, travesura. Desgracia.
  19. Esbafau: Evaporado.  Sin gas, como se queda la gaseosa abierta.
  20. Inde:Interjección de extrañeza, sorpresa. Utilizada solo por mujeres .
  21. Torzón: Dolor agudo.
  22. Rebordiau: Persona non grata. Borde.
  23. Alparzero: Chismoso, alcahuete. 
  24. Zismiar: Provocar a alguien. Incitar
  25. Á la finitiba”: En definitiva, a fin de cuentas. 

lunes, 10 de abril de 2023

El poder de los deseos

Érase una vez, no recuerdo muy bien dónde ni cuándo, dos nacimientos que perturbaron para siempre la vida de sus progenitores.

En el castillo del rey, el agua caliente corría de palangana en palangana, de mano en mano de las criadas junto con los paños blancos. Las mujeres de palacio ayudaban a la parturienta dirigidas por la correspondiente matrona, mientras los hombres se arremolinaban en la puerta esperando al real heredero.

Al otro lado de la ciudad, en una pequeña y oscura cabaña, embarrada por el agua que se colaba por rendijas de paredes y techo, en una noche de turbulenta tormenta, el herrero ayudaba a su esposa a traer al mundo a quien sería su aprendiz y heredero del taller. Acompañado por roedores y bichos varios que habitaban su cabaña, hervía el agua en la olla de las judías y la vertía en un pozal donde tenía tres o cuatro trapos, que una vez hervidos le ayudarían a lavarlos tras el alumbramiento. La partera no había llegado a tiempo o tal vez no hubiera acudido temerosa de no poder cobrar sus servicios.

En el mismo momento dos bebes lloran desconsoladamente en un extremo y otro de la villa. Dos parturientas mueren sin conocer a sus vástagos y dos padres miran asombrados a la criatura que acaba de nacer y reposa en sus brazos.

El rey, entrega al recién nacido y vomita en una esquina de la estancia donde la reina, sin despedida alguna de su esposo, emprende en su último viaje.

El herrero envuelve en harapos a su descendiente, la coloca en una cuna de madera, para ir a darle el último abrazo a su esposa. Con el pie aparta a las ratas que intentan escalar por los barrotes de la cuna y se hunde en el pecho de la fallecida madre.

En una esquina y otra del lugar, dos niñas han nacido esa noche. Una de alta cuna y la otra en la más absoluta miseria, pero ambas unidas por una fealdad nunca descrita. La cabeza demasiado grande para su cuerpecito, los ojos diminutos y saltones, con media cara manchada de rojo, sombra que cubre media nariz, pasa por el labio y desemboca por debajo de la barbilla. Feas y lloronas, nacían las pequeñas.

El herrero decide mentir sobre su sexo y anunciar que es un varón. Nadie nunca se burlará de su pequeña. Nunca sufrirá el escarnio público de no tener marido que la proteja. Siendo hombre, el trabajo lo tiene asegurado en la herrería y no necesita casarse.

El rey, rechaza al abominable ser que se ha llevado a la reina, que nunca podrá darle el heredero deseado. Le preparan su estancia en lo alto de una torre. Con todos los cuidados y lujos posibles, pero lejos de la corte donde nadie pueda verla. Nunca deben saber que existe, para todo el reino madre e hija fallecieron en el parto.

La vida de las niñas transcurre paralela pero muy distinta.

La hija del herrero se ha convertido en “ un” profesional muy solicitado por la corte. Su fino trabajo, su rapidez en el servicio y su saber estar le han concedido el respeto de todos. Su padre ya fallecido supo hacerle entender la necesidad de esconderse tras una identidad masculina y así ha vivido desde siempre. Cada mañana, al dirigirse a su trabajo para frente al convento de las ursulinas y alza la vista hacia la gárgola que con pétrea mirada parece vigilar quien entra y sale del lugar. ¡Quién tuviera esas enormes alas para volar lejos!

La hija del rey rechazó la oferta de la bruja del norte, quien a cambio de casarse con su hijo le prometió un hechizo que la convertiría en la princesa más bella de todos tiempos. Desde entonces vive confinada en el convento, repudiada por su padre. Los días de lluvia asoma para contemplar como la gárgola de la fachada escupe el agua protegiendo la estructura del edificio. ¡Ojalá tuviera ese cuerpo fuerte y esas garras para poder huir lejos, sin miedo a nadie!

Una mañana, bien temprano herrero y princesa cruzan sus miradas. Ambos contemplan el gran perro alado y suspiran por que sus sueños se cumplan, al mirarse se ven reflejadas en los ojos de la otra y todo parece cambiar para ellas. La oscuridad se torna luz, la tristeza parece sonreírles.

No será la primera vez que se sonrían en silencio, que hablen sin palabras, que bailen en sus sueños.

Una noche de tormenta, de grandes rayos y lluvia torrencial, una corriente eléctrica choca contra la gárgola. A la princesa, que la mira como en todas las tormentas, le parece que de pronto cobra vida.

Extiende los brazos y cierra los ojos. Vuela hasta la casa del herrero y montadas en su lomo huyen; una de los rezos del convento, otra de las ratas de su casa.

Por la mañana, en un bosque lejano, de no se sabe dónde, dos jóvenes mujeres aparecen tiradas en el suelo. Mojadas, llenas de barro, heladas, medio desnudas, hambrientas.

Se miran y sonríen, se acercan. Se reconocen en la otra. La cabeza, los ojos, las manchas…. Se acarician y suenan al unísono sus carcajadas. Un enorme perro aparece junto a ellas.

La vida, les hace un guiño, un nuevo principio les espera. 

“Comienza haciendo lo que es necesario, 
después lo que es posible
 y de repente estarás haciendo lo imposible.” 


Con este cuento participo en CONCURSO DE RELATOS 36ª Ed. EL PENTAMERÓN de Giambattista Basile,que nos propone  "El Tintero de Oro".

lunes, 20 de febrero de 2023

Decía que no, y ya la quería

Encarna y Jero.

—¿Has cogido los papeles que te pedí?

—No estaban en la cómoda. He buscado por tus cajones, pero no hay nada de Julia.

—¡Los ha encontrado! —Encarna se entristece.

—Antes o después teníamos que decírselo. —Ella cabecea, muy a su pesar tiene razón.

Cuando la adoptaron sabía que antes o después llegaría el momento de querer saber. Temía la avalancha de preguntas que sin filtro le haría exigiendo, como siempre hacía, la respuesta.


Julia

Late tan deprisa mi corazón… me da la impresión de que todos pueden oírlo (pum-pum, pum-pum). Resuena en mi cabeza más fuerte que el traqueteo del tren. La verdad, estoy tan nerviosa que hasta la gente me parece hoy demasiado ruidosa. Cierro los ojos.

He salido de casa apretando la carpeta contra mi pecho y arrastrando la maleta a duras penas con la otra mano. He corrido tanto, para que no me encontrara Jero antes de irme, que creo que la he llenado demasiado. Cualquiera que me haya visto habrá creído que huía de algo. Que me llevaba algo que no era mío en ese portafolios.

Pero tenía que aprovechar que al fin, la bruja, ha salido del cuarto y me ha dejado vía libre. Odio a Encarna. No puedo con ella. Siempre tan indulgente, tan comprensiva. ¡Te hago la vida imposible, tía! ¡Lo hago a conciencia! Y tú como si fueras mi madre, perdonando y dándolo todo. ¡Qué no eres mi madre, entérate!

No pienso volver. Ahora ya sé quién soy. En los papeles está todo. Bueno, si por fin la palma volveré por Jero. Él sí que es mi padre. Lo adoro. Nunca podré querer a nadie como a él. ¡Ojalá me hubiera contado antes lo que yo quería saber! Seguro que esa arpía lo tiene engañado, amenazado para que no diga nada.

La última vez que vi a Laura, mi madre, fue en el punto de encuentro con la trabajadora social. Me prometió que iba a cambiar. Me abrazó llorando y mirándome a los ojos me juró que volveríamos a estar juntas.

—¡No llores, mi amor! Pronto no volverán a separarnos.

Me agarré fuerte a su cuello, no me volverían a separar de ella.

—Escúchame, pequeña —dijo desenredándome de su cuello, bajándome al suelo y secándome las lágrimas—.Confía en mí. Deja de llorar y pórtate como una niña mayor.

Aquel día fue el último día que la vi. Salí de la mano de la trabajadora social, como siempre, pero esta vez no me llevó a mi casa de acogida. Ellos esperaban en otra sala.

En cuanto la vi allí, sonriendo, tendiendo sus brazos para cogerme me escondí tras mi acompañante.

—No quiero otra mamá, tengo una. LA MEJOR —grité mirando a Encarna directamente a los ojos.

Jero se agachó, me miró a los ojos y acariciando mi carita dijo:

—Había pensado que tal vez te gustaría pasar el verano con nosotros, vamos a ir a la playa.

—¿A mar? —Algunas amigas del cole me habían explicado eso de la playa y el mar, vamos, sus vacaciones.

—¡Si! Pero si no te apetece, no pasa nada.

Acarició de nuevo mi cara y sonrió. Después se levantó y dándome la espalda fua hacia Encarna. Algo dentro de mí reaccionó y casi en un susurro dije.

—¡Contigo si quiero! —Jero se giró pasó su brazo por los hombros de Encarna y la besó.

—Vamos juntos.

En ese momento su rostro cambió, no sé explicarlo era dulce y serio a la vez. Sentí miedo a no volver a verle.

—¡Vale! Pero ella no es mi madre.

Jero miró a su mujer y ella sonriendo con lágrimas en los ojos asintió con la cabeza. Yo solo tenía seis años pero entonces me pareció la mujer más patética del mundo. Y me lo sigue pareciendo.

Sin embargo, mi vida con Jero ha sido maravillosa. Cierto que la he tenido que aguantar a ella, a muchas de sus normas, manías, costumbres… pero ha merecido la pena por él. Mi padre.

Sé que he aprovechado el peor de los momentos para irme a buscar a mi madre, he sido ruin. Lo sé. Pero llevo dos años deseando conocerla y no aguanto más. No aguanto más “largas”. En una semana cumplo dieciocho, al curso que viene empiezo la universidad, ¿por qué no en el lugar donde vive mi madre?

Sabía donde estaban los papeles porque un día en una conversación con Encarna me lo dijo. Yo sé como sacarle las cosas. Hago lo que quiero con su voluntad. No entiendo que esté tan ciega conmigo.

Mi madre es su hermana, según los papeles. No se hablan. ¡No me extraña! Si a mí me hubieran quitado a mi hija seguramente tampoco querría saber nada de ellos. ¿Qué cara pondrá al verme? Ella no sabe que voy. Espero que siga viviendo en la misma dirección.

Sé que no se habla con su hermana porque tuve que hacer un árbol genealógico de mi familia y Jero me ayudó a completarlo. Él me contó que con su hermana hace años que no se habla. Entonces no me dijo que fuera mi madre.

Ya hemos llegado. Creo que he caído dormida. Mejor. Ahora, sentada en un banco de la estación busco en el móvil la dirección. Parece estar cerca. Son las 5 de la tarde. No es mala hora para hacer una visita ¿no? Allí que voy.

Todo me parece bonito. La gente va y viene. Algunos me sonríen. Las tiendas abiertas, los bares con gente en la terraza, los autobuses y los coches llenas las calles… Ya estoy en el portal. Llamo al timbre. Me contesta. Pregunto por mi madre. Es ella. El corazón me va a estallar

—¡Soy yo, mamá!

Cuelga el telefonillo, el portero. Pero no me abre la puerta. Dudo si volver a llamar. Seguramente está alucinando. Alguien sale del ascensor. O eso parece a través del cristal de la puerta.

—¿Se puede saber que diablos haces aquí? Te han echado, ¿no?

No doy crédito a lo que veo y oigo.

—¡Qué dices, mamá! Encontré tu dirección y me vine a buscarte. Hace tiempo que…

—Seguro que Jero, ahora que Encarna se va, no quiere seguir haciéndose cargo de ti. Nunca le gusté a ese malnacido calzonazos.

—Mamá, no entiendo nada yo…

—¡Deja de llamarme mamá!

Sale del portal y me hace un movimiento de cabeza para que la siga. Entra en un bar que hay dos portales más allá. Se sienta en una mesa y enciendo un cigarrillo.

—No soy tu madre. Hace tiempo renuncié a ti. Lo hice porque quise. Porque no te quería en mi vida. No encajabas en mis planes. Así que ya puedes volverte por donde has venido. Y si la buena de Encarna se muere. Lo siento por ti. Si no te hubiera sacado de la basura cuando naciste, no se hubiera tenido que hacer cargo de ti a los seis años. Seguro que ahora tenía algún hijo propio. Pero al llegar tú y retrasarlo, la quimio se le comió los sueños.  Y total para acabar en la tumba a los 50 años. ¡No se puede ser tan buena!

Escupe las palabras con odio. Con tanto odio como cuando yo pienso en ella. Sin embargo me está doliendo. Y lo extraño es que no es por mí, me duele lo que dice de Encarna. Por cómo lo dice. ¿Cómo sabe que está de nuevo grave, en peligro?

De pronto siento la necesidad de volver a casa. De ir al hospital. De verla. Me levanto, la miro y me voy.

Corro a la estación. No sé porqué corro. Tal vez no haya trenes hasta mañana. Pero yo corro, corro, corro. Lloro, lloro, lloro…

Llego a casa. Llevo más de ocho horas fuera de casa. Todo está como lo dejé al irme. Jero no ha vuelto del hospital. Dejo los papeles donde estaban. Me ducho, me preparo una bolsa y me voy al hospital.

—¡Julia! —Está en el pasillo, se abraza a mí, ¡Qué bien se está entre sus brazos! —La están cambiando, ha vomitado. Lleva mal día.

—¡Vete a casa, Jero! Descansa y vuelve mañana. Yo te hago la noche.

—¿Seguro? Esta vez necesita mucha atención.

—Tranquilo, seré cariñosa. Lo prometo. —Sé lo que teme. Mi lengua puede ser viperina. —Sabes que puedo cuidarla. Lo he hecho en casa muchas veces y esta vez, no voy a ser cruel con ella. Confía en mí.

Acabo convenciéndolo, aunque creo que duda que lo cumpla. Nunca le he demostrado cariño ni respeto. Por eso Jero es reacio a irse. Pero al final cede. Está roto.

Al día siguiente desayuno con Jero en la cafetería del hospital y me voy a casa.

 

Encarna y Jero.

—¡Jero, por fin estás aquí! —Encarna le tiende los brazos a su marido con una enorme sonrisa.

—¿Ha sido muy dura contigo? Le cogí la palabra en seguida, estaba muy cansado. Necesitaba dormir. —Ella le coge la cara con las dos manos y le mira a los ojos dulcemente.

—Me ha llamado mamá. Me ha dicho: “Mamá, ahora viene papá. Duermo un poco y vuelvo por la noche”.

Se abrazan riendo mientras sus ojos se llenan de lágrimas. Ella le cuenta que ha sido la mejor enfermera, como siempre. Es la que mejor le pone el pañal, la que la limpia con más suavidad, la que siempre le acomoda mejor la almohada. Sus masajes en los pies es el único bálsamo para sus dolores. Julia es la que mejor la cuida siempre y esta vez, además, ha sido cariñosa, le ha dado sus primeros besos y le ha sonreído al hablarle.

—¡Me ha llamado mamá, Jero! ¡Por fin!

Y mientras ellos se abrazan, Julia se ha metido en la cama para poder volver por la noche a cuidar a su madre. Sí, su madre. Ha preparado una bolsa con cosas que va a necesitar en el hospital. Encarna es muy presumida y en cuanto esté mejor querrá arreglarse algo. Esta vez, le ha dicho el doctor, el ingreso en el hospital será largo. Así que tendrá que organizarse con Jero. Ella está de vacaciones y él tiene que trabajar.

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Con este relato participo en el VadeRero de febrero23, reto que se nos propone desde el blog Acervo de Letras

miércoles, 18 de enero de 2023

TIMIDEZ

A medida que nos hicimos mayores nuestra amistad creció con nosotros pero estaba llegando a un punto insostenible. Teníamos edad de abrirnos a los demás, de salir y conocer gente nueva. Lo que para él era una gran aventura para mí suponía enfrentarme a mi fantasma particular: la gente.

 

En nuestro pequeño pueblo todo había sido sencillo. Al llegar al instituto prolongamos un poco más ese binomio, centrados en la nota de selectividad. Pero ya en la universidad a Nacho se le quedaba pequeño el mundo que habíamos creado entre los dos. Necesitaba volar, conocer gente nueva. Por otro lado, para mí suponía un gran esfuerzo tan solo ir y venir a la facultad todos los días. No necesitaba más interacción...

—No puedes entenderme, tú lo tienes fácil. Sabes siempre qué hacer, qué decir.

—A ver, Rubén, tu carácter tímido y retraído te dificulta un poco la sociabilidad pero debes abrir tu corazón y enfrentarte al mundo. ¿Sabes lo que le dijo el mendigo al gigante Netú?

—¡No me vengas ahora con lecciones de mitología!

—“Tu corazón es duro como una roca, ojalá te conviertas en roca”—Me miró directamente a los ojos mientras lo decía—. Ya sabes lo que pasó.

 Nada volvió a ser como antes.  Sentía que la distancia entre nosotros se hacía insalvable. Poco a poco fue endureciéndose mi carácter y la gente fue olvidándome.  Me cobijé bajo una inmensa soledad que hizo crecer sobre mí, cual monte Aneto en formación, una montaña de tristezas.

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Si quieres  conocer la leyenda de la formación del monte Aneto y otras pertenecientes a la mitología aragonesa pincha aquí

Con este relato participo en la convocatoria de MIcrorretos,  te dejo el enlace `por si quieres participar o conocer el blog "El tintero de Oro" .




lunes, 9 de enero de 2023

Algo más que regalos

Me encanta la navidad. Recuerdo mis navidades de niño, llenas de  magia, ilusión, sorpresas... Mi madre se lo curraba mucho y mi hermano y yo vivíamos de año en año las mejores vacaciones de invierno. Tenía miles de actividades pensadas para hacer con nosotros, muchas sin salir de casa por si el tiempo no acompañaba. Un año, por ejemplo, había estado acumulando envses de leche vacíos, tetra briks, todos iguales y el primer día de vacaciones nos dijo que haríamos una casa con ellos. ¡Qué pasada! Nos costó unos tres días acabarla pero merecieron la pena. Todos mis amigos "visitaron mi casa". Lástima que se estropeó el carrete y nunca vimos aquellas maravillosas fotos que hicimos, asosmándonos por la puerta, por la ventana, sacando la mano por la chimenea...

¡La de tardes que pasamos, ya en mi adolescencia, jugando al "Monopoly"! A ella le encantaba ser la banca e iba haciendo ofertas y contraofertas para animarnos a comprar y hacer imposible en tránsito por las calles. ¡Qué trampas hacíamos! ¡Qué risas nos echábamos! Las partidas eran interminables...
Pero todo aquello se perdió y mi madre fue perdiendo la ilusión por la navidad, por las reuniones familiares, los regalos, jugar en familia... 
Ahora todavía era peor. No ya solo porque mi hermano y yo somos adultos y no siempre estamos los dos  en las reuniones, tampoco está mi abuela. Su madre.
 Hace dos años falleció y desde entonces parece que las ganas de juntarse con su familia se han acabado. 
Por eso este año he decidido sorprenderles a todos, tíos, tías, primos, primas a mi hermano y a mis padres... ¡Lo van a flipar!
💋💙💙💙💙💙💙💙💙💙💋
Navidad, una vez más. ¡Qué pereza! Cada vez tengo menos ganas de estas cenas familiares donde todos tenemos que estar alegres y felices y con ganas de jugar al amigo invisible... ¡Cómo odio estos días!
—¡Anda, llama a la puerta! —¡Nos recibe un griterío,un montó de caras sonrientes...

Veo a mis hijos también. Ya han llegado casi todos. Solo falta mi hermana pequeña.Esta nunca cambiará. El mundo gira a su alrededor, como si fuera el centro del universo. ¡Qué morro tiene!
Por  fin hemos pasado el umbral de la puerta. Entre besos y abrazos todavía estábamos en la entrada. Me ha parecido ver luz en la mirilla de la vecina de enfrente. ¡Qué follón hemos montado! ¡Mira, llega la que faltaba!
Se acercan a saludarme mis dos luceros. Hacía casi un mes que no los veía y pensaba que no venían este año, Lo entendería mal. 

Nos vamos sentando, rodeando la mesa repleta de comida y bebida. Entre conversaciones vanales empezamos a comer. Miro de reojo y veo que los primos y primas han hecho peña, como siempre y nos dejan al resto cargar solos con nuestra adultez. Inesperadamente, llaman a la puerta insistentemente. Mi hermano se levanta a abrir y se encuentra una caja en la puerta, todos estamos un poco alterados por el timbrazo y el extraño paquete.

Entre dos entran la caja que pesa lo suyo. Todos se asombran, nadie sabe nada. De alguien será, ¿no? Nos arremolinamos a su alrededor.
Mi hernana mayor, que le encanta ser la protagonista de todo, corta el lazo y abre un poco las solapas de la caja,  Coge un sobre que lleva pegado en el revés. Saca una nota de dentro y se pone a leer: 
"Que todo lo bueno 
os siga
os encuentre
y se quede con vosotros.
(Y lo demás que pase de largo)" (*)

—¡Qué guay! —La que faltaba. A esta sobrina mía todo le parece asombroso—. Sigue tía, por detrás parece que pone algo...
"Dentro de la caja hay un regalo para cada uno. Entre todos debéis adivinar para quién es cada uno. Los elegí hace tiempo, entre risas y bromas os he ido sosacando y este es el resultado. Sé que os van a encantar. Deseo que os gusten aunque yo no esté para veros las caras. Mamá"
—¡Qué fuerte todo! —exclama de nuevo mi sobrima—. ¡La yaya es grande!
—La yaya ya no está —alcanzo a decir con un hilo de voz—.Esta broma no tiene gracia.
Nos miramos unos a otros. Todos parecemos igual de extrañados, atónitos, emocionados...
—Bueno —Mi cuñada rompe el hielo y nos organiza a todos—, vamos a sentarnos a cenar y a la hora del postre  la abrimos del todo y vemos qué tiene. ¿Os parece?
Colocan la caja encima de una silla donde  todos podemos verla.
Durante toda la cena la caja preside la mesa y la mayoría de las conversaciones. Especulamos qué habrá dentro,  quién habrá sido, qué oscuros deseos podríamos haberle contado a mi madre... La verdad, que pasamos un rato muy bueno, una agradable cena de navidad, sin malas caras ni enfados como otras veces. Grandes y pequeños, jóvenes y no tan jóvenes disfrutamos de la magia que parece envolver a la caja. Entre todos recogemos la mesa. Hay quien prepara el postre, mientras en la cocina se recogen platos, cubiertos y demás avalorios de la cena. Ya todos sentados de nuevo se abre la caja. Por turnos nos levantamos y vamos cogiendo cada uno un regalo. Todos bien envueltos, con su sobrecito pegado...
No puedo explicar con palabras todo lo que se ha vivido en esta sala. Detalle a detalle, con los regalos, nos ha llegado a todos al corazón. A Zoe, que acaba de cumplir los dieciocho años, le ha regalado un tatuaje "si, sus padres lo permiten". A Curro, el benjamin de la familia, el billete para la feria "Manga" de Barcelona (su padre le prometió dejarle ir cuando tuviera dieciséis años).  A mi hermano ese coche de scalectrix que tan difícil de conseguir, para su colección...
A nadie se le ha olvidado en qué conversación lo habó con ella, cómo surgió, cómo quedó pendiente... No hace falta decir que han rodado lágrimas... 
Aún se me pone la carne de gallina al pensarlo. Ha sido como si estuviera presente, entre nosotros de nuevo. ¿Pudo realmente dejarnos esta sorpresa preparada para cuando ella faltara?
No sé. Pero esa caja ha conseguido devolverle un poquito de ilusión a la navidad de este año. 
💋💙💙💙💙💙💙💙💙💙💋
Misión cumplida. Sabía que iba a dejar a todos sin palabras. Pero ha merecido la pena. Entre risas y llantos, bromas y sentimientos hemos conseguido que esta noche todos hayamos disfrutado de estar juntos. 
He de reconocer que he hecho algo de trampa. Cuando fuimos a recoger y ordenar la habitación de mi abuela en la residencia, entre todos papeles me encontré un pequeño cuaderno. Era un pequeño diario, de los últimos meses, donde apuntaba lo que hablaba con nosotros. De ahí he sacado las ideas para los regalos. La navidad que viene les regalaré a cada uno una copia. Hasta ese día espereo que la ilusión que he visto en las caras de la familia nos haga reunirnos un poquito más. ¡Hace tiempo que no veía en mi madre esa expresión! Sólo por eso, ha merecido la pena. 

   ❤❤ Relato participante del VadeReto de enero 2023❤❤

domingo, 11 de diciembre de 2022

Pedrito, el saxofón

Hubo un tiempo, cuando los niños gobernaban el mundo y el sueño y la ilusión eran los primeros ministros, en que los habitantes del mundo eran raros, variados, divertidos...
Uno de los países era el país de la música. Había infinidad de calles y avenidas llenas de gran armonía y  musicalidad. En ellas vivían Juan el violonchelo, Cristina el clarinete, María el tambor, Nacho el piano... y un sinfín de instrumentos más. Todos juntos formaban "La gran orquesta del mundo" que servía para ambientar sueños, juegos, fiestas... 
Esta orquesta estaba dirigida por Don Director. Don Director iba siempre con su frac bien arreglado y, a su paso, todos los habitantes del país  le hacían una reverencia.
 
¡No fuera a ser que Don Director se enfadara!

Bueno, pues aquí, en este gran país, vivía Pedrito el saxofón, un niño único, especial. Era orgulloso, inestable en ocasiones, impresionable, hipersensible, nervioso, imaginativo... Sí, era el más encantador, generoso, idealista a la par que el más cascarrabias, inconstante y terco. 
Pedrito el saxofón era indescifrable, indefinible, a veces oscuro, extraño. Sin embargo, era música, armonía, canción. De él la música fluía, como fluye el agua en dirección al mar, y era apreciado por su talento. 
¡Ah! ¡Pobre Pedrito! Tenía el corazón de un romántico, de un sentimental. Necesitaba siempre alguien a su lado, cariño, comprensión, amistad. 
Sí, claro que tenía amigos, pero todos pensaban que era muy raro, difícil de comprender por eso se encontraba solo muchas veces. 
Un día, Don Director empezó a exigirle más y más a Pedrito. Le decía que era muy malo, que su música no valía para nada, que tendría que echarlo de la orquesta si no mejoraba. Poco a poco, Pedrito fué perdiendo su musicalidad: olvidaba las canciones, rechazaba la armonía, y fue volviéndose más huraño y solitario. Solo pensaba y decía: ¡No puedo!
¡Qué pena! Pedrito el saxofón estaba perdiendo los sueños, las ilusiones y constantemente en su cabeza tenía presente a Don Director.
Ahora ya no era él mismo. En la orquesta, todos los instrumentos, qerían saber cómo ayudarle. Aunque tenían sus más y sus menos, eran mejores o peores amigos, había instrumentos que arpeciaban mucho su música. 
Entre ellos estaba Alberto el timbal. Alberto siempre estaba enfadándose con él, pero tras esos enfados había un fondo de cariño. Sabía que si no volvía de nuevo a disfrutar con la música perdería para siempre su gran corazón pero por más que intentaba hablar con él, ayudarle,  no le escuchaba. Pero Pedrito  solo pensaba en  las palabras de Don Director:

—¡NO VALES!¡NO PUEDES! —se repetía a sí mismo sin parar.


Una noche que no podía dormir, de esas de vueltas y vueltas en la cama,  se le apareció un duende. Al encender la luz para beber un poco de agua se lo encontró sentado en la mesilla.
—¡Hola, Pedrito! Soy Pedrón, el duende del Serrablo. —El niño lo miraba estupefacto, frotándose los ojos, no podía creer lo que estaba viendo.
-—¿Y tú quién eres? —preguntó sentándose en la cama.
-—Soy tu tocayo, Pedrón. ¿Qué no me oyes? —La verdad que Pedrito estaba un poco en shock, así que el duende tuvo que explicárselo desde el principio. —Soy un duende y he venido aquí para ayudarte.Toma, lo traigo para tí. —Pedrito alargó la mano para cogerlo.
—Pero si es un trozo de pan duro. —Intentó incarle el diente pero no pudo.
—Sí, un corrusco. ¿Ves ese saco? —el niño asintió—. Lo llevo llenico, llenico, para todos los niños que tengan hambre.
—Pero yo no tengo hambre —replicó acomodándose en la cama, con la almohada bien puesta en su espalda.
—Yo creo que una poquica sí. El hambre no solo se siente aquí —le explicó tocándole la tripa, también puede sentirse aquí —y le puso el dedo en el pecho, cerca del corazón.
—¡Estoy harto de este sueño, seas quien seas! Me voy a dormir. —Y apagando la luz se acurrucó en la cama y se durmió. 
Al día siguiente se encontró encima de la mesilla un canto de pan duro.
—¡Un corrusco! —exclamó contentó—. En realidad sí que estuvo aquí.
Desde entonces cada día al encender la luz por la noche, cuando todos dormían se lo encontraba sentado en su mesilla, con un trozo de pan duro esperándole. Mientras lo mordisqueaba hablaban.
—Yo tuve que irme un día de mi pueblo, donde había vivido siempre, porque toda la gente se fue, se quedó despoblado.
—¿Todos se fueron? ¿Y dónde fuiste? —Pedrón sonrió.
— A mí me encantaba asustar a la gente menuda, como tú, y encorrerles. Se reían y jugaban conmigo. Me alimentaba de los corruscos que iba cogiendo por los cajones de las casas. Al irse y quedarme solo, decidí ir por el mundo buscando a los niños y niñas que tuvieran hambre y darles mi corrusco de pan. 
—¡Debiste sentirte muy solo, al principio! —dijo con un hilito fino de voz Pedrito—,  como yo ahora...
—¡eh, eh, tocayo! Para eso estoy aquí yo, mocico. —Y se fundieron en un abrazo antes de que rompiera a llorar.
-—¿Tocayo?, qué es eso, ¿eh? —dijo entre risas y llanto.
—¡Na malo, zagal! Qué nos llamamos igual, Pedrito, Pedrón, ¡ves! —dijo el duende con un gesto cariños de las manos. Y rieron juntos a carcajadas.
Y noche a noche, poquito a poquito Pedrito el saxofón fue abriéndo su corazón. Corrusco a corrusco Pedrito fue recuperando la ilusión, la alegría y la confianza en sí mismo. 
Siempre con su canto de pan en la mano, mordisqueándolo cuando las cosas paracían superarle. Así fue como empezó a trabajar para que su música volviera a deleitar los oídos de toda la orquesta. De nuevo murmuraban, cuando pasaba junto a sus convecinos, lo bueno que era y lo bonitas que eran sus melodías. 
Don director seguía y seguía exigiéndole, pero en vez de amedrantarse, se fue creciendo, fue practicando más y esperando que su trabajo diera frutos. 

—¡SI QUIERO, PUEDO! -se decía cada mañana al cogerse el corrusco de pan y metérselo al bolsillo.

Poco a poco Pedrón, distanció sus visitas. Hasta que un día ya no volvió más. Bueno, o tal vez sí porque los corruscos siguen apareciendo mañana tras mañana en la mesilla de Pedrito el saxofón. "La gran orquesta del mundo" sigue contando con el talento de Pedrito que ahora es un poco más sociable, se ha dado cuenta que es mejor estár con gente que te aprecia que solo. Aunque para ello haya que ceder y adaptarse, en ocasiones, a los gustos de los demás. Y sobre todo ha aprendido a confiar  en sí mismo y en el trabajo hecho con corazón. 
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Este blog nació para sacar a la luz cuentos y poemas que escribí durante un largo periodo de mi adolescencia y juventud. Pero tras publicar unos pocos dejé de hacerlo y me lie con otros proyectos. Para este reto del Blog Acervo de Letras, he recuperado uno de esos cuentos que escribí allá por el año 1984, cuando acababa el instituto y que dediqué a un buen amigo. Lo he adaptado un poco(bastante diría yo, jejej), para intentar cumplir con las premisas del  VadeReto de este mes. Y estoy contenta porque después de mucho tiempo sin escribir he vuelto a intentarlo y he acabado mi cuento, que era el propósito. Participar. 
Os dejo unos enlaces por si queréis conocer mejor a Pedrón, el duende del Serrablo:

lunes, 8 de agosto de 2022

Crisis de identidad

 No sé hace cuánto he salido del trabajo, necesitaba un respiro. Sentía como un agobio que no me dejaba respirar. Me era imposible seguir el ritmo de la cadena productiva. Aún me parece oir las voces a mi espalda: ¡Pero dónde vas, destalentada! ¡A quién se le ocurre salirse de la fila!
 A cada esquina que doblo  esa vocecita interior me censura,  me increpa, como cuando haces algo que se sale de la norma, que no está del todo bien. 
El sol es abrasador, el asfalto quema. Si no encuentro pronto agua y una sombra voy a desfallecer. 
Hace rato que he perdido el rumbo, no sé donde estoy. Tengo que parar, el sudor resbala por mi cara y casi no me deja ver. He cerrado los ojos y he seguido avanzando. 
De repente, el suelo ya no quema. ¿Estoy bajo una sombra? Al abrir los ojos una colosal figura aparece sobre mi, inquietante, amenazadora. Doy unos pasos atras, asustada. El gigante de hierro no se mueve. Me atrevo, por fin, a mirar hacia arriba. Una hormiga gigante parece contemplar la ciudad desde el mirador de este parque. Una pequeña hormiga baja por una de sus patas...
—¡Por fin te encuentro!, Anda, volvamos al hormiguero. —La miro sorprendida y se echa a reir.
—¿Me hablas a mí? ¿Y cómo es que te entiendo? —Me mira con resignación, ahora, seria.
—¿Otra de tus crisis de identidad? ¡Nos tienes más que hartas a todas! ¡¡Qué eres una hormiga!!

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Buscando una estatua inspiradora me encuentro con esta anécdota: "La hormiga obrera de Vallecas"
De la noche a la mañana aparece una enorme hormiga contemplando desde lo alto la ciudad de Madrid. Nadie sabe de donde ha salido, nadie sabe quién o quiénes la han puesto ahí. Y sin mucho miramiento, se la llevaron cuando casi formaba parte de los habitantes del barrio. Historias urbanas.
Esta es mi humilde aportación al VadeReto de agosto. Desde un pueblo de Zaragoza a 40º a la sombra.