martes, 25 de enero de 2022

A pesar de la bruma que me acecha

Después de tres meses de retiro voluntario del mundo,
con el piloto puesto modo robot, (trabajo, casa, obligaciones y vuelta empezar)
me he prohibido la melancolía.  Buscando un antídoto eficaz,
me he acordado del blog "Acervo de letras", de los motivadores comentarios de su anfitrión
y de las originales propuestas mensuales de su  "VadeReto".
Salgo pues de la bruma en la  que me he ocultado estos meses 
y después de felicitaros el año nuevo ( ya, ya sé que un poco tarde),
os presento mi propuesta para este mes. 
Gracias por vuestra visita.
❤👍👍👍👍👍👍👍💋💋💋

Niebla

Una espesa niebla me envolvía sin piedad. Iba totalmente en tensión, agarrada al volante como si mi vida fuera en ello, temerosa al no saber si cerca tenía algún vehículo, si me mantenía en mi sitio o estaba demasiado a la derecha o invadiendo el otro carril. Hacía rato que no veía más allá de los faros del coche.  En mi cabeza, creo que inconscientemente, para intentar relajarme, evocaba una de las últimas veces que, bajo un tupido manto blanco, similar a este, conducía de vuelta a casa con mi sobrino…

Tía, vas a cien —me dijo con cara de circunstancias.

—¡Pero qué dices!, si no paso de 50 —le dije echando un ojo el cuentakilómetros.

—Pues eso, vas haciendo el ridículo. Un caracol te adelanta.  ¡Mira, mira!

—¡¡¡JA, JA, JA…!!! —repliqué con sorna—. A ti te querría ver yo al volante en este momento.

…Instintivamente eché el freno, parecía vislumbrar un bulto bajo los focos antiniebla. Solo de pensar que pudiera tener frente a mí uno de esos jabalíes que tan a menudo se cruzaban en este tramo de carretera, me hizo hincar el pie en el freno y tensar todo mi cuerpo hacia atrás. Te destrozan el coche, los bicharracos esos, y te puede caer una buena multa si, además, los matas “fuera de temporada”. El coche paró a dos palmos de los dientes de una gran bola de pelo grisáceo furioso y a la defensiva.

—¡Será posible! —pensé—. En medio de mi camino y el ofendido es él.

Bajé del coche sin dudarlo. Estaba en medio de la carretera, era casi de noche en una fría tarde de invierno y no parecía tener muchas ganas de conocerme el susodicho. Me quedé atónita. Frente a mí, un enorme San Bernardo que seguía enseñándome su mala leche.

—¡Pero vamos a ver!, ¿tú que pintas aquí en medio? —Sorpresivamente, al oírme hablar, me miró con sus enormes ojos negros y se tumbó todo lo grande que era en el asfalto.

—¡Qué voy a hacer contigo! —Me acerqué a acariciarlo. No sé explicarlo, pero se ganó mi corazón—. ¡Anda, sube al coche!

El perro se puso en pie y como un corderito me siguió al coche, al abrir la puerta, se subió al asiento trasero, y se recostó como si nada.

Sí, no solo salí del coche viendo un perro aparentemente agresivo, sino que a la primera que se calma me acerco a él, lo acaricio y, como si fuera lo más normal, lo monto en mi coche. Sin pensar en las consecuencias… Solo quería llegar lo antes posible a casa y no me parecía humano dejarlo tirado en la carretera… Bueno, actué por inercia, sin pensar. No sé.

Lo llevé a la clínica de una amiga del pueblo, veterinaria, que se ofreció a quedárselo esa noche y me aseguró que por la mañana lo llevaría a la perrera si nadie lo reclamaba.

Al día siguiente, al salir del trabajo, fui a enterarme que había sido del chucho.

—Lo tengo en la enfermería. No se ha movido en todo el día. No ha bebido, no ha comido, no ha hecho sus necesidades… Es viejito, sabes, puede ser que ya no le quede mucho. A veces, hacen esto. Se adormilan y poco a poco se van.

Me hizo duelo verlo, allí tan solito, triste y, al ver que levantaba la cabeza y me miraba, le dije:

—¡Qué, Niebla! ¿Nos vamos a casa?

Y como os podéis imaginar, Niebla y yo,  damos largos paseos por el parque, despacito, a su ritmo.