sábado, 24 de abril de 2021

El hada de mi cuento

Cuando miramos al cielo,  vemos la armonía del universo: la situación de las estrellas formando constelaciones, planetas girando cerca de algún satélite, la Tierra junto al sol y la luna …
Cuando por la noche alzamos la vista y ese gran manto aterciopelado ilumina la oscuridad, nunca pensamos cómo ha llegado a estar todo tan perfectamente ordenado.
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        Cuenta una antigua leyenda que al principio de los tiempos. cuando empezaron los cataclismos y el mundo empezó a formarse, el caos reinaba en el firmamento. Planetas apelotonados unos con otros, estrellas discutiendo por estar aquí o allá, nubes paseando sin saber a donde ir... 

 ¡Vaya follón se montó en varios siglos!

Las hadas y los duendes reían divertidos y esperaban ver como la madre naturaleza resolvía ese entuerto.
Sin embargo, una pequeña hada miraba triste a su alrededor  y pensaba como arreglar ese lío. 
     

   
A
sí fue como, poco a poco, día a día, en una silenciosa labor, fue colocando las estrellas, los planetas, los satélites, las nubes... en lugares determinados.  Cierto que no estaban fijos en el cielo, seguían moviéndose aunque guardando una cierta armonía. 
Nunca se supo como convenció a cada estrella para ocupar su lugar, como hizo que los cabezotas planetas se dejaran de discusiones por quién tenía uno u otro satélite más cerca o como consiguió que las volátiles nubes dejaran de danzar y le ayudaran.
Pero, aunque parezca que ya nadie se acuerda de ella, aún sigue luchando contra los nuevos elementos que aparecen, para que se coloquen en orden y no estropeen el equilibrio del universo. 

No creas que solo se necesitan hadas en el cielo, seguro que cerca de ti hay un "hada" trabajando en silencio para que en su universo particular se disfrute de  cierta armonía. 

O acaso,
¿No serás tú un "hada"?

(Sé que me adelanto,
 pero feliz día de la madre a todas las mamis que me leáis
 y a las que no también.)
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domingo, 21 de marzo de 2021

Blogueros por el mundo

En diciembre de 2019 decidí empezar a formar parte de la blogosfera. Tenía y tengo un par de blogs de educación, un poco parados en estos momentos pero que he utilizado mucho en cursos pasados. Sin embargo,  después de muchos paseos por la red, mirando y observando, lo que quería era que se leyera lo que había escrito durante tanto tiempo y que guardo como un tesoro. Quería formar parte activa de toda la red de blogs que estaba descubriendo.  Así que mi mayor empeño era tener seguidores que me leyeran. Puse en marcha de nuevo mi blog de escritura "A orillas del Oria" y le empecé a meter horas al de lectura, "Hasta casi cien libros", que empezó como un simple recopilatorio de mis libros, como mi propia biblioteca "On Line".
Después de todo este año, de todas las horas invertidas, estoy muy contenta porque he conseguido seguidores, pero lo que de verdad me alegra es que tengo lectoras y lectores, que me comentan asiduamente. Esto me hace sentirme presente en la red. ¡Gracias a todas y todos que lo hacéis posible!
A principios de año, me visitó Karen, del blog literario Entre Letras, un blog donde seguramente disfrutarás como lo he hecho yo visitándolo, y me recordó una iniciativa a la que me apunté "Mapa de Blogs Hispanos" surgida para ayudar a hacer visibles y conocer diferentes blogs. Este mapa bloguero, al parecer está parado, y ella ha decidido emprender una nueva aventura  "BLOGUEROS POR EL MUNDO".      A mi me parece una propuesta fresca e interesante, para conocer y darnos a conocer y así conseguir los tan preciados lectores que nos gusta, y a la vez, como no, conoceremos , sin duda páginas interesantes donde pasar buenos ratos.

Por eso hoy le dedico  parte de
la entrada a Karen, esperando que encuentre el apoyo necesario para llevar adelante su empresa. ¡Suerte Karen!!!


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Y, para dejaros una semillita mía, os redirijo, si tenéis tiempo, a la página de mi blog donde indexo los cuentos que voy rescatando del recuerdo entre mis papeles. 
Me encantaría que eligieras uno y me dejaras tu opinión, 
estaré encantada de saber que lo has leído. 
¡Feliz primavera!

domingo, 7 de marzo de 2021

A orillas del Oria

Llevo  un mes en dique seco. No tengo ánimos de escribir.  Estoy como vacía. Me siento triste, perdida, culpable, decepcionada... 
Me asomo al blog, y cada vez que  veo un nuevo comentario, me siento dichosa, querida. 
Abrí esta página, para compartir al mundo tantos y tantos sentimientos que durante un largo periodo de mi vida, convertí en cuentos y poemas. Incluso tres intentos de novelas duermen entre mis papeles guardados. Algunos de mis escritos los presenté a concursos literarios, aunque nunca obtuve premio o mención. Gente de mi entorno, amigos, seres queridos, algo leyeron y en su memento me animaron a seguir escribiendo. 
Francamente, para mí fueron una válvula de escape a la soledad. 
Al empezar a construir el blog fui conociendo otras bitácoras e iniciativas de escritura creativa, y me enganché a este nuevo mundo. Inicié un reto de escritura de 52 semanas, muy intenso y quise darme a conocer, encontrar seguidores. Ha sido un año largo, muchas horas metidas al blog y muchas satisfacciones.

El 2021 lo empecé con un duro golpe emocional, y mi carta de  despedida a ella, mi madre, la anterior entrada,  es lo último que he sido capaz de escribir desde que se fue. 
Creo que es hora que despierte, que vuelva a retomar mis ilusiones y esta es una de ellas. Así que he pensado en retomar el origen del blog: recuperar viejos escritos que tengo guardados para compartirlos con quien se acerque a leerme.
Uno de ellos es el poema que estoy a punto de presentar.  Con diez años, por motivos de trabajo de mi padre nos trasladamos a un pueblo de LLeida (Cataluña) y con dieciséis, volvimos a cambiar de residencia, esta vez a un pueblo de Zaragoza (Aragón). En ambos sitios, seguramente por mi carácter tímido e introvertido, me hicieron sentir fuera de casa. Como si fuera una extranjera, dentro de la misma España. Yo nací en un pueblo del País Vasco y con tan solo 10 años, me fui para siempre; parecía que era más un pecado que otra cosa.

Para un trabajo del instituto, escribí un poema, reivindicando mis orígenes. Tal vez, actualmente, podría mal interpretarse, si se lee a través de una mirada política, como un poema nacionalista, pero nada que ver. Con él, en esos momentos, cerca de mi mayoría de edad, solo quería hacer notar, que no ve avergonzaba de haber nacido en un pueblo de San Sebastián, con todo el problema de ETA,  que era vasca de nacimiento, pero que todos pertenecíamos a la misma España. Ahora, esa perspectiva de mi juventud, parece alejada de la actual realidad política de este país. Donde sentirse español no está bien visto desde determinados círculos. Este poema da título a mi blog, y esperando no molestar a nadie, lo transcribo tal y como lo sentí en ese momento. 
Siéntete totalmente libre para hacer el comentario que te sugiera este poema. 

A ORILLAS DEL ORIA
A orillas del Oria
nacía una noche,
en un verde campo, adormecido,
cubierto de blanca nieve.

Aún el eco so oían de la panderetas
las zambombas zumbaban, 
tímidas, 
muy bajito.

En un campo verde,
al pie de un gran monte,
el agua fluía en el riachuelo
-clara y fresquita, al Oria moría-.

Aquella es mi tierra,
lo digo bien alto,
Tolosa es mi cuna, mi patria querida,
que después de España
es lo que más quiero.
(abril, 1985)

domingo, 7 de febrero de 2021

Gracias por estar, por tu calidad, por tu alegría.

El día 31 de enero, tempranito, se fue para siempre. 
Nos dejó tristes y desolados a su seis hijos e hijas y a sus 11 nietas y nietos. 
Ayer, sábado, eché de menos nuestra llamada de por la mañana.
Tampoco pensé si bajaba o no a verla a Zaragoza, ya no estaba esperándome.
Se fue, sola, en la habitación de la planta once del hospital Miguel Servet.
Nada pudimos hacer para estar junto a ella, día y noche, sus últimos días.
El covid 19 nos la quitó.
A sus ochenta y cinco años seguía preocupándose por hijos, hijas, nietas , nietos.
Nunca se dejó de ser madre;
por encima de todo, de ella misma, por encima de todo y todos.

A los sesenta años, el faro de su vida se apagó. Mi padre.
Entonces se permitió un tiempo para llorarle y todos, 
todos parecíamos invisibles.
Pero poco a poco se reinventó, pasito a pasito 
volvió a sonreír y aprendió a disfrutar de la vida sin él.
Su recuerdo siempre ha estado en muchas de nuestras conversaciones.

Un día decidió que no quería seguir viviendo sola en su casa.
Tampoco quería rodar de casa en casa, de hija a hijo, 
siempre con la maleta a cuestas.
Y sin darnos tiempo a protestar nos la encontramos viviendo en una residencia.
No sería una decisión de un día, lo meditaría.
Quiero creer, como a veces me dijo, que fue egoísta y que solo pensó en lo que ella quería.
La primera vez que pensó solo en ella,
 tenía ya más de setenta años.
Fue feliz en la residencia.
Disfrutó de su tiempo:
Aprendía inglés, informática, historia del arte; hacía manualidades, leía,
 iba a terapia ocupacional, aprendió a manejar un móvil con wassap, tenía amigas, salía a tomarse un café, un vermut...
Y, disfrutó de todas y todos nosotros cada vez que le dedicamos un ratito.

Ella decía que había sido muy feliz,
que cada día, ahora, era un regalo.
Para mí, el regalo fue ella.
Espero que se haya encontrado con él, con papá, 
deseo que juntos se impregnen de luz.
Te quiero, mamá.
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lunes, 11 de enero de 2021

Deja que te cuente...

Ramatulay, Hajar y Malena, mujeres influyentes de diferentes tribus, de distintas partes del mundo, astrólogas reconocidas en sus reinos, habían partido, dejando sus respectivos hogares, tras leer un oráculo y creer ver en el cielo una pista a seguir. Varios días de camino después, se habían encontrado y, uniendo fuerzas, emprendieron juntas la empresa.

—Señoras, nos hemos perdido. Hace rato que la estela del cielo no se ve. Ya sabía yo que era arriesgado seguir esa luz cósmica.

—Tranquilas, preguntemos a esos pastores que cenan al calorcito de la hoguera.

—Sí, vayamos. Es de noche y llevamos muchas horas de camino. A ver si conseguimos un lugar donde pernoctar.

En el pueblo que les indicaran los pastores no encontraron aposentos libres. El posadero les indicó que solo disponía de un establo, pero creía que ya lo habría ocupado una pareja, que buscando refugio, la mujer estaba a punto de dar a luz, había aceptado el ofrecimiento.

Un hedor penetrante les hizo retroceder instintivamente, cuando al fondo de la cuadra, en un rincón, se escucharon los lamentos de la futura mamá.

—Este no es lugar para alumbrar un bebé.

—Manos a la obra, miremos que llevamos en nuestro equipaje que pueda servirnos.

María, la parturienta, no entendía nada de lo que pasaba. José extrañado y algo asustado se acercó a las que sin duda eran las mujeres más raras que nunca hubiera visto. Con sus túnicas elegantes, sus turbantes en la cabeza y desprendiendo un aroma a flores y campo no tuvieron ningún reparo en emprender la limpieza del lugar.

Tras adecentar uno de los rincones, apartando los animales y la paja sucia, con el suelo y paredes perfumados, tras la limpieza, extendieron una larga tela en el suelo que acolcharon con paja limpia. Allí, a la luz de una hoguera, aliviada por el calor que emanaba de ella, tendieron a María que estaba a punto de traer al mundo un nuevo ser.

Fueron unas horas de trajín, nervios, alguna risa, alguna lágrima. Al final, todos descansaban merecidamente.

—María duerme plácidamente —dijo Ramatulay exhausta, comprobando que el bebé hacía lo propio—. Busquemos en las alforjas, veamos que podemos preparar para cenar.

De lo encontrado en sus caballos y camellos, cada una aportó lo que consideró oportuno. José que había salido a la puerta llegó anunciando visitas. Los pastores y familias se habían enterado del nacimiento y venían con presentes para ayudar a la desdichada pareja. ¡Cómo podían pasar una noche tan fría en un establo tras el alumbramiento!

A lo que nuestras protagonistas aportaron se unió pan y queso de los pastores, así como vino y agua para la sed, un buen puchero caliente de varias mujeres del pueblo, dulces y frutas de postes. También hubo quien dejó mantas y ropas tanto para los esposos como para el bebé.

Todos juntos compartieron una agradable velada y partieron a sus casas para dejar descansar a la recién estrenada madre.

Por la mañana, José y María, con las sobras de la noche, quisieron agasajar a sus “ángeles custodios” de la noche anterior. Prepararon un delicioso desayuno.

—Como por arte de magia aparecisteis cuando ayuda necesitábamos —les dijo José.

—Pues magas no somos, se lo aseguro —contestó Hajar.

—Con trato de majestades nos auxiliasteis y acompañasteis —exclamó María sonriente.

—Pues reinas no somos—añadió Malena.

—Pues dejadme que os diga —declaró admirada María— para mí siempre seréis, mis tres Reinas Magas.

Y así fue como al niño, a medida que crecía, al llegar su aniversario, le contaban, María y José que el día de su nacimiento, tres reinas magas los colmaron de regalos y les hicieron creer que la humanidad tenía futuro.

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ME ALEGRA VEROS DE NUEVO VISITANDO MI RINCÓN
¡QUÉ ESTE AÑO NUEVO NOS TRAIGA SONRISAS PARA PODER COMPARTIR!

Nuevo año, nuevos relatos. Como el año pasado me he apuntado al reto del blog Literup, que nos propone 52 retos de escritura para 2021. En esta ocasión me he comprometido a 12 relatos, la versión corta. Tengo en mente otros escritos y con la versión completa no doy a abasto.

Este primer relato es el reto 2 que nos pide "Escribe un relato protagonizado por tres reinas magas".

Buscando inspiración me encontré con una entrada en el blog "De Enaguas, Molcajetes y Armas" que planteaba al lector: "que hubiera pasado si en vez de tres reyes magos, hubieran llegado tres reinas magas",  me hizo gracia y de ahí salió este relato.

¿Habéis empezado ya el nuevo año?
Cuéntame tus propósitos para este año.
Acuérdate de que dejen tiempo para disfrutar.

 

 

domingo, 27 de diciembre de 2020

Recuerdos por los rincones

Nunca había sido amante del “Feng-Shiu” pero tras un año tan desastroso, cualquier cosa que hiciera solo podía hacer que las cosas fueran a mejor, dado que a peor, ya, era imposible.

Una amiga me arrastró a unos talleres, antes de acabar el año y estaba dispuesta a aceptar el reto.

Si era cuestión de dejar fluir la energía, “al lío”. La propuesta era tirar, reciclar o donar 10 cosas antes de terminar el mes: revistas viejas, medicamentos, maquillajes y jabones, recibos, joyas y accesorios rotos, bolis viejos y libretas usadas, ropa que no te cabe, cajas de zapatos llenas de tarros, toallas antiguas y merchandising.

Al estar ya de vacaciones, para llegar a la noche fin de año con la casa fluyendo energía positiva, decidí iniciar la cuenta atrás.

Diez. Llevaba tiempo guardando las revistas del semanal de los domingos. Me encantan esas revistas. Traen reportajes magníficos, tanto por la fotografía como por el contenido. Más de una vez los he utilizado en el cole, sobre todo los de animales. Tendría más de 50 revistas. Ordenadas. Tirarlas sin más me parecía un sacrilegio. Así que me paseé por el dentista del pueblo, la fisioterapeuta, la peluquería. Y dejé en la escuela las que pensé que podrían formar parte de la biblioteca de mi aula. Me llevó un par de días, entre paseos y decisiones. Lista para el siguiente paso.

Nueve. En el alto de un armario de la habitación de mi hijo pequeño, esperaban, tres o cuatro cajas de viejos recibos, el momento que yo decidiera tirarlos a la basura. Sin embargo, resonaba en mi cabeza un comentario de mi padre de hacía muchos años, siendo yo niña: “hay que destruirlos bien, sino pueden robarte datos del banco”. Ahí me tenías a mí, con recibos de hacía ya muchos años. Destructora de papel en mano, fueron desapareciendo uno a uno. Adiós recuerdos de gastos acumulados en cajas de zapatos. Seguí con el armario de mi hijo.

Ocho. Hacía tiempo que habían desaparecido de mi casa las camas de 90. Al venir mis suegros a vivir con nosotros, los chicos volvieron a dormir juntos y, a los abuelos, se les preparó una habitación con cama de matrimonio. Después, al fallecer, esa habitación se la quedó uno de los nietos y el otro quiso, también, cama grande en su cuarto. Así que guardamos un somier y su respectivo colchón en el trastero, para por si acaso, y compramos ropa nueva para vestir las camas. En una caja dormían las sábanas, algunas desgastadas y descoloridas, que durante años usamos. No recordaba guardar aún las primeras que compré, al pasar a mi hijo mayor de la cuna a la cama. ¡Qué empeño tuve en que las estrenara! ¡Cómo iba a dormir, mi angelito, en sábanas usadas! ¡Y allí seguían, con sus dibujitos y colorines! Me quedé un par de juegos, por alguna visita inesperada. Uno de ellos ese, y el otro, un juego de algodón bordado, a mano, por mi abuela paterna. Los demás los preparé para dar: los menos viejos para Cáritas y los peores los corté en trapos para el estudio de pintura de mi hermana.

Siete. Para seguir, decidí ir a mi armario y localizar todas las prendas que hacía ya tiempo que no usaba. En el altillo, encontré la maleta olvidada con ropa de hace años. Entre otros, mi vestido de novia. Había sido, primero, el de mi madre, aunque para mí se cambió el diseño. Recordé que a mi padre le hizo ilusión que yo quisiera llevar ese vestido, pero mi madre puso mil pegas. Lo sacó a regañadientes del arcón donde lo guardaba y me ayudó a ponérmelo, asegurándome que no me iba a servir, que costaría mucho arreglármelo, que no había tiempo... Pero, nada más vérmelo puesto empezó con los alfileres por aquí, por allá… su cabecita de modista estaba en marcha. Ya no le parecía una idea tan descabellada. ¡Me vi guapísima el día de mi boda! Mi madre supo hacerme sentir especial ese día. Por supuesto sigue en el altillo. Pero el resto de la ropa y otra tanta que saqué de cajones y estantes la llevé al contenedor de ropa usada del pueblo.

Seis. Con la maleta en mano vacía, me animé a reciclar bolsos viejos y mochilas olvidadas de cuando mis hijos eran pequeños y las usaban para el colegio o para entrenar. De entre todos los bolsos que tenía arrinconados en el armario, volví a ver el que me compré para la boda de mi hermano. Lo había olvidado. Esa vez me ilusioné con unos zapatos con el bolso a juego. Nunca me había dado ese capricho. Me resultaban muy caros. Pero al final, los compré. Allí estaban, pelados y desgastados de tanto llevarlos. Energía y recuerdos fluían sin cesar, a medida que iba aireando los armarios.

Cinco. Desde que empezara esta limpieza, me rondaba entrar al baño y renovar las toallas. Algunas blancas ya casi no lo parecían y otras las iba alargando y te rascaban la espalda al secarte. Sabía dónde comprar, a buen precio, unas nuevas. Así que empecé retirando de la circulación tres de manos y tres de ducha-baño. Con la intención de reponerlas ahora y después, en las rebajas, cambiar otras tantas. Entre las que dejé para la segunda tanda, estaban las primeras que me compró mi madre para el “ajuar”. ¡Con qué ilusión las puse en “mi casa”, tras la boda! Tal vez, ya era el momento de deshacerse de ella. Tal vez.

Cuatro. Tras las toallas, le entró el turno al armario del baño. Botes de espuma de pelo, cremas para el sol, lacas y desodorantes de spray. En concreto seis u ocho botes que llevaban tiempo y tiempo sin usarse. Ocupando sitio. De paso, iría al punto limpio la primera depiladora eléctrica que tuve. Pero que ya no usaba. Cuando festejaba, me la regaló una tía, de mi, por entonces, novio, tras un viaje a Andorra. Aún recuerdo lo que presumieron de lo barata que la encontraron.

—¡Jajaja! —Me reía yo por dentro—. ¡Era el modelo antiguo! ¡Una verdadera tortura!

 El armario lucía más nuevo sin tanto bote apelmazado en su interior.

Tres. A estas alturas de mi reto “Feng-Shiu”, ya estaba más que dispuesta a tirar lo que verdaderamente no me servía para nada. Así que abrí el armario del balcón. Donde acumulaba de todo aunque no  sabía muy bien “para qué podría servirme”. Decidida a cumplir conmigo misma, cogí los apuntes que guardaba en varios estantes. Apuntes de la carrera, de cuando empecé a dar clases en casa, aquella colección de problemas de bachiller que fui haciendo a través de los años… ¿Podría tirar todos esos papeles? Les dediqué una última ojeada, que se prolongó por varias horas. Y los fui rompiendo, poco a poco. Me encontré con la firma de un compañero de carrera, de un pueblo cercano, que me dejó su teléfono en la esquina de una hoja de los apuntes de matemáticas. ¡Vaya, seguía ahí! Todas aquellas caras que creía olvidadas volvieron a mi cabeza. ¡Qué tiempos aquellos!

Dos. En el mismo armario, me encontré con varias cajas. Repletas de grandes tesoros para mí. Una de ellas, con pequeñas piezas hechas con barro, de cuando mis hijos iban al estudio de pintura de su tía. La mayoría rotas, otras sin acabar… guardadas por el momento tan entrañable que guardaban del día que llegaron a casa. Otra, con innumerable material desechable: cartón del papel higiénico; botes vacíos de yogures de vaso y bebidos; tapes de botellas de agua, refrescos; palos de helados y pinchos morunos… bueno, podría seguir. Todos ellos esperaban formar parte de un instrumento musical. En mi época de interina como maestra de música, y con cualquier objeto o material reciclado, montaba con los alumnos una orquesta rítmica de lo más molona. Y la última caja elegida, contenía una singular colección de “detallitos” de bodas, comuniones y bautizos, que se llenan de polvo en las vitrinas del salón y que no osas tirar, por respeto o cariño a quien te las dio con toda su ilusión, pero que realmente te resultan totalmente inútiles. Llevaban allí desde el verano cuando, decida a  pintar el salón,  vacié los armarios para moverlos. Con más o menos remordimientos y con un empujoncito de uno de mis hijos, debo reconocerlo, las cajas salieron del armario para no volver.

Uno. La cuenta atrás llegaba a su fin. Este armario era el baúl de las cosas guardadas “por si las uso”: archivadores de cuando mis peques iban a infantil y primaria, carpetas viejas, fundas perforadas “requeteusadas” y medio rotas, estuches con pinturas, rotuladores, reglas, escuadras, compases… (Muchos años la cantinela “mamá necesito…” tenía éxito y me creía que no tenían, que se les había roto o perdido. En realidad lo que querían era estrenar). Lo realmente viejo lo tiré, al fin, y lo reutilizable lo metí en una bolsa y la dejé preparada para mi vuelta al cole.

Y tras cerrar el armario, renovado y limpio. Di por terminada mis sesiones de liberación de energía. Las buenas vibraciones ya tenían sitio para transitar y yo podía dar paso al nuevo año, tranquilamente.

📏📐📘📷🔔📌📀💻💺👢👔👒

Y con este relato "Reto#52: Última semana del año. Haz un relato en el que se intercale una cuenta atrás desde diez" doy por terminado el reto "52 retos de escritura para 2020" de #52RetosLiterup. 

Es la primera vez que me he enfrascado en un reto de escritura. Este reto me ha exigido mucho, ya que debía ceñirme a las indicaciones y, en algunos casos, me sacaba completamente de los lugares por los que yo me muevo cuando escribo.  He saltado al abismo en muchos de mis escritos, me han removido por dentro, me han secado de mi zona de confort. En muchos relatos, no lo negaré, estoy al cien por cien, con mi vida, mis sentimientos... en otros he novelado mis sentimientos, he intentado camuflarme entre las palabras... y algunos son totalmente inventados, una historia para cumplir el reto, pero creo que hasta en esos se me ha escapado parte de mí.

Si soy sincera, muchos de los escritos no son lo que yo quería escribir. A veces, se me echaba el tiempo encima y había que acabar el relato para cumplir los plazos. Sinceramente, es duro publicar cuando no estás satisfecha con lo escrito pero, ¡así entendí yo el reto!

Agradezco de corazón todos los comentarios que he recibido, gracias a los que, en algunos momentos, he seguido adelante . Es un reto difícil, para mí, un relato semanal es mucho. Pero he disfrutado de la escritura y de todos los blogs que he conocido y compartido. 

Aquí os dejo la entrada en la que he ido enlazando todos los relatos. 
Muchas gracias por estar ahí.
¡¡¡¡¡ Bienvenido 2021!!!!!!
¡Mis mejores deseos para todos!