jueves, 28 de abril de 2022

Una mirada, una historia.

Me despierto de repente y a mi alrededor todo es desconocido. Estoy en una habitación blanca, minimalista, su único mobiliario es una cama, una mesilla y unos estantes con ropa y enseres de aseo.  Salgo a un pasillo y frente a mí un enorme ventanal. Parece verse a través de él una película del espacio, me acerco…  ¿Estoy en una nave rumbo a no sé qué galaxia?

 Empiezo a recorrer la nave. Un laberinto de pasillos blancos, luminosos, diáfanos. A uno de los lados del pasillo en cada laberinto hay grandes ventanales abiertos al exterior. Un espectáculo maravilloso, que te atrapa, el universo al alcance de la mano.

Llego a un pasillo estrecho más oscuro que conduce a una sala abierta, me acerco… una especie de motos esperan aparcadas en una gran sala nuevamente iluminada en exceso, y al fondo lo que parece ser la entrada/salida de la nave. Mis pies se quedan pegados al suelo. No parecen querer avanzar hacia ella. Aprieto los puños de las manos que cuelgan al final de mis brazos a lo largo de mis costados. Retrocedo sobre mis pasos, marcha atrás, sin poder apartar la mirada de la puerta y salgo del pasillo alejándome. Alterada. Creo. No sé.

¿Esto es un sueño o está pasándome de verdad?

Decido entrar en las habitaciones que habitan los pasillos. Aunque el no saber qué habrá dentro me crea una cierta desazón, ¿Qué pinto yo aquí? ¿Cómo he llegado?

Empiezo a entrar en las distintas habitaciones, todas numeradas, vacías, silenciosas, sin embargo nada más entrar en ellas como si de una realidad virtual se tratara, un juego ajeno a mí, empiezo a revivir un episodio familiar, con uno de hermanos, con mis padres, mis abuelos, tíos… Unas veces la historia la vivo y la siento como propia, algunas tan vivamente que me parece retroceder a ese momento. Otras habitaciones me hacen vivir episodios de mi infancia o juventud desde la vivencia de uno de mis hermanos. Son escenas que hemos vivido, que yo he compartido con ellos pero que las siento desde su perspectiva.

Es como abrir el baúl de los recuerdos, de las intimidades, de las alegrías, las tristezas, los celos, las envidias, los días bonitos, los días que quisieras olvidar… Voy conociendo y sintiendo como lo vivieron cada una de mis hermas y hermanos e incluso mi padre y mi madre. Por un rato, lo que tarde en salir de la habitación, estoy dentro de ellos y siento lo que ellos sintieron, yo observo imparcial, y sus emociones me invaden. Puedo entrar varias veces en la misma sala y la misma escena la viviré siendo una hermana o hermano diferente, o mi padre, o mi madre, o yo misma …

Empiezo a entrar y salir de unos habitáculos a otros, como si fuera un carrusel que gira y voy subiendo primero en el caballito, luego en el camión de bomberos, después en la olla… sin dejar que pare de girar y girar.

  Unas veces salgo llorando, otras rabiando, otras riendo… Descubro el lado desconocido de cada uno de ellos, me veo en mis peores momentos, y en los mejores… Descubro sus pasiones, sus miedos, sus recelos. Me descubro como víctima y como verdugo, igual que a ellos, y todos los entramados de nuestra vida juntos van deshilándose a medida que entro y salgo de puerta en puerta.

 

Entro en la última sala del día, ya estoy algo agotada anímicamente. Pero lo que allí veo no me lo esperaba. Mi madre yace en la cama del hospital, yo estoy con ella, con el traje EPI que me hicieron ponerme para dejarme verla, nos agarramos de las manos… salgo rápidamente de allí. No sé si quiero vivir con ella su final. Volver a sentir ese desgarro que en ella forzó la soledad. En todos y todas que la perdimos. No sé si quiero.

Corro hasta la sala de las motos, sin pensar, impulsivamente. Me monto en una de ellas y consigo que se ponga en marcha, no sé muy bien cómo, la puerta de salida se abre y salgo al espacio. A la inmensidad de un silencio luminoso. El traje que se te adhiere a la piel en cuanto montas a la nave, te cubre de pies a cabeza y te va insuflando oxígeno para respirar.

No sé, todo muy extraño. Este sueño empieza a cansarme. Quiero despertar. ¿Por qué es un sueño, verdad?

💔💔💔💔💔💔💔💔💔💔💔💔

Con este relato participo en el VadeReto de abril, propuesto desde el blog Acervo de Letras.

jueves, 14 de abril de 2022

El club de la microficción

Tras abrir el blog "Hasta casi cien libros" en 2014, fue en febrero de 2019 cuando realmente ese rinconcito literario empezó a tomar vida. Pretendía ser mi biblioteca virtual, donde ordenar y contabilizar los libros que tenía. Hice alguna reseña, participé en retos de lectura, puse en venta mis libros de cuando daba clases particulares  y fui poco a poco haciendo  visible esta paraticular biblioteca. 

A la par empecé a publicar relatos en este blog, A orillas del Oria, y así di rienda suelta a mi creatividad y mis ganas de escribir. Siempre he soñado con ser escritora. 

En esta andadura visité y me visitaron muchas bitácoras. Pequeñas y grandes ventanas abiertas a la web que nos muestran todo un paraiso de escritos y lecturas, de retos, concursos... en resumen espacios para compartir. 

Dos fueron las ventanas a las que me asomé, que me acogieron y sacaron mi  blog de escritura del anonimato. Una es la página de J. A. Sánchez,  Acervo de letras en la que participo siempre que puedo a través de su convocatoria VadeReto. Si no la conocéis estáis a tiempo de visitarla y participar en el VadeReto de abril. 

 La otra es el Tintero de Oro de David Rubio, a la que le dedico esta entrada. Quiero presentaros uno de los últimos proyectos que se ha propuesto en su página:

 El club de la microficción. 


«Está diseñada como revista digital, con la vistosidad que permite el formato en cuanto a imágenes y color sin olvidar la legibilidad, algo que a mí me parece esencial en publicaciones que pueden aparecer en formatos tan dispares como móviles, tablets u ordenadores.»                                                                                          (estracto de la entrada original)


Os dejo el enlace a la  primera edición  de esta revista, que recoge los  39 microrelatos participantes bajo la temáticas de las fobias

Estoy muy contenta de tener el honor de participar en este proyecto con uno de mis relatos (Claudia, ¡qué te asusta!),  lo podéis encontrar en la página 118 de la revista, que también publiqué en mi blog "A orillas del Oria", en su momento,  pero dentro de la revista adquiere otro carid. Os invito a leerlo y comentarme en esta entrada. Y por su puesto, os ánimo a que os paséis por El Tintero de Oro y conozcáis el gran trabajo que relaliza David Rubio. Os va a sorprender.


jueves, 24 de febrero de 2022

Desde que te fuiste


Y entre tú y yo un desierto.
Un desierto de silencios
un desierto de noes y de sies.

Silencios que hacen estallar mi cabeza
que duelen, que rompen, 
que resuenan con una bomba.

Miles de noes que nunca te dije, 
injfinidad de sies que debí callar.

Un desierto de silencios, 
de noes,
de sies.
Un abismo insalvable.

💙💙💙💙💙💙💙💙💙💙💙💙💙💙💙💙

martes, 25 de enero de 2022

A pesar de la bruma que me acecha

Después de tres meses de retiro voluntario del mundo,
con el piloto puesto modo robot, (trabajo, casa, obligaciones y vuelta empezar)
me he prohibido la melancolía.  Buscando un antídoto eficaz,
me he acordado del blog "Acervo de letras", de los motivadores comentarios de su anfitrión
y de las originales propuestas mensuales de su  "VadeReto".
Salgo pues de la bruma en la  que me he ocultado estos meses 
y después de felicitaros el año nuevo ( ya, ya sé que un poco tarde),
os presento mi propuesta para este mes. 
Gracias por vuestra visita.
❤👍👍👍👍👍👍👍💋💋💋

Niebla

Una espesa niebla me envolvía sin piedad. Iba totalmente en tensión, agarrada al volante como si mi vida fuera en ello, temerosa al no saber si cerca tenía algún vehículo, si me mantenía en mi sitio o estaba demasiado a la derecha o invadiendo el otro carril. Hacía rato que no veía más allá de los faros del coche.  En mi cabeza, creo que inconscientemente, para intentar relajarme, evocaba una de las últimas veces que, bajo un tupido manto blanco, similar a este, conducía de vuelta a casa con mi sobrino…

Tía, vas a cien —me dijo con cara de circunstancias.

—¡Pero qué dices!, si no paso de 50 —le dije echando un ojo el cuentakilómetros.

—Pues eso, vas haciendo el ridículo. Un caracol te adelanta.  ¡Mira, mira!

—¡¡¡JA, JA, JA…!!! —repliqué con sorna—. A ti te querría ver yo al volante en este momento.

…Instintivamente eché el freno, parecía vislumbrar un bulto bajo los focos antiniebla. Solo de pensar que pudiera tener frente a mí uno de esos jabalíes que tan a menudo se cruzaban en este tramo de carretera, me hizo hincar el pie en el freno y tensar todo mi cuerpo hacia atrás. Te destrozan el coche, los bicharracos esos, y te puede caer una buena multa si, además, los matas “fuera de temporada”. El coche paró a dos palmos de los dientes de una gran bola de pelo grisáceo furioso y a la defensiva.

—¡Será posible! —pensé—. En medio de mi camino y el ofendido es él.

Bajé del coche sin dudarlo. Estaba en medio de la carretera, era casi de noche en una fría tarde de invierno y no parecía tener muchas ganas de conocerme el susodicho. Me quedé atónita. Frente a mí, un enorme San Bernardo que seguía enseñándome su mala leche.

—¡Pero vamos a ver!, ¿tú que pintas aquí en medio? —Sorpresivamente, al oírme hablar, me miró con sus enormes ojos negros y se tumbó todo lo grande que era en el asfalto.

—¡Qué voy a hacer contigo! —Me acerqué a acariciarlo. No sé explicarlo, pero se ganó mi corazón—. ¡Anda, sube al coche!

El perro se puso en pie y como un corderito me siguió al coche, al abrir la puerta, se subió al asiento trasero, y se recostó como si nada.

Sí, no solo salí del coche viendo un perro aparentemente agresivo, sino que a la primera que se calma me acerco a él, lo acaricio y, como si fuera lo más normal, lo monto en mi coche. Sin pensar en las consecuencias… Solo quería llegar lo antes posible a casa y no me parecía humano dejarlo tirado en la carretera… Bueno, actué por inercia, sin pensar. No sé.

Lo llevé a la clínica de una amiga del pueblo, veterinaria, que se ofreció a quedárselo esa noche y me aseguró que por la mañana lo llevaría a la perrera si nadie lo reclamaba.

Al día siguiente, al salir del trabajo, fui a enterarme que había sido del chucho.

—Lo tengo en la enfermería. No se ha movido en todo el día. No ha bebido, no ha comido, no ha hecho sus necesidades… Es viejito, sabes, puede ser que ya no le quede mucho. A veces, hacen esto. Se adormilan y poco a poco se van.

Me hizo duelo verlo, allí tan solito, triste y, al ver que levantaba la cabeza y me miraba, le dije:

—¡Qué, Niebla! ¿Nos vamos a casa?

Y como os podéis imaginar, Niebla y yo,  damos largos paseos por el parque, despacito, a su ritmo.

martes, 28 de septiembre de 2021

E. T. EL EXTRATERRESTRE

 

Me llamo Ermunio Timoteo. Sí, ese es mi nombre.

Cuando en el cole recibía burlas por el nombre, que hubo risas, se sorprendían cuando en vez de enfadarme o llorar o avergonzarme, yo contestaba:

—¡Soy único hasta por el nombre!

Porque claro, lo peor era mi aspecto físico. (Que yo siempre les decía a mis padres que hay cosas que, o las haces con ganas, o mejor no hacerlas).

Soy extremadamente delgado, desgarbado. Los brazos me cuelgan, resultan larguísimos. Mis enormes pies, avisan de mi llegada. La cabeza la tengo exagerada para mi tronco, como la tierra, redondeada y achatada por los “polos”, con unos orejones a los lados impresionantes; a los cuatro pelos que tengo en el cogote les es imposible taparlas.  Al verme canturreaban:

—¿Qué es el viento? Las orejas de E. T. en movimiento. —Las carcajadas siguientes resonaban por todo el instituto. Yo levantaba las cejas, haciéndome el interesante, y las movía todo lo rápido que podía. (Sí, sé mover las orejas. ¡Sorprenderte!). Esto les partía la broma, porque entonces todos se acercaban a preguntarme cómo lo hacía.

Habrás adivinado ya, como me llamaban, ¿No? Pues sí: “E.T. El Extraterrestre.” Cuando empezaron a llamármelo con sorna, un día les dije:

— ¡Con poco que haga, tengo el mejor disfraz de carnavales!

… Tienes razón. Me río hasta de mi sombra. Mi humor me ha ayudado a rodearme de gente que me quiere. Que soy muy raro, dicen. Tal vez. Pero soy feliz. Me quiero.

👂👂👂👂👂👂👂👂👂👂👂👂👂

Con este relato participo en "MICRORETOS: ¡DE  CINE!, organizado por David Rubio en su blog "
EL TINTERO DE ORO
"


jueves, 16 de septiembre de 2021

La bomba



Aún no sé muy bien qué hago en este avión. A estas alturas de nuestra vida, hacemos una quedada exalumnos del colegio para ir a una isla perdida en la costa oriental africana.  ¿Qué se nos ha perdido allí?


Vale, sí. Bruno, un excompañero, es socio capitalista de un complejo de lujo en las Seychelles y nos ha reservado una semana por un precio irrisorio. Pero aun así, a poco más o menos de tres años para cumplir los cuarenta y haciendo alrededor de veinticinco que no nos vemos,  ¿en qué estábamos pensando cuando aceptamos acudir?

Yo, por un lado tengo curiosidad por saber qué ha sido de algunos y algunas. Los jefecillos y jefecillas. Los que dirigían la “manada”. Así es como acababas comportándote, si no querías que te hundieran en la miseria. Si no formabas parte del “rebaño”, te esperaba el olvido más cruel, o todo lo contrario, ser protagonista de todas las bromas y burlas que se les ocurrieran.

Por otro lado, creo que,  en la vida me podré permitir venir a este destino paradisíaco, y aunque me lo pudiera permitir, yo sola no creo que viniera. Sí, sigo sola. Tanto como lo estuve en la escuela. 

Ya estoy en el avión. Todos gritan saludándose. Como era de esperar, a mí, ni me han visto entrar. Estoy empezando a agobiarme. Tengo claustrofobia. Me he tomado las pastillas que me aconsejó la psicóloga, y a ver si me siento y empiezo con la relajación… ¡¡Dónde me siento!!!  ¡¡¡Ayuda, me ahogo!!!

—Aquí tienes sitio. —No recuerdo quién es—. Si quieres, claro.

—¡Claro que quiero! —Le sonrío al sentarme—. Estoy al borde de un ataque de nervios.

—Ya somos dos. —Se agarra a una pequeña mochila como si le fuera la vida en ello—. 

—Soy María, ¿me recuerdas? —Se relaja un poco, eso parece al menos.

La verdad es que no. —Parece pedir perdón con los ojos —. Yo soy Félix.

¡¡Félix!! —Noto que se me suben los colores. Lo enamorada que estuve de él.

Sí, he cambiado mucho. Ya no soy aquel niño gordito del que era fácil burlarse.

Nos ponemos a hablar de los tiempos de la escuela, no recuerda que yo estaba allí. Yo sí recuerdo los escarnios que él sufría y lo invisible que yo era, hasta para él

¿Recuerdas las cartas de “Amapola Negra”? —frunce el ceño contrariado.

¿Cómo sabes eso? —Se ha puesto nervioso, casi me da miedo—. Nunca se lo dije a nadie. Ni a mis padres.

Era yo. Todos los martes. Para tu cumpleaños y en días señalados.

Esas cartas… eran los único bonito del colegio, incluso lo único bueno de muchos días. Aún las guardo. —Su cara se enternece.

Estuve locamente enamorada de ti, varios años. Pero nunca acudiste a mis citas. —Me mira sonriendo tímidamente.

La verdad es que, me daba vergüenza.

Y a mí. Si hubieras venido, no sé qué hubiera hecho. Te esperaba escondida.

Nos miramos y nos echamos a reír. Vaya par de tontos. Colorados hasta las orejas por un sentimiento de la niñez. Me empieza a entrar el sueño. Las pastillas hacen su efecto. Anda, no me he acordado de mi claustrofobia. Me he relajado hablando. Le comento que voy a dormirme...

Alguien me despierta…

¿Qué pasa, Félix? —digo despertándome sobresaltada. 

Está alterado, pálido. Me zarandea hasta espabilarme. He debido dormir varias horas. Aun quedan otras tantas para llegar a las islas.

He cometido el mayor error de mi vida.  Y ahora…—Todos deben oírle, lo dice gritando.

Bueno, tranquilo. Todo puede solucionarse.

¡NO LO ENTIENDES! —dice levantando aún más el volumen de su voz. Todo el avión se queda de pronto en silencio—. ¡¡TODOS VAMOS A MORIR!! Esto —dice alzando la pequeña mochila que lleva abrazando todo el viaje—, es una bomba, que explotará en menos de dos horas.

Se mueve despacio. Nadie hace el menor movimiento. Creo que se oye un “clic”; desde cabina nos están oyendo. Los auxiliares de vuelo han desaparecido.

En cuanto me enteré de este viaje. No pensé en otra cosa. Por fin me vengaría de todas las lágrimas que me hicisteis derramar. Soy Félix. Imposible reconocerme. He cambiado mucho físicamente. Bueno, lo importante es que aquí llevo una bomba activada para explotar y si no se para el temporalizador…. Explotará.

Guau. Vamos a morir. El silencio se puede cortar. Su mirada va de una lado a otro, estamos todos aterrados.

Alguien delante de mí levanta, tímidamente, la mano.

Yo creo que, sí tú quieres, claro, puedo intentar desactivarla.

¡Cómo no! Manu, el más guapo y listo de clase. —El sarcasmo puede masticarse.

Mira, acepto mi culpa. Te hice la vida imposible. Pero todos vamos a morir, tú también.

¡¡Llevo años pensando en esto!! Mi vida me importa tres.

Mientras Manu, se va acercando a Félix. Se van oyendo voces tímidas que intentan limar la situación.

—¡He visto tu último anuncio!

—¡Estuve en tú monólogo del parque de atracciones!

 —¡Has conseguido el éxito, tío!

Él se sorprende, se lo veo en la cara, de que  haya quien  conozca  su trayectoria; pero no deja que Manu se le acerque. Hasta que Lucía se levanta y dice la palabra mágica:

—¡Perdóname, Félix! Nunca pensé que te doliera hasta este extremo.

En ese momento uno a uno todos va levantándose y pidiendo perdón. Félix deja la mochila en el suelo y Manu, que es bombero, se acerca sigiloso a abrirla. Una vez la cremallera desabrochada,  explota en una carcajada a la vez que se echa a llorar. Enormes lágrimas recorren su mejilla. Ríe y llora. Llora y ríe.

—¡No jodas, Félix! Esto es una bomba de juguete.

 Se sienta de nuevo a mi lado. Solemne. Inpertérrito. Su semblante se ha relajado de repente.   De la cabina salen los auxiliares.  Se oye de nuevo un "clic". El vuelo continúa.  Tenso.

Todo lo tenía medido. Preparado. Su mejor actuación. Una broma macabra que seguramente nunca olvidaremos.

 💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣💣

Esta es mi aportación a la propuesta de "VadeReto" de septiembre, 
del blog "Acervo de Letras".
¿Conoces el blog? Pues si te gusta escribir, cada mes nos plantea  sugerencias 
para un nuevo relato.
¿Te animas?

 


martes, 31 de agosto de 2021

Las noches de Aloños

El viaje hasta Aloños fue tranquilo. Le encanta conducir y el paisaje acompañó desde medio camino. De las cuatro horas que duró el viaje, más de la mitad discurrió entre montañas, más cerca más lejos. Verde a izquierda y derecha. Nada parecido al secarral de donde veníamos.

La idea de ir a Cantabria fue suya. Quería alejarse del calor, de los días abrasadores y las noches agobiantes. Por más que abrías la ventana ni una gotita de fresquito venía a acompañar nuestro descanso, eso si conseguías hacerlo.  A mí, la playa me pierde. Verdad es que cerca teníamos maravillosas playas, pasamos por Somos, su gran oleaje ese día permitía practicar surf, o Noja de la que pude apreciar su magnífica playa con forma de concha. Ah, sin olvidarnos de Santander que la teníamos a poco más de media hora.  Pero el calorcito del sol, este que te acaricia al principio y al rato te quema, de las playas del mediterráneo, ese, aquí brillaba por su ausencia.

 Pero bueno, tal vez necesitábamos disfrutar un poco del frío y volver a entrar en calor como pareja; todo parecía estar acabado. Era un último intento. Por eso después de mucho discutir y buscar opciones, acepté este destino.

 Habíamos alquilado una típica cabaña cerca del río. Desde la segunda planta abuhardillada se veía al fondo su famoso hayedo, por las ventadas de la planta baja, casi podíamos tocar los árboles del monte. Nada más entrar me enamoré de ella. Su aire rústico, su olor característico, y el gran ventanal de la planta superior. Que cubría toda la fachada abriéndote la vista a parte del valle. Tranquilidad. Paz.

Pero el móvil de Cris sonó y toda la magia del momento desapareció. Tras acabar su llamada, su cara había cambiado, buscó discutir por cualquier motivo y acabó diciendo que se iba, que no iba a funcionar. Llamó un taxi y se metió a la ducha. Su móvil volvió a sonar. Sin pensarlo dos veces descolgué la llamada.

—¿Le has contado ya lo nuestro a Alex? — Su voz cortante me llenó de rabia.

—La verdad, no lo ha hecho. Pero puedes hacerlo tú —le contesté friamente.

Colgó sin decir nada más. Al salir del baño, mientras Cris se vestía en silencio, volvió a llamar. Al acabar su conversación todo había terminado. Me miró, no sé si su mirada era triste, decepcionada, avergonzada, arrepentida. Callaba.

—Da igual, Cris. No necesito que me cuentes nada. Hubiera estado bien que me lo contases, pero ya da igual. — Le miré fijamente a los ojos.

—Ya ha llegado el Taxi. —Por lo visto, poca intención llevaba de dar explicaciones. —Abrió la puerta sin mirar atrás.

—¡Adiós! —Cerré con un portazo en cuanto cruzó la puerta. Cerraba de paso nuestra relación. Lo sabía.

Allí me quedé. En medio de las montañas, al lado de un río, oliendo a boñiga de vaca, rodeada de pastos con su ganado paciendo. Mientras deshacía las maletas y organizaba la poca comida que habíamos traído para pasar el día. Lloré sin parar de rabia e impotencia. Por haber sido tan idiota, por no haber visto lo que estaba pasando.

 Al asomarme al gran ventanal, la puesta del sol me sorprendió. Rompiendo al fondo con las laderas del hayedo, el cielo perdía su tono azul y se pintaba de colores. Oscurecía, pequeñas lucecitas se encendían de casa en casa. Poco a poco los demás sonidos que me habían acompañado hasta entonces fueron cesando. Cencerros del ganado, algún valido, los perros ladrando, el piar de los pájaros, voces a lo lejos…

Soplaba un airecillo, que acariciaba al tocar la piel. El olor a hierba fresca me invitó a salir. Me senté en la escalera de la entrada y miré al cielo.

—Aquí no verás las estrellas, nos las tapan las nubes. —Levanté la vista en dirección a la voz.

—¡Buenas Noches! ¿Y tú quién eres? —Ante mí tenía un niño de unos siete años, menudo, asustadizo, pero decidido a quedarse conmigo.

—Soy Mario. ¿Has venido a vivir al pueblo?

—Solo de vacaciones. Me han dicho que aquí las noches son tranquilas y silenciosas.

—Pues te han engañado —me dijo sonriendo.

—¿Sí? —asintió con la cabeza.

—Concéntrate en tu oído derecho, ¿qué oyes?

—Agua.

—Es el río Junquera, mi abuelo decía que era “el discurrir del agua, su roce con las piedras al recorrerlo incesante” —Me puso el dedo en los labios para que me callara —si estamos en silencio oiremos la sinfonía de la noche.

–¿Eso también lo decía tu abuelo? —pregunté en un susurro. Mario afirmó sonriendo.

Me enseñó a diferenciar el ulular del Búho del silbido de la lechuza y del canto del autillo, que era como un aullido de lobo, un triste aullido. Estábamos a un paso de un camino con árboles y pastos a los lados. Cada pequeño movimiento de los árboles le producía una sonrisa.

      —La noche nunca calla. Escucha los árboles. Ese silbido es el aire entre las hojas, ¿lo oyes? ¿Distingues el roce de una rama con otra, mecidas por él? —me miraba haciendo el gesto de “silencio” y estábamos unos minutos en silencio hasta que descubría otro sonido que enseñarme.

—Sabes, lo que más me extraña es no oír a los grillos, ¿cantan de noche, no? —Soltó una carcajada.

—No, no, los grillos no tienen cuerdas vocales. El  yayo decía que el sonido lo hacían con las alas. Pero ya no quedan.

—¡Ah no! ¿Y eso?

—Por lo visto, algún des-pren-sivo… —Le corregí riendo con él.

—¿Desaprensivo?

—Sí eso ¡Que no me salía? Pues eso, alguien soltó unas Garcillas, y como no son pájaros de Cantabria han acabado con los grillos.

—Vaya, cuántas cosas sabes.

—Sí, mi abuelo sabía mucho. Nos íbamos con él al Hayedo, allí lejos —dijo señalando con el dedo— y nos contaba mil historias. A veces acampábamos con él y otros padres y madres. Siempre jugábamos a escuchar en el silencio.

—Mira, ese gato nos mira desde ese árbol. —Susurró emocionado.

—No es un gato, fíjate en su cola…

—¡Es verdad! Es más larga y frondosa.

—Si, es super tupida… es una jineta. “La bella cazadora” caza roedores. Antiguamente era como los gatos ahora, vivía con los humanos. Ahora se ha hecho solitaria, sale de noche. Ves ahí —dijo señalando a mi izquierda—suele merodear por esa casa abandonada. Pero solo se acerca cuando estoy solo y no me muevo. Ahora ya no volverá hasta que no vayamos.

Estuvimos un rato en silencio. De vez en cuando me miraba. Pero no decía nada. De pronto le llamaron y echó a correr hacia casa.

Me quedé un poco más oyendo el discurrir del río. Las noches y sus misterios habían conseguido tranquilizarme, serenarme.

—¿Tú eres Alex? —asentí levantándome— no sé que le has contado pero se ha ido a la cama contentísimo.

—Yo poco he contado, ha sido él. Me ha enseñado a escuchar la oscuridad.

—¡Qué me dices! —Noté que se emocionaba— lleva más de dos meses sin hablar, desde que su abuelo murió. Él sabía mucho de la naturaleza y a Mario le gustaba escucharle.

—Me lo ha dicho. Lo ha nombrado muchas veces.

Todas las vacaciones tuve la compañía de Mario en un momento u otro del día.

Fueron las mejores vacaciones en mucho tiempo. Cantabria conquistó mi corazón. Volví a casa con las ideas muy claras y el pasado cerrado. Mario acompañó con sus historias casi todas las noches, me ayudó a no hundirme en mi pérdida y  a mirar hacia delante. Sin pena ni rencor. Seguro que todavía me quedan muchos sonidos de la noche por descubrir.

 👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Participo con este relato en la convocatoria de agosto de VadeReto del blog 
 "Acervo de letras"
Aahora voy a pasearme pòr los blogs de los demás participantes, 
seguro que me sorprenden gratamente.
Este verano he estado en ese maraavilloso pueblo cántabro y en una preciosa cabaña rústica.
Quería compartir un poquito de mis vacaciones.
¿Cómo os ha ido el verano?