viernes, 22 de noviembre de 2019

Tal vez sea mañana

Cuando era pequeña, vivía en una vieja casa se campo, con un gran desván, allá arriba, en el tejado(bueno, casi en el tejado).
A mí me gustaba mucho subir a aquella pequeña parcela donde se asentaba el pasado, a pesar de que crujieran las escaleras y pareciera que ibas a dar con la cabeza en el techo.

En aquella habitación los recuerdos parecían recobrar, de nuevo, su vida perdida. El pequeño caballo de madera del del abuelo,poco a poco, iba perdiendo color; la vieja mecedora de tía Encarna ya casi no podía balancearse; y ahí, encima de una mesita, la pequeña cajita de música de la bisabuela continuaba cerrada y sin poder abrirse.
Antes, hace ya muchos años, la cajita de música cantaba feliz durante todo el día. Bailarinas de todo el mundo venía a bailar al son de su música. Tocaba alegre para todas ellas, pues sin duda, aquellas delicadas figuritas que venían de todos los rincones del país eran tan ligeras como el aire, tan graciosas en sus movimientos como el vuelo de una mariposa.
De todas aquellas bailarinas, dos fueron las que callaron para siempre a la pequeña cajita.
    Una de ellas le fascinó por su elegancia, su suavidad, su dulzura. Parecíase la luna llena paseándose entre las estrellas en una serena noche de estío. 
Por un tiempo, ella, atrajo toda la atención de la pequeña caja de música y aunque acudían otras muchas bailarinas día a día a bailar al compás que ella tocaba, parecía que al llegar Brenda, que así se llamaba, la música sonaba más suave, más cadenciosa...
Brenda era su pequeño cisne blanco nadando plácidamente en el lago de su armonía. ¡Qué época más feliz!
Pero poco a poco fue desencantándose, pues Brenda,su pequeño cisne, acudía cada vez menos veces.
        
    Cuando entristecida la cajita iba perdiendo las ganas de tocar, de cantar, apareció Katia, la graciosa, alegre y picaresca bailarina que ocupó el hueco que Brenda dejara en su corazón.  Si bien esta se asemejaba más a a una ardillita pispireta y juguetona correteando por el bosque.
Cuando bailaba, parecía estar saltando de rama en rama, de árbol en árbol, como jugando con las notas y los acordes.
La pequeña cajita creyó que no había otra bailarina que supiera comprender mejor la música que ella guardaba en su interior.
Sin embargo, de nuevo volvió a perder a su bailarina preferida y sintió que para ella nunca más volvería a reír al sol. 
Brenda y Katia habían llenado su vida tan intensamente que al desaparecer de pronto todo parecía carecer de sentido.
Numerosas bailarinas seguían acudiendo a bailar con la cajita, pero ahora prefería callar, quedarse en silencio.
       Un día, guardó la llave dentro de ella y se cerró, no queriendo volver a abrirse. 
Las bailarinas siguen acudiendo, pero ella no les ofrece su música, la guarda celosamente, la guarda...

A mí me gusta subir a hacerle compañía todas la tardes un ratito, porque sé que algún día llegará una nueva bailarina, distina a todas, que borrará el recuerdo de Katia y la nostalgia que BRenda le dejó yle hará  de nuevo sonreír.Volverá a abrirse nuevamente y a cantar, y ese día quiero estar yo allí, con la pequeña cajita de la bisabauela.


"Esta pequeña historia le escribí para una amiga mía, a los 19 años, después de dos desengaños amorosos. Sabéis, la vida da muchas vueltas y hace poco, volvió a abrir su corazón después de años cerrado tras un matrimonio que la apagó poco a poco. Ahora sus ojos brillan como entonces. Llenos de vida." Escrita en enero de 1985.

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