jueves, 24 de febrero de 2022
Desde que te fuiste
martes, 25 de enero de 2022
A pesar de la bruma que me acecha
con el piloto puesto modo robot, (trabajo, casa, obligaciones y vuelta empezar)
me he prohibido la melancolía. Buscando un antídoto eficaz,
me he acordado del blog "Acervo de letras", de los motivadores comentarios de su anfitrión
y de las originales propuestas mensuales de su "VadeReto".
Niebla
Una espesa niebla me envolvía
sin piedad. Iba totalmente en tensión, agarrada al volante como si mi vida
fuera en ello, temerosa al no saber si cerca tenía algún vehículo, si me mantenía
en mi sitio o estaba demasiado a la derecha o invadiendo el otro carril. Hacía
rato que no veía más allá de los faros del coche. En mi cabeza, creo que inconscientemente, para
intentar relajarme, evocaba una de las últimas veces que, bajo un tupido manto blanco,
similar a este, conducía de vuelta a casa con mi sobrino…
—Tía, vas a cien —me dijo con cara de
circunstancias.
—¡Pero qué dices!, si no paso de 50 —le dije echando
un ojo el cuentakilómetros.
—Pues eso, vas haciendo el ridículo. Un caracol
te adelanta. ¡Mira, mira!
—¡¡¡JA, JA, JA…!!! —repliqué con sorna—. A ti
te querría ver yo al volante en este momento.
…Instintivamente eché el
freno, parecía vislumbrar un bulto bajo los focos antiniebla. Solo de pensar
que pudiera tener frente a mí uno de esos jabalíes que tan a menudo se cruzaban
en este tramo de carretera, me hizo hincar el pie en el freno y tensar todo mi
cuerpo hacia atrás. Te destrozan el coche, los bicharracos esos, y te puede
caer una buena multa si, además, los matas “fuera de temporada”. El coche paró
a dos palmos de los dientes de una gran bola de pelo grisáceo furioso y a la
defensiva.
—¡Será posible! —pensé—. En medio de mi camino y el
ofendido es él.
Bajé del coche sin dudarlo.
Estaba en medio de la carretera, era casi de noche en una fría tarde de
invierno y no parecía tener muchas ganas de conocerme el susodicho. Me quedé
atónita. Frente a mí, un enorme San Bernardo que seguía enseñándome su mala
leche.
—¡Pero vamos a ver!, ¿tú que pintas aquí en medio? —Sorpresivamente,
al oírme hablar, me miró con sus enormes ojos negros y se tumbó todo lo grande
que era en el asfalto.
—¡Qué voy a hacer contigo! —Me acerqué a acariciarlo. No sé
explicarlo, pero se ganó mi corazón—. ¡Anda, sube al coche!
El perro se puso en pie y como un corderito me siguió al
coche, al abrir la puerta, se subió al asiento trasero, y se recostó como si
nada.
Sí, no solo salí del coche
viendo un perro aparentemente agresivo, sino que a la primera que se calma me
acerco a él, lo acaricio y, como si fuera lo más normal, lo monto en mi coche.
Sin pensar en las consecuencias… Solo quería llegar lo antes posible a casa y
no me parecía humano dejarlo tirado en la carretera… Bueno, actué por inercia,
sin pensar. No sé.
Lo llevé a la clínica de una
amiga del pueblo, veterinaria, que se ofreció a quedárselo esa noche y me aseguró
que por la mañana lo llevaría a la perrera si nadie lo reclamaba.
Al día siguiente, al salir del
trabajo, fui a enterarme que había sido del chucho.
—Lo tengo en la enfermería. No
se ha movido en todo el día. No ha bebido, no ha comido, no ha hecho sus
necesidades… Es viejito, sabes, puede ser que ya no le quede mucho. A veces,
hacen esto. Se adormilan y poco a poco se van.
Me hizo duelo verlo, allí tan
solito, triste y, al ver que levantaba la cabeza y me miraba, le dije:
—¡Qué, Niebla! ¿Nos vamos a
casa?
Y como os podéis imaginar,
Niebla y yo, damos largos paseos por el
parque, despacito, a su ritmo.
martes, 28 de septiembre de 2021
E. T. EL EXTRATERRESTRE
Me llamo Ermunio Timoteo. Sí, ese es mi nombre.
Cuando en el cole recibía burlas por el nombre, que hubo
risas, se sorprendían cuando en vez de enfadarme o llorar o avergonzarme, yo
contestaba:
—¡Soy único hasta por el nombre!
Porque claro, lo peor era mi aspecto físico. (Que yo siempre
les decía a mis padres que hay cosas que, o las haces con ganas, o mejor no
hacerlas).
Soy extremadamente delgado, desgarbado. Los brazos me
cuelgan, resultan larguísimos. Mis enormes pies, avisan de mi llegada. La
cabeza la tengo exagerada para mi tronco, como la tierra, redondeada y achatada
por los “polos”, con unos orejones a los lados impresionantes; a los cuatro
pelos que tengo en el cogote les es imposible taparlas. Al verme canturreaban:
—¿Qué es el viento? Las orejas de E. T. en movimiento. —Las
carcajadas siguientes resonaban por todo el instituto. Yo levantaba las cejas,
haciéndome el interesante, y las movía todo lo rápido que podía. (Sí, sé mover
las orejas. ¡Sorprenderte!). Esto les partía la broma, porque entonces todos se
acercaban a preguntarme cómo lo hacía.
Habrás adivinado ya, como me llamaban, ¿No? Pues sí: “E.T. El Extraterrestre.” Cuando empezaron a llamármelo con sorna, un día les dije:
— ¡Con poco que haga, tengo el mejor disfraz de carnavales!
… Tienes razón. Me río hasta de mi sombra. Mi humor me ha ayudado
a rodearme de gente que me quiere. Que soy muy raro, dicen. Tal vez. Pero soy
feliz. Me quiero.
👂👂👂👂👂👂👂👂👂👂👂👂👂
Con este relato participo en "MICRORETOS: ¡DE CINE!, organizado por David Rubio en su blog "EL TINTERO DE ORO"
jueves, 16 de septiembre de 2021
La bomba
Yo, por
un lado tengo curiosidad por saber qué ha sido de algunos y algunas. Los
jefecillos y jefecillas. Los que dirigían la “manada”. Así es como acababas
comportándote, si no querías que te hundieran en la miseria. Si no formabas
parte del “rebaño”, te esperaba el olvido más cruel, o todo lo contrario, ser
protagonista de todas las bromas y burlas que se les ocurrieran.
Por
otro lado, creo que, en la vida me podré permitir venir a este destino paradisíaco,
y aunque me lo pudiera permitir, yo sola no creo que viniera. Sí, sigo sola.
Tanto como lo estuve en la escuela.
Ya
estoy en el avión. Todos gritan saludándose. Como era de esperar, a mí, ni me
han visto entrar. Estoy empezando a agobiarme. Tengo claustrofobia. Me he
tomado las pastillas que me aconsejó la psicóloga, y a ver si me siento y
empiezo con la relajación… ¡¡Dónde me siento!!!
¡¡¡Ayuda, me ahogo!!!
—Aquí
tienes sitio. —No recuerdo quién es—. Si quieres, claro.
—¡Claro
que quiero! —Le sonrío al sentarme—. Estoy al borde de un ataque de nervios.
—Ya somos dos. —Se agarra a una pequeña mochila como si le fuera la vida en ello—.
—Soy María, ¿me recuerdas? —Se relaja un poco, eso parece al menos.
— La verdad es que no. —Parece pedir perdón con los ojos —. Yo soy Félix.
— ¡¡Félix!! —Noto que se me suben los colores. Lo enamorada que estuve de él.
— Sí, he cambiado mucho. Ya no soy aquel niño gordito del que era fácil burlarse.
Nos ponemos a hablar de los tiempos de la escuela, no recuerda que yo estaba allí. Yo sí recuerdo los escarnios que él sufría y lo invisible que yo era, hasta para él
— ¿Recuerdas las cartas de “Amapola Negra”? —Frunce el ceño contrariado.
— ¿Cómo sabes eso? —Se ha puesto nervioso, casi me da miedo—. Nunca se lo dije a nadie. Ni a mis padres.
— Era yo. Todos los martes. Para tu cumpleaños y en días señalados.
— Esas cartas… eran los único bonito del colegio, incluso lo único bueno de muchos días. Aún las guardo. —Su cara se enternece.
— Estuve locamente enamorada de ti, varios años. Pero nunca acudiste a mis citas. —Me mira sonriendo tímidamente.
— La verdad es que, me daba vergüenza.
—Y a mí. Si hubieras venido, no sé qué hubiera hecho. Te esperaba escondida.
Nos miramos y nos echamos a reír. Vaya par de tontos. Colorados hasta las orejas por un sentimiento de la niñez. Me empieza a entrar el sueño. Las pastillas hacen su efecto. Anda, no me he acordado de mi claustrofobia. Me he relajado hablando. Le comento que voy a dormirme...
Alguien me despierta…
—¿Qué pasa, Félix? —digo despertándome sobresaltada.
Está alterado, pálido. Me zarandea hasta espabilarme. He debido dormir varias horas. Aun quedan otras tantas para llegar a las islas.
— He cometido el mayor error de mi vida. Y ahora…—Todos deben oírle, lo dice gritando.
— Bueno, tranquilo. Todo puede solucionarse.
— ¡NO LO ENTIENDES! —dice levantando aún más el volumen de su voz. Todo el avión se queda de pronto en silencio—. ¡¡TODOS VAMOS A MORIR!! Esto —dice alzando la pequeña mochila que lleva abrazando todo el viaje—, es una bomba, que explotará en menos de dos horas.
Se mueve despacio. Nadie hace el menor movimiento. Creo que se oye un “clic”; desde cabina nos están oyendo. Los auxiliares de vuelo han desaparecido.
— En cuanto me enteré de este viaje. No pensé en otra cosa. Por fin me vengaría de todas las lágrimas que me hicisteis derramar. Soy Félix. Imposible reconocerme. He cambiado mucho físicamente. Bueno, lo importante es que aquí llevo una bomba activada para explotar y si no se para el temporizador… explotará.
¡Guau!. Vamos a morir. El
silencio se puede cortar. Su mirada va de una lado a otro, estamos todos aterrados.
Alguien delante de mí levanta, tímidamente, la mano.
— Yo creo que, sí tú quieres, claro, puedo intentar desactivarla.
—¡Cómo no! Manu, el más guapo y listo de clase. —El sarcasmo puede masticarse.
—Mira, acepto mi culpa. Te hice la vida imposible. Pero todos vamos a morir, tú también.
— ¡¡Llevo años pensando en esto!! Mi vida me importa tres.
Mientras Manu, se va acercando
a Félix. Se van oyendo voces tímidas que intentan limar la situación.
—¡He visto tu último anuncio!
—¡Estuve en tú monólogo del
parque de atracciones!
—¡Has conseguido el éxito, tío!
Él se sorprende, se lo veo en
la cara, de que haya quien conozca su
trayectoria; pero no deja que Manu se le acerque. Hasta que Lucía se levanta y
dice la palabra mágica:
—¡Perdóname, Félix! Nunca
pensé que te doliera hasta este extremo.
En ese momento uno a uno todos
va levantándose y pidiendo perdón. Félix deja la mochila en el suelo y Manu,
que es bombero, se acerca sigiloso a abrirla. Una vez la cremallera desabrochada, explota en una
carcajada a la vez que se echa a llorar. Enormes lágrimas recorren su mejilla.
Ríe y llora. Llora y ríe.
—¡No jodas, Félix! Esto es una
bomba de juguete.
Se sienta de nuevo a mi lado. Solemne. Inpertérrito. Su semblante se ha relajado de repente. De la cabina salen los auxiliares. Se oye de nuevo un "clic". El vuelo continúa. Tenso.
Todo lo tenía medido. Preparado. Su mejor actuación. Una broma macabra que seguramente nunca olvidaremos.
del blog "Acervo de Letras".
¿Conoces el blog? Pues si te gusta escribir, cada mes nos plantea sugerencias
para un nuevo relato.
¿Te animas?
martes, 31 de agosto de 2021
Las noches de Aloños
El viaje hasta Aloños fue
tranquilo. Le encanta conducir y el paisaje acompañó desde medio camino. De las
cuatro horas que duró el viaje, más de la mitad discurrió entre montañas, más
cerca más lejos. Verde a izquierda y derecha. Nada parecido al secarral de
donde veníamos.
La idea de ir a Cantabria fue
suya. Quería alejarse del calor, de los días abrasadores y las noches
agobiantes. Por más que abrías la ventana ni una gotita de fresquito venía a
acompañar nuestro descanso, eso si conseguías hacerlo. A mí, la playa me pierde. Verdad es que cerca
teníamos maravillosas playas, pasamos por Somos, su gran oleaje ese día
permitía practicar surf, o Noja de la que pude apreciar su magnífica
playa con forma de concha. Ah, sin olvidarnos de Santander que la teníamos a poco
más de media hora. Pero el calorcito del
sol, este que te acaricia al principio y al rato te quema, de las playas del
mediterráneo, ese, aquí brillaba por su ausencia.
Pero bueno, tal vez necesitábamos disfrutar un
poco del frío y volver a entrar en calor como pareja; todo parecía estar
acabado. Era un último intento. Por eso después de mucho discutir y buscar
opciones, acepté este destino.
Habíamos alquilado una típica cabaña cerca del
río. Desde la segunda planta abuhardillada se veía al fondo su famoso hayedo,
por las ventadas de la planta baja, casi podíamos tocar los árboles del monte. Nada
más entrar me enamoré de ella. Su aire rústico, su olor característico, y el
gran ventanal de la planta superior. Que cubría toda la fachada abriéndote la
vista a parte del valle. Tranquilidad. Paz.
Pero el móvil de Cris sonó y
toda la magia del momento desapareció. Tras acabar su llamada, su cara había
cambiado, buscó discutir por cualquier motivo y acabó diciendo que se iba, que
no iba a funcionar. Llamó un taxi y se metió a la ducha. Su móvil volvió a
sonar. Sin pensarlo dos veces descolgué la llamada.
—¿Le has contado ya lo nuestro
a Alex? — Su voz cortante me llenó de rabia.
—La verdad, no lo ha hecho. Pero puedes hacerlo tú —le contesté friamente.
Colgó sin decir nada más. Al
salir del baño, mientras Cris se vestía en silencio, volvió a llamar. Al acabar
su conversación todo había terminado. Me miró, no sé si su mirada era triste,
decepcionada, avergonzada, arrepentida. Callaba.
—Da igual, Cris. No necesito
que me cuentes nada. Hubiera estado bien que me lo contases, pero ya da igual.
— Le miré fijamente a los ojos.
—Ya ha llegado el Taxi. —Por
lo visto, poca intención llevaba de dar explicaciones. —Abrió la puerta sin
mirar atrás.
—¡Adiós! —Cerré con un portazo en cuanto
cruzó la puerta. Cerraba de paso nuestra relación. Lo sabía.
Allí me quedé. En medio de las
montañas, al lado de un río, oliendo a boñiga de vaca, rodeada de pastos con su
ganado paciendo. Mientras deshacía las maletas y organizaba la poca comida que
habíamos traído para pasar el día. Lloré sin parar de rabia e impotencia. Por
haber sido tan idiota, por no haber visto lo que estaba pasando.
Al asomarme al gran ventanal, la puesta del sol me sorprendió. Rompiendo al fondo con las laderas del hayedo, el cielo perdía su tono azul y se pintaba de colores. Oscurecía, pequeñas lucecitas se encendían de casa en casa. Poco a poco los demás sonidos que me habían acompañado hasta entonces fueron cesando. Cencerros del ganado, algún valido, los perros ladrando, el piar de los pájaros, voces a lo lejos…
Soplaba un airecillo, que acariciaba al tocar la piel. El olor a hierba fresca me invitó a salir. Me senté en la escalera de la entrada y miré al cielo.
—Aquí no verás las estrellas, nos las tapan las nubes. —Levanté la vista en dirección a la voz.
—¡Buenas Noches! ¿Y tú quién
eres? —Ante mí tenía un niño de unos siete años, menudo, asustadizo, pero decidido
a quedarse conmigo.
—Soy Mario. ¿Has venido a
vivir al pueblo?
—Solo de vacaciones. Me han
dicho que aquí las noches son tranquilas y silenciosas.
—Pues te han engañado —me dijo
sonriendo.
—¿Sí? —asintió con la cabeza.
—Concéntrate en tu oído
derecho, ¿qué oyes?
—Agua.
—Es el río Junquera, mi abuelo
decía que era “el discurrir del agua, su roce con las piedras al recorrerlo
incesante” —Me puso el dedo en los labios para que me callara —si estamos en
silencio oiremos la sinfonía de la noche.
–¿Eso también lo decía tu
abuelo? —pregunté en un susurro. Mario afirmó sonriendo.
Me enseñó a diferenciar el
ulular del Búho del silbido de la lechuza y del canto del autillo, que era como
un aullido de lobo, un triste aullido. Estábamos a un paso de un camino con
árboles y pastos a los lados. Cada pequeño movimiento de los árboles le
producía una sonrisa.
—La
noche nunca calla. Escucha los árboles. Ese silbido es el aire entre las hojas,
¿lo oyes? ¿Distingues el roce de una rama con otra, mecidas por él? —me miraba
haciendo el gesto de “silencio” y estábamos unos minutos en silencio hasta que
descubría otro sonido que enseñarme.
—Sabes, lo que más me extraña es no oír a los
grillos, ¿cantan de noche, no? —Soltó una carcajada.
—No, no, los grillos no tienen cuerdas vocales.
El yayo decía que el sonido lo hacían
con las alas. Pero ya no quedan.
—¡Ah no! ¿Y eso?
—Por lo visto, algún des-pren-sivo… —Le corregí
riendo con él.
—¿Desaprensivo?
—Sí eso ¡Que no me salía? Pues eso, alguien
soltó unas Garcillas, y como no son pájaros de Cantabria han acabado con los
grillos.
—Vaya, cuántas cosas sabes.
—Sí, mi abuelo sabía mucho. Nos íbamos con él
al Hayedo, allí lejos —dijo señalando con el dedo— y nos contaba mil historias.
A veces acampábamos con él y otros padres y madres. Siempre jugábamos a
escuchar en el silencio.
—Mira, ese gato nos mira desde ese árbol. —Susurró
emocionado.
—No es un gato, fíjate en su cola…
—¡Es verdad! Es más larga y frondosa.
—Si, es super tupida… es una jineta. “La bella cazadora”
caza roedores. Antiguamente era como los gatos ahora, vivía con los humanos.
Ahora se ha hecho solitaria, sale de noche. Ves ahí —dijo señalando a mi
izquierda—suele merodear por esa casa abandonada. Pero solo se acerca cuando
estoy solo y no me muevo. Ahora ya no volverá hasta que no vayamos.
Estuvimos un rato en silencio.
De vez en cuando me miraba. Pero no decía nada. De pronto le llamaron y echó a
correr hacia casa.
Me quedé un poco más oyendo el
discurrir del río. Las noches y sus misterios habían conseguido tranquilizarme,
serenarme.
—¿Tú eres Alex? —asentí
levantándome— no sé que le has contado pero se ha ido a la cama contentísimo.
—Yo poco he contado, ha sido
él. Me ha enseñado a escuchar la oscuridad.
—¡Qué me dices! —Noté que se emocionaba—
lleva más de dos meses sin hablar, desde que su abuelo murió. Él sabía mucho de
la naturaleza y a Mario le gustaba escucharle.
—Me lo ha dicho. Lo ha
nombrado muchas veces.
Todas las vacaciones tuve la
compañía de Mario en un momento u otro del día.
Fueron las mejores vacaciones
en mucho tiempo. Cantabria conquistó mi corazón. Volví a casa con las ideas muy
claras y el pasado cerrado. Mario acompañó con sus historias casi todas las
noches, me ayudó a no hundirme en mi pérdida y
a mirar hacia delante. Sin pena ni rencor. Seguro que todavía me quedan
muchos sonidos de la noche por descubrir.
seguro que me sorprenden gratamente.
jueves, 15 de julio de 2021
VadeReto
"Después de una catástrofe mundial, la Tierra está desolada. Según todos los indicios, eres la última persona viva en el mundo. Estás encerrado en tu casa, dentro de tu habitación, cansado de vagar solo por parajes desiertos, pensando con desesperanza en tu futuro. En ese momento, unos golpes llaman a la puerta…!
Espero que mi propuesta os guste y no dudéis en visitar los lugares que os he sugerido, os gustarán.
Detrás de la puerta
Llevaba días vagabundeando por
las calles. Iba y venía con el coche buscando, llamando a puertas, entrando en
casas ajenas, intentando encontrar un teléfono que funcionara, una radio o una
televisión que emitiera noticias, alguien o algo que le explicara lo que estaba
pasando. Ni un ser vivo había encontrado en los tres días que llevaba de pueblo
en pueblo, de ciudad en ciudad. Nadie. Como si se los hubiera tragado un
agujero negro, como si hubieran sido abducidos por los extraterrestres.
Todo lo demás intacto. Edificios, casas, comercios, coches,
autobuses… todo quieto, parado, en silencio, esperando una mano amiga que reiniciase el movimiento.
Cada noche, una casa diferente
le daba cobijo. Un hogar que antes había pertenecido a los dueños de las fotos
expuestas, a veces, estratégicamente por la estancia. ¿Dónde estaban esas personas? Para saciar cual necesidad o capricho solo
tenía que ir a cogerlo, le esperaban abiertos, para regalarle lo que necesitara,
establecimientos y comercios varios. Todo parecía estar intacto, sin embargo
todo estaba yermo. Ni una sola huella de vida.
Tumbado en el sofá de esta nueva
casa “ocupada” le sorprendió el ruido de la puerta. ¿Quién llamaba? ¿Quién
llamaba… pero había alguien que pudiera llamar?
Pasó de la euforia de pensar
que no estaba solo a sentir la sangre helada imaginando lo que podría esperarle
al otro lado de la puerta. Pero el pomo de la puerta se movió y la puerta dejó
ver lo que le había dejado pegado al suelo sin poder reaccionar.
—¿Pero, qué haces tú aquí? —Justo cuando parecía que salía de su estado de shock todo se puso oscuro, giraba muy deprisa… antes de poder contestar calló desplomado en el suelo.
Le despertó el olor a chorizo y
huevo frito, envuelto con el aroma a café recién hecho. Por un momento le
pareció que todo había sido un mal sueño. Pero no, esa no era su casa.
—Justo a tiempo para almorzar —le
dijo sonriendo su inesperada visita.
—De todas las personas del mundo que hubiera pensado encontrarme, tú, no estabas entre ellas —contestó desolado.
—¡Vaya, gracias! —Le sonrió
irónicamente—. ¿Gustas?
Seis años hacía que no se veían
y al mirarla a los ojos aquel fuego que sintió entonces parecía querer volver a
encenderse. Ni todo lo pasado los últimos días, ni los años de diferencia entre
ellos, obstáculo que los separara entonces, aplacaban la atracción que siempre
había habido entre ellos cada vez que se miraban. Era una magia indescriptible,
una conexión indescifrable que los unía. Los atraía. El silencio los envolvió
mientras disfrutaron de la primera comida grata en muchos días.
Después se contaron una a otro
lo que habían vivido, visto, pensado, hecho… desde que despertaran en sus casas
hacía ya tres largos días.
—Paradójico, ¿eh? —Ella había cambiado de
expresión, se relajó y sentándose el porche de la puerta charlaron tranquilos.
Se habían conocido hacía unos seis años. Maestra
en un centro de adultos, lo conoció, como alumno, intentando sacar la
obligatoria para conseguir un trabajo. Le gustaba la forma en que la miraba,
desde el fondo de sus ojos, como si adivinara sus pensamientos. Le hacía sentir
viva, deseada. Enseguida un hilo invisible pareció unirlos Las miradas se
hacían eternas, delataban sentimientos; las sonrisas ahogaban palabras que no
se atrevían a dejar escapar. Casada, con dos hijos, más de cuarenta… hacía verdaderos
esfuerzos para controlar el torrente de sentimientos que estar cerca de él le
provocaba. ¿Pero en qué estaba pensando?
Aun no tenía los treinta, y desde que conectaran el
primer día, con aquella broma estúpida, lo tenía embrujado. Le encantaba su
sentido del humor, verse reflejado en sus pupilas y esa manera suya de tratarlo,
de hacerle sentir adulto. ¿Nadie se daba cuenta que ya era todo un hombre? Entre ellos paseó el deseo de lo prohibido,
las ganas de lo añorado, enamoramiento mal gestionado, un mal entendido
amor. Sus miradas se buscaban por los
pasillos y en clase de broma en broma se insinuaban más de lo que quisieran. Pero
el curso terminó. Y cada uno siguió con sus vidas, aplacando lo que sentían en
el olvido. Con la rutina.
—Parece que somos los únicos seres vivos del
planeta —Ella volvió a la realidad.
—Eso parece —contestó abatida.
—Creo que tenemos una misión muy importante que
hacer por la humanidad. Tal vez seamos el último hombre y la última mujer, si
no ponemos remedio…
Su cara lo dijo todo…Ella explotó en una
carcajada contagiosa.
—¿En serio puedes pensar en eso ahora?
Sí. Se le pasó por la cabeza y durante el resto
del día hablaron todo lo que entonces eludieron hablar. La piel erizada, el
corazón latiendo deprisa y la cabeza fantaseando con lo que hubiera podido
pasar, lo que quisieron que hubiera pasado, lo que querían que ahora pasara, lo
que podría pasar.
Sí. Se hubieran dejado llevar por todo lo que el
cuerpo les pedía pero alguien llamaba a la puerta de nuevo.
Mientras veían girar el pomo de la puerta, ella
recordó cuantas veces deseó un mundo en el que sus sentimientos tuvieran
cabida. Mundo para los dos, donde no hubiera obstáculos para dar rienda suelta
a toda la tensión que acumulaba tan solo con pensar en él… Y ahora fue ella la
que se desplomó sobre el suelo, antes de que la puerta acabara de abrirse.
domingo, 13 de junio de 2021
¿Te gustaría tener poderes mágicos?
Con este relato paraticipo en esta edicicón de "El Tintero de Oro".
Después de una magnífico artículo sobre Roald Dahl y su obra, David Rubio, nos propone un concurso literario. Os dejo el enlace para que conozcáis el sitio, os gustará.
Como en otras ocasiones, su propuesta es ponerte a prueba con un reto. Lo mejor de todo es que entrarás a formar parte de una rueda de comentarios que serán lo mejor de tu participación en el concurso. A mí, por lo menos , eso me motiva.
🔆🔆🔆🔆
El poder de la mirada
Acabo de volver la esquina, ya se ve la puerta
del cole. Ahí están, me esperan fuera. El aire empieza a faltarme, me cuesta
respirar. El corazón ha empezado a galopar en mi pecho y un pitido ensordecedor
en los oídos me impide escuchar hasta el ruido de los coches. Ya los tengo
cerca, se ríen. Bueno, se mofan de mí. Las piernas me flojean, me sudan las
manos y la vista empieza a nublarse. Pero hoy, no bajaré la cabeza, como dice
mamá, le desafiaré con la mirada. Lo tengo delante, a menos de un metro y,
aunque estoy aterrado, temblando por el miedo, le miro fijamente y solo pienso cuánto
me gustaría que se sintiera como yo. «¡Ojalá sintieras mi miedo, mi ansiedad,
mi vergüenza, esta angustia que acabará en una humedad caliente entre mis
piernas para terminar cayendo, perdiendo por segundos el sentido! ¡Siéntelo!»
Y de pronto no noto la humedad,
no pierdo el conocimiento, pero tú te meas encima y todos se te ríen. ¿Qué ha
pasado? No me quedo a comprobarlo. Os olvidáis de mí y aprovecho para entrar en
el cole. Oigo las risas y escarnios de todos los que esperaban que, como todos
los días, fuera yo el que mojara los pantalones y se cayera redondo al suelo,
para levantarme aturdido entre los que me miran con pena y los que se marchan satisfechos
de su hazaña. Culpables unos y otros. Cobardes.
Entras tarde a clase. No te miro.
Sigo con la tarea, como si no fuera conmigo nada de lo que hemos compartido
antes.
A la hora del recreo, de nuevo la
angustia empieza a apoderarse de mí. Hoy tocaba bocadillo de atún y no le he
dicho nada a mi madre. Así que cuando me lo pidas… Pero no estás esperándome bajo el árbol, uno
de tus lugares de tortura. Me voy a dar la vuelta a la manzana, seguro que
estáis allí, esperando. No sé por qué voy, ¿qué pasaría si no fuera?
Aflojo el paso, oigo voces. Os
reís. Lo que oigo me es familiar: risas, burlas, amenazas, insultos.
Me asomo despacito. Solo la
cabeza. Me oculto tras el tronco de uno de los árboles. Estáis con Félix. «¡Vaya,
no soy al único al que martirizan! —resuena en mi cabeza—.» Y la rabia se
apodera de mí.
También estoy aterrado, sí. Si me
ven no sé qué me harán. No puedo echar a correr para avisar a los profesores.
Mis piernas parecen haberse quedadas pegadas al suelo. Y, entonces, empiezo a
hablar en mi cabeza con Félix. Él vuelve la cabeza y me ve. Dejo el árbol y
desde lejos le miro a los ojos y le increpo en silencio: «¡Vamos, Félix! Mírale
a los ojos y hazle saber cómo te sientes. Que sepa el terror que te envuelve,
la vergüenza de sentirte humillado, la tristeza de no entender porqué te lo
hacen. ¡Míralo y díselo!»
Y tú, diriges la mirada hacia él, que al verme,
ha cesado un poco en sus escarnios, mientras yo sigo hablándote en mi cabeza. Alfonso
vuelve a mearse encima y su cara cambia de lobo a cordero. Me mira, acobardado,
sobrecogido y echa a correr. Sus amigos de fechorías te dejan allí, solo, y
corren en dirección contraria, tronchándose.
Me miras al pasar junto a mí. No entiendes
lo que ha pasado. Yo tampoco.
No me entero de nada en clase. El
tiempo pasa lento. Y solo tengo ganas de que venga mamá y me explique qué me
pasa. Al sonar el timbre echo a correr y allí está. Apoyada en el coche. Me
abrazo a ella y le oigo despedirse de la madre de Alfonso. Se agacha para
ponerse a mi altura y mirándome a los ojos me dice:
—No traes la
bolsa con la ropa mojada. —Niego con la cabeza—. Hoy has enfrentado tu miedo.
—¿Qué es esto
mamá? –La miro aterrado—. Creo que le he hecho sentir todo mi infierno.
—¿Sabes? Hoy has
descubierto tu mejor arma en la vida. Yo también tengo esa capacidad. Puedes
hacer sentir a los demás lo que tú sientes, pero es un arma peligrosa si la
usas sin control. Eres capaz de transmitir tu odio, tu rabia, tu egoísmo,
aunque también tu amor, tu alegría… Puedes hacer mucho mal. O mucho bien. Debes
aprender a dominarlo.
—¡Vamos a casa, mamá!
No sé qué pasará mañana en el
cole. Con Alfonso. Con Félix. Conmigo. Pero esa sensación de poder, de dominio,
a la vez que me asusta me hace sentir protegido. Normal.
Tal vez, por fin, podré ir al colegio y
disfrutar con mis compañeros. Tal vez podré volver a casa y compartir con mamá
lo que aprendí o lo bien que lo pasamos en el patio y cuando toque, por qué no,
mis riñas, los malos momentos. Blanco y negro, con sus matices, a partes
iguales.



