lunes, 20 de febrero de 2023

Decía que no, y ya la quería

Encarna y Jero.

—¿Has cogido los papeles que te pedí?

—No estaban en la cómoda. He buscado por tus cajones, pero no hay nada de Julia.

—¡Los ha encontrado! —Encarna se entristece.

—Antes o después teníamos que decírselo. —Ella cabecea, muy a su pesar tiene razón.

Cuando la adoptaron sabía que antes o después llegaría el momento de querer saber. Temía la avalancha de preguntas que sin filtro le haría exigiendo, como siempre hacía, la respuesta.


Julia

Late tan deprisa mi corazón… me da la impresión de que todos pueden oírlo (pum-pum, pum-pum). Resuena en mi cabeza más fuerte que el traqueteo del tren. La verdad, estoy tan nerviosa que hasta la gente me parece hoy demasiado ruidosa. Cierro los ojos.

He salido de casa apretando la carpeta contra mi pecho y arrastrando la maleta a duras penas con la otra mano. He corrido tanto, para que no me encontrara Jero antes de irme, que creo que la he llenado demasiado. Cualquiera que me haya visto habrá creído que huía de algo. Que me llevaba algo que no era mío en ese portafolios.

Pero tenía que aprovechar que al fin, la bruja, ha salido del cuarto y me ha dejado vía libre. Odio a Encarna. No puedo con ella. Siempre tan indulgente, tan comprensiva. ¡Te hago la vida imposible, tía! ¡Lo hago a conciencia! Y tú como si fueras mi madre, perdonando y dándolo todo. ¡Qué no eres mi madre, entérate!

No pienso volver. Ahora ya sé quién soy. En los papeles está todo. Bueno, si por fin la palma volveré por Jero. Él sí que es mi padre. Lo adoro. Nunca podré querer a nadie como a él. ¡Ojalá me hubiera contado antes lo que yo quería saber! Seguro que esa arpía lo tiene engañado, amenazado para que no diga nada.

La última vez que vi a Laura, mi madre, fue en el punto de encuentro con la trabajadora social. Me prometió que iba a cambiar. Me abrazó llorando y mirándome a los ojos me juró que volveríamos a estar juntas.

—¡No llores, mi amor! Pronto no volverán a separarnos.

Me agarré fuerte a su cuello, no me volverían a separar de ella.

—Escúchame, pequeña —dijo desenredándome de su cuello, bajándome al suelo y secándome las lágrimas—.Confía en mí. Deja de llorar y pórtate como una niña mayor.

Aquel día fue el último día que la vi. Salí de la mano de la trabajadora social, como siempre, pero esta vez no me llevó a mi casa de acogida. Ellos esperaban en otra sala.

En cuanto la vi allí, sonriendo, tendiendo sus brazos para cogerme me escondí tras mi acompañante.

—No quiero otra mamá, tengo una. LA MEJOR —grité mirando a Encarna directamente a los ojos.

Jero se agachó, me miró a los ojos y acariciando mi carita dijo:

—Había pensado que tal vez te gustaría pasar el verano con nosotros, vamos a ir a la playa.

—¿A mar? —Algunas amigas del cole me habían explicado eso de la playa y el mar, vamos, sus vacaciones.

—¡Si! Pero si no te apetece, no pasa nada.

Acarició de nuevo mi cara y sonrió. Después se levantó y dándome la espalda fua hacia Encarna. Algo dentro de mí reaccionó y casi en un susurro dije.

—¡Contigo si quiero! —Jero se giró pasó su brazo por los hombros de Encarna y la besó.

—Vamos juntos.

En ese momento su rostro cambió, no sé explicarlo era dulce y serio a la vez. Sentí miedo a no volver a verle.

—¡Vale! Pero ella no es mi madre.

Jero miró a su mujer y ella sonriendo con lágrimas en los ojos asintió con la cabeza. Yo solo tenía seis años pero entonces me pareció la mujer más patética del mundo. Y me lo sigue pareciendo.

Sin embargo, mi vida con Jero ha sido maravillosa. Cierto que la he tenido que aguantar a ella, a muchas de sus normas, manías, costumbres… pero ha merecido la pena por él. Mi padre.

Sé que he aprovechado el peor de los momentos para irme a buscar a mi madre, he sido ruin. Lo sé. Pero llevo dos años deseando conocerla y no aguanto más. No aguanto más “largas”. En una semana cumplo dieciocho, al curso que viene empiezo la universidad, ¿por qué no en el lugar donde vive mi madre?

Sabía donde estaban los papeles porque un día en una conversación con Encarna me lo dijo. Yo sé como sacarle las cosas. Hago lo que quiero con su voluntad. No entiendo que esté tan ciega conmigo.

Mi madre es su hermana, según los papeles. No se hablan. ¡No me extraña! Si a mí me hubieran quitado a mi hija seguramente tampoco querría saber nada de ellos. ¿Qué cara pondrá al verme? Ella no sabe que voy. Espero que siga viviendo en la misma dirección.

Sé que no se habla con su hermana porque tuve que hacer un árbol genealógico de mi familia y Jero me ayudó a completarlo. Él me contó que con su hermana hace años que no se habla. Entonces no me dijo que fuera mi madre.

Ya hemos llegado. Creo que he caído dormida. Mejor. Ahora, sentada en un banco de la estación busco en el móvil la dirección. Parece estar cerca. Son las 5 de la tarde. No es mala hora para hacer una visita ¿no? Allí que voy.

Todo me parece bonito. La gente va y viene. Algunos me sonríen. Las tiendas abiertas, los bares con gente en la terraza, los autobuses y los coches llenas las calles… Ya estoy en el portal. Llamo al timbre. Me contesta. Pregunto por mi madre. Es ella. El corazón me va a estallar

—¡Soy yo, mamá!

Cuelga el telefonillo, el portero. Pero no me abre la puerta. Dudo si volver a llamar. Seguramente está alucinando. Alguien sale del ascensor. O eso parece a través del cristal de la puerta.

—¿Se puede saber que diablos haces aquí? Te han echado, ¿no?

No doy crédito a lo que veo y oigo.

—¡Qué dices, mamá! Encontré tu dirección y me vine a buscarte. Hace tiempo que…

—Seguro que Jero, ahora que Encarna se va, no quiere seguir haciéndose cargo de ti. Nunca le gusté a ese malnacido calzonazos.

—Mamá, no entiendo nada yo…

—¡Deja de llamarme mamá!

Sale del portal y me hace un movimiento de cabeza para que la siga. Entra en un bar que hay dos portales más allá. Se sienta en una mesa y enciendo un cigarrillo.

—No soy tu madre. Hace tiempo renuncié a ti. Lo hice porque quise. Porque no te quería en mi vida. No encajabas en mis planes. Así que ya puedes volverte por donde has venido. Y si la buena de Encarna se muere. Lo siento por ti. Si no te hubiera sacado de la basura cuando naciste, no se hubiera tenido que hacer cargo de ti a los seis años. Seguro que ahora tenía algún hijo propio. Pero al llegar tú y retrasarlo, la quimio se le comió los sueños.  Y total para acabar en la tumba a los 50 años. ¡No se puede ser tan buena!

Escupe las palabras con odio. Con tanto odio como cuando yo pienso en ella. Sin embargo me está doliendo. Y lo extraño es que no es por mí, me duele lo que dice de Encarna. Por cómo lo dice. ¿Cómo sabe que está de nuevo grave, en peligro?

De pronto siento la necesidad de volver a casa. De ir al hospital. De verla. Me levanto, la miro y me voy.

Corro a la estación. No sé porqué corro. Tal vez no haya trenes hasta mañana. Pero yo corro, corro, corro. Lloro, lloro, lloro…

Llego a casa. Llevo más de ocho horas fuera de casa. Todo está como lo dejé al irme. Jero no ha vuelto del hospital. Dejo los papeles donde estaban. Me ducho, me preparo una bolsa y me voy al hospital.

—¡Julia! —Está en el pasillo, se abraza a mí, ¡Qué bien se está entre sus brazos! —La están cambiando, ha vomitado. Lleva mal día.

—¡Vete a casa, Jero! Descansa y vuelve mañana. Yo te hago la noche.

—¿Seguro? Esta vez necesita mucha atención.

—Tranquilo, seré cariñosa. Lo prometo. —Sé lo que teme. Mi lengua puede ser viperina. —Sabes que puedo cuidarla. Lo he hecho en casa muchas veces y esta vez, no voy a ser cruel con ella. Confía en mí.

Acabo convenciéndolo, aunque creo que duda que lo cumpla. Nunca le he demostrado cariño ni respeto. Por eso Jero es reacio a irse. Pero al final cede. Está roto.

Al día siguiente desayuno con Jero en la cafetería del hospital y me voy a casa.

 

Encarna y Jero.

—¡Jero, por fin estás aquí! —Encarna le tiende los brazos a su marido con una enorme sonrisa.

—¿Ha sido muy dura contigo? Le cogí la palabra en seguida, estaba muy cansado. Necesitaba dormir. —Ella le coge la cara con las dos manos y le mira a los ojos dulcemente.

—Me ha llamado mamá. Me ha dicho: “Mamá, ahora viene papá. Duermo un poco y vuelvo por la noche”.

Se abrazan riendo mientras sus ojos se llenan de lágrimas. Ella le cuenta que ha sido la mejor enfermera, como siempre. Es la que mejor le pone el pañal, la que la limpia con más suavidad, la que siempre le acomoda mejor la almohada. Sus masajes en los pies es el único bálsamo para sus dolores. Julia es la que mejor la cuida siempre y esta vez, además, ha sido cariñosa, le ha dado sus primeros besos y le ha sonreído al hablarle.

—¡Me ha llamado mamá, Jero! ¡Por fin!

Y mientras ellos se abrazan, Julia se ha metido en la cama para poder volver por la noche a cuidar a su madre. Sí, su madre. Ha preparado una bolsa con cosas que va a necesitar en el hospital. Encarna es muy presumida y en cuanto esté mejor querrá arreglarse algo. Esta vez, le ha dicho el doctor, el ingreso en el hospital será largo. Así que tendrá que organizarse con Jero. Ella está de vacaciones y él tiene que trabajar.

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Con este relato participo en el VadeRero de febrero23, reto que se nos propone desde el blog Acervo de Letras. 

miércoles, 18 de enero de 2023

TIMIDEZ

A medida que nos hicimos mayores nuestra amistad creció con nosotros pero estaba llegando a un punto insostenible. Teníamos edad de abrirnos a los demás, de salir y conocer gente nueva. Lo que para él era una gran aventura para mí suponía enfrentarme a mi fantasma particular: la gente.

 

En nuestro pequeño pueblo todo había sido sencillo. Al llegar al instituto prolongamos un poco más ese binomio, centrados en la nota de selectividad. Pero ya en la universidad a Nacho se le quedaba pequeño el mundo que habíamos creado entre los dos. Necesitaba volar, conocer gente nueva. Por otro lado, para mí suponía un gran esfuerzo tan solo ir y venir a la facultad todos los días. No necesitaba más interacción...

—No puedes entenderme, tú lo tienes fácil. Sabes siempre qué hacer, qué decir.

—A ver, Rubén, tu carácter tímido y retraído te dificulta un poco la sociabilidad pero debes abrir tu corazón y enfrentarte al mundo. ¿Sabes lo que le dijo el mendigo al gigante Netú?

—¡No me vengas ahora con lecciones de mitología!

—“Tu corazón es duro como una roca, ojalá te conviertas en roca”—Me miró directamente a los ojos mientras lo decía—. Ya sabes lo que pasó.

 Nada volvió a ser como antes.  Sentía que la distancia entre nosotros se hacía insalvable. Poco a poco fue endureciéndose mi carácter y la gente fue olvidándome.  Me cobijé bajo una inmensa soledad que hizo crecer sobre mí, cual monte Aneto en formación, una montaña de tristezas.

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Si quieres  conocer la leyenda de la formación del monte Aneto y otras pertenecientes a la mitología aragonesa pincha aquí. 

Con este relato participo en la convocatoria de MIcrorretos,  te dejo el enlace `por si quieres participar o conocer el blog "El tintero de Oro" .




lunes, 9 de enero de 2023

Algo más que regalos

Me encanta la navidad. Recuerdo mis navidades de niño, llenas de  magia, ilusión, sorpresas... Mi madre se lo curraba mucho y mi hermano y yo vivíamos de año en año las mejores vacaciones de invierno. Tenía miles de actividades pensadas para hacer con nosotros, muchas sin salir de casa por si el tiempo no acompañaba. Un año, por ejemplo, había estado acumulando envses de leche vacíos, tetra briks, todos iguales y el primer día de vacaciones nos dijo que haríamos una casa con ellos. ¡Qué pasada! Nos costó unos tres días acabarla pero merecieron la pena. Todos mis amigos "visitaron mi casa". Lástima que se estropeó el carrete y nunca vimos aquellas maravillosas fotos que hicimos, asosmándonos por la puerta, por la ventana, sacando la mano por la chimenea...

¡La de tardes que pasamos, ya en mi adolescencia, jugando al "Monopoly"! A ella le encantaba ser la banca e iba haciendo ofertas y contraofertas para animarnos a comprar y hacer imposible en tránsito por las calles. ¡Qué trampas hacíamos! ¡Qué risas nos echábamos! Las partidas eran interminables...
Pero todo aquello se perdió y mi madre fue perdiendo la ilusión por la navidad, por las reuniones familiares, los regalos, jugar en familia... 
Ahora todavía era peor. No ya solo porque mi hermano y yo somos adultos y no siempre estamos los dos  en las reuniones, tampoco está mi abuela. Su madre.
 Hace dos años falleció y desde entonces parece que las ganas de juntarse con su familia se han acabado. 
Por eso este año he decidido sorprenderles a todos, tíos, tías, primos, primas a mi hermano y a mis padres... ¡Lo van a flipar!
💋💙💙💙💙💙💙💙💙💙💋
Navidad, una vez más. ¡Qué pereza! Cada vez tengo menos ganas de estas cenas familiares donde todos tenemos que estar alegres y felices y con ganas de jugar al amigo invisible... ¡Cómo odio estos días!
—¡Anda, llama a la puerta! —¡Nos recibe un griterío,un montó de caras sonrientes...

Veo a mis hijos también. Ya han llegado casi todos. Solo falta mi hermana pequeña.Esta nunca cambiará. El mundo gira a su alrededor, como si fuera el centro del universo. ¡Qué morro tiene!
Por  fin hemos pasado el umbral de la puerta. Entre besos y abrazos todavía estábamos en la entrada. Me ha parecido ver luz en la mirilla de la vecina de enfrente. ¡Qué follón hemos montado! ¡Mira, llega la que faltaba!
Se acercan a saludarme mis dos luceros. Hacía casi un mes que no los veía y pensaba que no venían este año, Lo entendería mal. 

Nos vamos sentando, rodeando la mesa repleta de comida y bebida. Entre conversaciones vanales empezamos a comer. Miro de reojo y veo que los primos y primas han hecho peña, como siempre y nos dejan al resto cargar solos con nuestra adultez. Inesperadamente, llaman a la puerta insistentemente. Mi hermano se levanta a abrir y se encuentra una caja en la puerta, todos estamos un poco alterados por el timbrazo y el extraño paquete.

Entre dos entran la caja que pesa lo suyo. Todos se asombran, nadie sabe nada. De alguien será, ¿no? Nos arremolinamos a su alrededor.
Mi hernana mayor, que le encanta ser la protagonista de todo, corta el lazo y abre un poco las solapas de la caja,  Coge un sobre que lleva pegado en el revés. Saca una nota de dentro y se pone a leer: 
"Que todo lo bueno 
os siga
os encuentre
y se quede con vosotros.
(Y lo demás que pase de largo)" (*)

—¡Qué guay! —La que faltaba. A esta sobrina mía todo le parece asombroso—. Sigue tía, por detrás parece que pone algo...
—"Dentro de la caja hay un regalo para cada uno. Entre todos debéis adivinar para quién es cada uno. Los elegí hace tiempo, entre risas y bromas os he ido sosacando y este es el resultado. Sé que os van a encantar. Deseo que os gusten aunque yo no esté para veros las caras. Mamá"
—¡Qué fuerte todo! —exclama de nuevo mi sobrima—. ¡La yaya es grande!
—La yaya ya no está —alcanzo a decir con un hilo de voz—.Esta broma no tiene gracia.
Nos miramos unos a otros. Todos parecemos igual de extrañados, atónitos, emocionados...
—Bueno —Mi cuñada rompe el hielo y nos organiza a todos—, vamos a sentarnos a cenar y a la hora del postre  la abrimos del todo y vemos qué tiene. ¿Os parece?
Colocan la caja encima de una silla donde  todos podemos verla.
Durante toda la cena la caja preside la mesa y la mayoría de las conversaciones. Especulamos qué habrá dentro,  quién habrá sido, qué oscuros deseos podríamos haberle contado a mi madre... La verdad, que pasamos un rato muy bueno, una agradable cena de navidad, sin malas caras ni enfados como otras veces. Grandes y pequeños, jóvenes y no tan jóvenes disfrutamos de la magia que parece envolver a la caja. Entre todos recogemos la mesa. Hay quien prepara el postre, mientras en la cocina se recogen platos, cubiertos y demás avalorios de la cena. Ya todos sentados de nuevo se abre la caja. Por turnos nos levantamos y vamos cogiendo cada uno un regalo. Todos bien envueltos, con su sobrecito pegado...
No puedo explicar con palabras todo lo que se ha vivido en esta sala. Detalle a detalle, con los regalos, nos ha llegado a todos al corazón. A Zoe, que acaba de cumplir los dieciocho años, le ha regalado un tatuaje "si, sus padres lo permiten". A Curro, el benjamin de la familia, el billete para la feria "Manga" de Barcelona (su padre le prometió dejarle ir cuando tuviera dieciséis años).  A mi hermano ese coche de scalectrix que tan difícil de conseguir, para su colección...
A nadie se le ha olvidado en qué conversación lo habó con ella, cómo surgió, cómo quedó pendiente... No hace falta decir que han rodado lágrimas... 
Aún se me pone la carne de gallina al pensarlo. Ha sido como si estuviera presente, entre nosotros de nuevo. ¿Pudo realmente dejarnos esta sorpresa preparada para cuando ella faltara?
No sé. Pero esa caja ha conseguido devolverle un poquito de ilusión a la navidad de este año. 
💋💙💙💙💙💙💙💙💙💙💋
Misión cumplida. Sabía que iba a dejar a todos sin palabras. Pero ha merecido la pena. Entre risas y llantos, bromas y sentimientos hemos conseguido que esta noche todos hayamos disfrutado de estar juntos. 
He de reconocer que he hecho algo de trampa. Cuando fuimos a recoger y ordenar la habitación de mi abuela en la residencia, entre todos papeles me encontré un pequeño cuaderno. Era un pequeño diario, de los últimos meses, donde apuntaba lo que hablaba con nosotros. De ahí he sacado las ideas para los regalos. La navidad que viene les regalaré a cada uno una copia. Hasta ese día espereo que la ilusión que he visto en las caras de la familia nos haga reunirnos un poquito más. ¡Hace tiempo que no veía en mi madre esa expresión! Sólo por eso, ha merecido la pena. 

   ❤❤ Relato participante del VadeReto de enero 2023❤❤

domingo, 11 de diciembre de 2022

Pedrito, el saxofón

Hubo un tiempo, cuando los niños gobernaban el mundo y el sueño y la ilusión eran los primeros ministros, en que los habitantes del mundo eran raros, variados, divertidos...
Uno de los países era el país de la música. Había infinidad de calles y avenidas llenas de gran armonía y  musicalidad. En ellas vivían Juan el violonchelo, Cristina el clarinete, María el tambor, Nacho el piano... y un sinfín de instrumentos más. Todos juntos formaban "La gran orquesta del mundo" que servía para ambientar sueños, juegos, fiestas... 
Esta orquesta estaba dirigida por Don Director. Don Director iba siempre con su frac bien arreglado y, a su paso, todos los habitantes del país  le hacían una reverencia.
 
¡No fuera a ser que Don Director se enfadara!

Bueno, pues aquí, en este gran país, vivía Pedrito el saxofón, un niño único, especial. Era orgulloso, inestable en ocasiones, impresionable, hipersensible, nervioso, imaginativo... Sí, era el más encantador, generoso, idealista a la par que el más cascarrabias, inconstante y terco. 
Pedrito el saxofón era indescifrable, indefinible, a veces oscuro, extraño. Sin embargo, era música, armonía, canción. De él la música fluía, como fluye el agua en dirección al mar, y era apreciado por su talento. 
¡Ah! ¡Pobre Pedrito! Tenía el corazón de un romántico, de un sentimental. Necesitaba siempre alguien a su lado, cariño, comprensión, amistad. 
Sí, claro que tenía amigos, pero todos pensaban que era muy raro, difícil de comprender por eso se encontraba solo muchas veces. 
Un día, Don Director empezó a exigirle más y más a Pedrito. Le decía que era muy malo, que su música no valía para nada, que tendría que echarlo de la orquesta si no mejoraba. Poco a poco, Pedrito fué perdiendo su musicalidad: olvidaba las canciones, rechazaba la armonía, y fue volviéndose más huraño y solitario. Solo pensaba y decía: ¡No puedo!
¡Qué pena! Pedrito el saxofón estaba perdiendo los sueños, las ilusiones y constantemente en su cabeza tenía presente a Don Director.
Ahora ya no era él mismo. En la orquesta, todos los instrumentos, qerían saber cómo ayudarle. Aunque tenían sus más y sus menos, eran mejores o peores amigos, había instrumentos que arpeciaban mucho su música. 
Entre ellos estaba Alberto el timbal. Alberto siempre estaba enfadándose con él, pero tras esos enfados había un fondo de cariño. Sabía que si no volvía de nuevo a disfrutar con la música perdería para siempre su gran corazón pero por más que intentaba hablar con él, ayudarle,  no le escuchaba. Pero Pedrito  solo pensaba en  las palabras de Don Director:

—¡NO VALES!¡NO PUEDES! —se repetía a sí mismo sin parar.


Una noche que no podía dormir, de esas de vueltas y vueltas en la cama,  se le apareció un duende. Al encender la luz para beber un poco de agua se lo encontró sentado en la mesilla.
—¡Hola, Pedrito! Soy Pedrón, el duende del Serrablo. —El niño lo miraba estupefacto, frotándose los ojos, no podía creer lo que estaba viendo.
-—¿Y tú quién eres? —preguntó sentándose en la cama.
-—Soy tu tocayo, Pedrón. ¿Qué no me oyes? —La verdad que Pedrito estaba un poco en shock, así que el duende tuvo que explicárselo desde el principio. —Soy un duende y he venido aquí para ayudarte.Toma, lo traigo para tí. —Pedrito alargó la mano para cogerlo.
—Pero si es un trozo de pan duro. —Intentó incarle el diente pero no pudo.
—Sí, un corrusco. ¿Ves ese saco? —el niño asintió—. Lo llevo llenico, llenico, para todos los niños que tengan hambre.
—Pero yo no tengo hambre —replicó acomodándose en la cama, con la almohada bien puesta en su espalda.
—Yo creo que una poquica sí. El hambre no solo se siente aquí —le explicó tocándole la tripa, también puede sentirse aquí —y le puso el dedo en el pecho, cerca del corazón.
—¡Estoy harto de este sueño, seas quien seas! Me voy a dormir. —Y apagando la luz se acurrucó en la cama y se durmió. 
Al día siguiente se encontró encima de la mesilla un canto de pan duro.
—¡Un corrusco! —exclamó contentó—. En realidad sí que estuvo aquí.
Desde entonces cada día al encender la luz por la noche, cuando todos dormían se lo encontraba sentado en su mesilla, con un trozo de pan duro esperándole. Mientras lo mordisqueaba hablaban.
—Yo tuve que irme un día de mi pueblo, donde había vivido siempre, porque toda la gente se fue, se quedó despoblado.
—¿Todos se fueron? ¿Y dónde fuiste? —Pedrón sonrió.
— A mí me encantaba asustar a la gente menuda, como tú, y encorrerles. Se reían y jugaban conmigo. Me alimentaba de los corruscos que iba cogiendo por los cajones de las casas. Al irse y quedarme solo, decidí ir por el mundo buscando a los niños y niñas que tuvieran hambre y darles mi corrusco de pan. 
—¡Debiste sentirte muy solo, al principio! —dijo con un hilito fino de voz Pedrito—,  como yo ahora...
—¡eh, eh, tocayo! Para eso estoy aquí yo, mocico. —Y se fundieron en un abrazo antes de que rompiera a llorar.
-—¿Tocayo?, qué es eso, ¿eh? —dijo entre risas y llanto.
—¡Na malo, zagal! Qué nos llamamos igual, Pedrito, Pedrón, ¡ves! —dijo el duende con un gesto cariños de las manos. Y rieron juntos a carcajadas.
Y noche a noche, poquito a poquito Pedrito el saxofón fue abriéndo su corazón. Corrusco a corrusco Pedrito fue recuperando la ilusión, la alegría y la confianza en sí mismo. 
Siempre con su canto de pan en la mano, mordisqueándolo cuando las cosas paracían superarle. Así fue como empezó a trabajar para que su música volviera a deleitar los oídos de toda la orquesta. De nuevo murmuraban, cuando pasaba junto a sus convecinos, lo bueno que era y lo bonitas que eran sus melodías. 
Don director seguía y seguía exigiéndole, pero en vez de amedrantarse, se fue creciendo, fue practicando más y esperando que su trabajo diera frutos. 

—¡SI QUIERO, PUEDO! -se decía cada mañana al cogerse el corrusco de pan y metérselo al bolsillo.

Poco a poco Pedrón, distanció sus visitas. Hasta que un día ya no volvió más. Bueno, o tal vez sí porque los corruscos siguen apareciendo mañana tras mañana en la mesilla de Pedrito el saxofón. "La gran orquesta del mundo" sigue contando con el talento de Pedrito que ahora es un poco más sociable, se ha dado cuenta que es mejor estár con gente que te aprecia que solo. Aunque para ello haya que ceder y adaptarse, en ocasiones, a los gustos de los demás. Y sobre todo ha aprendido a confiar  en sí mismo y en el trabajo hecho con corazón. 
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Este blog nació para sacar a la luz cuentos y poemas que escribí durante un largo periodo de mi adolescencia y juventud. Pero tras publicar unos pocos dejé de hacerlo y me lie con otros proyectos. Para este reto del Blog Acervo de Letras, he recuperado uno de esos cuentos que escribí allá por el año 1984, cuando acababa el instituto y que dediqué a un buen amigo. Lo he adaptado un poco(bastante diría yo, jejej), para intentar cumplir con las premisas del  VadeReto de este mes. Y estoy contenta porque después de mucho tiempo sin escribir he vuelto a intentarlo y he acabado mi cuento, que era el propósito. Participar. 
Os dejo unos enlaces por si queréis conocer mejor a Pedrón, el duende del Serrablo:

lunes, 8 de agosto de 2022

Crisis de identidad

 No sé hace cuánto he salido del trabajo, necesitaba un respiro. Sentía como un agobio que no me dejaba respirar. Me era imposible seguir el ritmo de la cadena productiva. Aún me parece oir las voces a mi espalda: ¡Pero dónde vas, destalentada! ¡A quién se le ocurre salirse de la fila!
 A cada esquina que doblo  esa vocecita interior me censura,  me increpa, como cuando haces algo que se sale de la norma, que no está del todo bien. 
El sol es abrasador, el asfalto quema. Si no encuentro pronto agua y una sombra voy a desfallecer. 
Hace rato que he perdido el rumbo, no sé donde estoy. Tengo que parar, el sudor resbala por mi cara y casi no me deja ver. He cerrado los ojos y he seguido avanzando. 
De repente, el suelo ya no quema. ¿Estoy bajo una sombra? Al abrir los ojos una colosal figura aparece sobre mi, inquietante, amenazadora. Doy unos pasos atras, asustada. El gigante de hierro no se mueve. Me atrevo, por fin, a mirar hacia arriba. Una hormiga gigante parece contemplar la ciudad desde el mirador de este parque. Una pequeña hormiga baja por una de sus patas...
—¡Por fin te encuentro!, Anda, volvamos al hormiguero. —La miro sorprendida y se echa a reir.
—¿Me hablas a mí? ¿Y cómo es que te entiendo? —Me mira con resignación, ahora, seria.
—¿Otra de tus crisis de identidad? ¡Nos tienes más que hartas a todas! ¡¡Qué eres una hormiga!!

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Buscando una estatua inspiradora me encuentro con esta anécdota: "La hormiga obrera de Vallecas"
De la noche a la mañana aparece una enorme hormiga contemplando desde lo alto la ciudad de Madrid. Nadie sabe de donde ha salido, nadie sabe quién o quiénes la han puesto ahí. Y sin mucho miramiento, se la llevaron cuando casi formaba parte de los habitantes del barrio. Historias urbanas.
Esta es mi humilde aportación al VadeReto de agosto. Desde un pueblo de Zaragoza a 40º a la sombra.



jueves, 14 de julio de 2022

La cabaña del bosque

La alegría inundó la casa cuando Izaskun nació. Una niña buscada, deseada y esperada. Desde   siempre, Plasencio y Maricruz, habían buscado el preciado bebé y cada mes deseaban que ese fuese el último de su larga espera.

Amistades y familia acudieron felices a visitar a la feliz pareja que llena de gozo recibía a las visitas y disfrutaba de los elogios que dirigían a su pequeña.

A medida que crecía, Izaskun, se convertía en una persona que derramaba luz y bondad por donde quisiera que fuese. Tenía un corazón humilde y bondadoso, su sentido del humor le acompañaba hasta para afrontar los peores momentos y su inteligencia le ayudaba a solventar todas las dificultades.

 Al alejarse de la niñez, en pleno camino de hacerse mujer, todas esas cualidades se acrecentaban, sin embargo, sus padres cada vez estaban más angustiados. Sus rasgos faciales la afeaban año tras año. A ella, parecía no importarle, a pesar de las burlas que debía soportar, pero a sus progenitores la situación les sumía en una inmensa tristeza.

Poco a poco la vida de Izaskun se convirtió en un tormento. Plasencio y Maricruz no podían soportar verla afearse cumpleaños tras cumpleaños y vivía encerrada en casa, para evitar las mofas y que sus padres sufrieran.

Había conseguido trabajar online, en diseño y desarrollo de webs, para varias empresas, y prácticamente no salía de casa. Pero ver sufrir a sus padres era insoportable para ella.

Un día decidió desaparecer. Encontró por internet una cabaña oculta en un bosque solitario pero lo suficientemente cerca de la civilización para poder tener luz, agua e internet. Además tenía dirección postal para poder comprar online desde alimentos hasta el capricho que se le ocurriera. A sus padres les dijo que le había surgido una oportunidad de empleo buenísima y se fue. 

Los primeros días fueron como unas vacaciones en el paraíso. Se dedicó a recorrer el bosque y encontrar infinidad de rincones increíbles donde disfrutar de la naturaleza, de la soledad, de su nueva libertad. Hablaba a diario con sus padres, a los que echaba mucho de menos, las conferencias se hacían eternas. Pero los veía felices, a ella la veían contenta y con eso les era suficiente.

 Un día, por la mañana muy temprano, oyó que picaban a su puerta y titubeó antes de girar el picaporte, pero al final decidió que no tenía nada que ocultar. Al abrir, una pequeña bolsa de regalo le esperaba en la puerta. Dentro, una máscara preciosa de fantasía y una invitación a una fiesta de caretas en el pueblo.

El resto de la semana no pudo concentrarse en nada pensando en la fiesta y la posibilidad de acudir a ella. Al final, decidió acudir. Se vistió, la ropa no debía de ser especial, según decía la tarjeta y después de ponerse la mascarilla se encaminó hacia el pueblo. Era su primera visita y le pareció como de cuento. Pequeñas casas unifamiliares, juntas, iguales de colores variados formando círculo. En medio estaba la gente, no mucha, y la fiesta. Mesas largas adornadas con manteles divertidos con comida y bebida. Una pequeña orquesta tocando música bailable y hombres y mujeres, con sus máscaras riendo, bailando, comiendo, bebiendo… disfrutando.

Sin darle demasiada importancia, con mucha naturalidad, a medida que avanzaba entre la gente le iban saludando, reían con ella, la acogían. El tiempo pasó rápido y se sintió acogida y querida en todo momento.

 De pronto paró la música y todo el mundo empezó a quitarse la máscara. Ella también lo hizo, sin miedo, tranquila. Sonrió al mientras miraba a su alrededor. Hombres y mujeres encantadores y entrañables, pero físicamente como ella. Feos. Bueno, eso decía el resto de la humanidad.

Habían formado una pequeña comunidad, autosuficiente. Donde cada uno tenía una actividad económica que repercutía en la comunidad y le permitía pagar los gastos cotidianos. No había niños, ni adolescentes, estaban empezando. Un pequeño pueblo abandonado era su refugio del mundo y estaban empezando a construir una nueva vida lejos de burlas, miradas curiosas y rechazo.

 Empezarían a construir una casa para ella. Izaskun les ayudaría con sus conocimientos a mejorar sus negocias a través de la web y entre todos se harían la vida un poco más agradable.

De momento lejos del mundo, pero sin descartar ninguna posibilidad. Ahora necesitaban sentirse queridos y disfrutar de salir a la calle, reír y llorar sin sentirse bichos raros.

Antes de irse a dormir, se hicieron una foto de grupo que envió a sus padres.

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Este relato llegó tarde al reto para el cual lo pensé.
 Pero he pensado merece ser publicado, leído y criticado. 
Así que ahí va. ¡Saludos!


jueves, 28 de abril de 2022

Una mirada, una historia.

Me despierto de repente y a mi alrededor todo es desconocido. Estoy en una habitación blanca, minimalista, su único mobiliario es una cama, una mesilla y unos estantes con ropa y enseres de aseo.  Salgo a un pasillo y frente a mí un enorme ventanal. Parece verse a través de él una película del espacio, me acerco…  ¿Estoy en una nave rumbo a no sé qué galaxia?

 Empiezo a recorrer la nave. Un laberinto de pasillos blancos, luminosos, diáfanos. A uno de los lados del pasillo en cada laberinto hay grandes ventanales abiertos al exterior. Un espectáculo maravilloso, que te atrapa, el universo al alcance de la mano.

Llego a un pasillo estrecho más oscuro que conduce a una sala abierta, me acerco… una especie de motos esperan aparcadas en una gran sala nuevamente iluminada en exceso, y al fondo lo que parece ser la entrada/salida de la nave. Mis pies se quedan pegados al suelo. No parecen querer avanzar hacia ella. Aprieto los puños de las manos que cuelgan al final de mis brazos a lo largo de mis costados. Retrocedo sobre mis pasos, marcha atrás, sin poder apartar la mirada de la puerta y salgo del pasillo alejándome. Alterada. Creo. No sé.

¿Esto es un sueño o está pasándome de verdad?

Decido entrar en las habitaciones que habitan los pasillos. Aunque el no saber qué habrá dentro me crea una cierta desazón, ¿Qué pinto yo aquí? ¿Cómo he llegado?

Empiezo a entrar en las distintas habitaciones, todas numeradas, vacías, silenciosas, sin embargo nada más entrar en ellas como si de una realidad virtual se tratara, un juego ajeno a mí, empiezo a revivir un episodio familiar, con uno de hermanos, con mis padres, mis abuelos, tíos… Unas veces la historia la vivo y la siento como propia, algunas tan vivamente que me parece retroceder a ese momento. Otras habitaciones me hacen vivir episodios de mi infancia o juventud desde la vivencia de uno de mis hermanos. Son escenas que hemos vivido, que yo he compartido con ellos pero que las siento desde su perspectiva.

Es como abrir el baúl de los recuerdos, de las intimidades, de las alegrías, las tristezas, los celos, las envidias, los días bonitos, los días que quisieras olvidar… Voy conociendo y sintiendo como lo vivieron cada una de mis hermas y hermanos e incluso mi padre y mi madre. Por un rato, lo que tarde en salir de la habitación, estoy dentro de ellos y siento lo que ellos sintieron, yo observo imparcial, y sus emociones me invaden. Puedo entrar varias veces en la misma sala y la misma escena la viviré siendo una hermana o hermano diferente, o mi padre, o mi madre, o yo misma …

Empiezo a entrar y salir de unos habitáculos a otros, como si fuera un carrusel que gira y voy subiendo primero en el caballito, luego en el camión de bomberos, después en la olla… sin dejar que pare de girar y girar.

  Unas veces salgo llorando, otras rabiando, otras riendo… Descubro el lado desconocido de cada uno de ellos, me veo en mis peores momentos, y en los mejores… Descubro sus pasiones, sus miedos, sus recelos. Me descubro como víctima y como verdugo, igual que a ellos, y todos los entramados de nuestra vida juntos van deshilándose a medida que entro y salgo de puerta en puerta.

 

Entro en la última sala del día, ya estoy algo agotada anímicamente. Pero lo que allí veo no me lo esperaba. Mi madre yace en la cama del hospital, yo estoy con ella, con el traje EPI que me hicieron ponerme para dejarme verla, nos agarramos de las manos… salgo rápidamente de allí. No sé si quiero vivir con ella su final. Volver a sentir ese desgarro que en ella forzó la soledad. En todos y todas que la perdimos. No sé si quiero.

Corro hasta la sala de las motos, sin pensar, impulsivamente. Me monto en una de ellas y consigo que se ponga en marcha, no sé muy bien cómo, la puerta de salida se abre y salgo al espacio. A la inmensidad de un silencio luminoso. El traje que se te adhiere a la piel en cuanto montas a la nave, te cubre de pies a cabeza y te va insuflando oxígeno para respirar.

No sé, todo muy extraño. Este sueño empieza a cansarme. Quiero despertar. ¿Por qué es un sueño, verdad?

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Con este relato participo en el VadeReto de abril, propuesto desde el blog Acervo de Letras.