lunes, 7 de diciembre de 2020

Vuelve a casa por navidad


En el centro del salón brillaba hacía un par de días el árbol de Navidad. El benjamín de la familia no había podido esperar más y tras varias semanas insistiendo a 13 de noviembre lucía la casa totalmente decorada de navidad. A ella le gustaba. Le traía recuerdos de cuando todos sus polluelos eran pequeños y revoloteaban a su alrededor. Hacía ya tiempo de eso…

Se quedó mirando fijamente al árbol y reparó en que no estaba el ángel que María trajo a casa la Navidad que cumplió los 5 años.

María, la hizo madre por primera vez y obró en ella un milagro. Le cambió la vida, el pensamiento y lo inundó todo de luz. Llevaba un par de años en Londres, trabajando de enfermera. Dos ya sin abrazarla.

El timbre de la puerta la sacó de sus pensamientos. Y el día la atrapó con sus quehaceres...

A la mañana siguiente mientras hablaba por teléfono, con su hermana, de la noche de navidad, paseaba la mirada por todos los adornos que colgaban de las ramas del abeto y echó en falta el Papá Noel de Javi, aquel que trajo con apenas 4 años.

Javi, nació cuando María tenía cerca de 4 años y revolucionó la paz de su hogar con tanta energía y vitalidad. Más de un año llevaba en la recepción de un hotel familiar del Algarve Portugués. Tal vez este año tampoco podría venir en navidad. Ayer el ángel, hoy Papá Noel… juraría que los había puesto en el árbol.

Oyó el chiflo del afilador y corrió con los cuchillos que tenía preparados hacía días...

Un nuevo día la saludaba con ruidos en el salón. Bajó extrañada. Era muy temprano y sábado, ¿quién manejaba por la cocina?

Se encontró a Miguel, su peque, haciendo tortitas. (Y llenándolo todo de harina). Le insistió en encender las luces del árbol y aunque era muy temprano decidió hacerlo, él era casi el único que conservaba la ilusión por la navidad. ¿Qué bien habían quedado las luces este año?

Reparó que faltaba la estrella de Belén. Violeta la trajo entusiasmada casi el último día de clase del trimestre. Había estado enferma varios días y sufrió pensando que no podría traerla para colgarla en el árbol.

Violeta fue el juguete de María y Javier, pues nació cuando este tenía 8 años y la disfrutaron un montón. Ahora llevaba tres años en Cádiz, de decana en facultad de Bellas Artes, y hacía ya tiempo que no venía por casa, liada con las exposiciones de sus cuadros y fotografías.

Juraría que cuando sacó los adornos del armario, en la caja estaban el ángel, Papá Noel y la estrella de Belén. Los gritos de Miguel que le esperaba para comerse las tortitas la sacaron de sus pensamientos.

Ya no sabía a quién preguntar en casa. Nadie había visto esos adornos. Ni Juan, su marido. Ni Miguel. Ni Marisa, que todos los martes se pasaba a charlar con ella. Ni Pedro, el joven que cuidaba de Miguel, al salir del cole, hasta que ella llegaba.

El domingo reparó que también faltaba la bota de goma espuma que hizo Andrés cuando con nueve años le enseñaron a coser en plástica.

Andrés se había metido al ejército recién cumplidos los 18 y siempre andaba de aquí para allá, en diferentes misiones. Por España, por Europa…

Andrés nació tan solo un año después de conocer a Violeta. Fue un poco duro, tan seguidos, pero ellos dos fueron siempre uña y carne. Muchos pensaban que eran gemelos, por la conexión tan fuerte que había entre ambos.  Tampoco pudo estar el año pasado para navidades y aún hacía meses que no pasaba por casa.

El ángel, Papá Noel, la estrella, la bota: ¿qué había sido de ellos? El móvil vibró en su bolsillo y con las lágrimas resbalando por los carrillos se encontró con una conferencia familiar.

(Habla con ellos a menudo, los ve por videoconferencia pero ¡cuánto los añora! ¡Qué no daría por tenerlos a todos con ella un día estas fiestas!)

—¡¡¡Hola, mama!!!! —Una sonrisa secó sus lágrimas de golpe, su corazón latía a mil por hora.

—¡Pero qué sorpresa! —Reían y hablaban todos al tiempo. Ella estaba feliz de tenerlos a todos juntos. Aunque fuera virtualmente. Apenas diez minutos le alegraron el día y las semanas siguientes.

Como cada Nochebuena, había hecho comida para un regimiento. Esta Navidad tenía el presentimiento de que todos estarían en casa. Se levantó temprano y no paró de navegar por la casa: limpió,   preparó camas, cocinó, sacó los regalos…

A las siete se sentó. Por fin. Todo estaba prácticamente preparado. Mientras pensaba que ver en la tele, llamaron a la puerta.

—¡Feliz, Navidad mamá! —En el umbral de la puerta Javi, sonriente, la miraba con los brazos abiertos y una enorme sonrisa. Se fundieron en un eterno abrazo que se vio interrumpido por Miguel.

—¡Pequeñajo, cuánto has crecido! —Se pusieron a enredar sobre la alfombra y en ese momento la puerta de nuevo le llamó.

—¡No vas a darme un abrazo, Mamá! —María sonreía mientras dejaba las maletas en el suelo para abrazar a su madre. Al encuentro vinieron Miguel y Javi y el delicioso abrazo de su primogénita se acabó.

Vio como iba directa al árbol y dejaba una bolsa llena de regalos pero no pudo ver como colgaba su Ángel junto al Papá Noel de Javi. Aún con la sorpresa sin digerir,  el timbre tintineaba de nuevo.

—¡Sorpresa! —Violeta, se abalanzó sobre ella con su impulsividad de siempre y casi acaban las dos por el suelo. Y antes de cerrar la puerta, por encima del hombro de Violeta vio como Andrés bajaba del coche y le sonreía dulcemente.

Sin darle tiempo a reaccionar se encontró en medio de un enorme abrazo a cinco. Todos sus hijos se abrazaron a ella y representaron su célebre “abrazo bomba”. Juan, que es ese momento bajaba las escaleras, al oír la algarabía se unió al lío y la familia en pleno se fundió en un mítico achuchón.

—¡Vaya sorpresa, Elena! ¡todos juntos por navidad! —Juan abrazaba a su mujer tras cerrar la puerta. Miraban al salón donde sus cinco hijos reían y bromeaban con el pequeño Miguel, mientras se contaban las novedades. Era reconfortante verlos a todos juntos. ¡Qué maravilloso regalo!

A echar la vista al árbol, mientras iban colocando los regalos los últimos en llegar, Elena observó que de nuevo colgaban de sus ramas los cuatro adornos. El ángel y el Papá Noel lucían juntos, un poco más arriba a la derecha se balanceaba la bota y, en la punta más alta, la estrella de navidad destacaba sobre todos los adornos.

Fueron unas navidades especiales. Todos sabían que volvería a pasar tiempo en volver a estar juntos  así que  lo disfrutaron al máximo.

Miguel, el pequeñajo, no le dijo a nadie como había conseguido que Marisa, la profe de tercero, le diera el ángel a su hermano Fran, que trabajaba en Londres con María (todos sabían que eran más que amigos) y hacía poco menos de un mes que había vuelto por la boda de una prima.

Tampoco contó como consiguió la dirección del hotel de Portugal, donde trabajaba Javi, para enviar, en un sobre especial, el Papá Noel.

A nadie le extrañó lo rápido que la amistad con su compañera de clase, Lucía, cambió. Antes no se tragaban y ahora eran “íntimos”. Tal vez no sabían que su hermana estudiaba doble grado de ciencias del mar y ambientales en Cádiz, y fue su enlace para hacerle llegar la estrella a Violeta.

La bota de Javi no fue difícil de hacérsela llegar. El abuelo de Jaime, su mejor amigo, siempre presumía de que su nieto mayor estaba en el ejército y hablando con él un día, surgió la oportunidad.

Se llevaba 10 años con Andrés, pero a sus nueve años, no era tan pequeño como todos lo consideraban.

Durante todo el verano urdió este plan para hacerle a su madre el  mejor regalo que podría imaginar. Todos los adornos fueron acompañados de una frase: “Vuelve a casa por navidad”.  Y, dado el resultado, había dado su fruto.

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Reto#49.  Haz una historia en la que haya un árbol de Navidad al que cada día le desaparece un adorno y los dueños tratan de atrapar al culpable. Retos Literup.

Los retos últimos nos van a llevar a una navidad novelada. Disfrutémosla.
¿A ti te gusta la navidad o eres de los que la odia?
¿Has puesto ya los adornos por la casa?

lunes, 30 de noviembre de 2020

En algún lugar del camino

 Día tras día lucho contra este rencor que me reconcome. Cuando creo que lo he superado, que ya no está, un pequeño comentario puede llevarme a un punto del pasado donde ella estaba y, de pronto, todo parece volver a invadirme: rabia, ira, enfado, llanto… rencor.

Cuando lo conocí a él, su hijo, todo parecía sencillo. Nuestros planes, sueños, propósitos. Todo encajaba como un puzle y obviamos todo lo que pasaba a nuestro alrededor. 


Pero mis ganas de escapar de casa no me dejaron ver su verdadera cara. Parecía inofensiva pero ¡qué equivocada estaba!

Manipulativa, egoísta, mentirosa. Madre absorbente, que consiguió cegar a su hijo, apartándole de lo que de verdad quería. Instalada en su estatus social, falso estatus social, todo lo mío le parecía insuficiente.  Nunca supo ser feliz, nunca disfrutó de lo que tenía, anclada toda su vida en las pérdidas.

Aunque ahora ya no está, en ocasiones, soy incapaz de impedir que su recuerdo venga a invadir mis momentos más felices y los estropee.

Callé demasiadas veces, ahogando mi desacuerdo en un silencio de lágrimas. Y ahora, ya es tarde para reproches.

Necesito encontrar el camino para alcanzar la paz, el perdón. Perdonarla a ella pero, sobre todo, perdonarme a mí.

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 Reto#48:Escribe un relato que incluya una etopeya sobre el antagonista de la historiaRetos Literup.

Dentro del laberinto, del día día que nos arrastra,
la vida nos aparta de nuestros verdaderos anhelos,  
nos olvidamos un poquito de nosotros mismos
y escondemos otro poquito nuestro verdadero ser.
¡Te deseo una grata lectura!

lunes, 23 de noviembre de 2020

Cloacina (Segunda parte)


No entiendo qué me está pasando. Primero aparezco en un mundo que no es el mío, sin saber muy bien para qué ni porqué. Y, ahora, me convierto en un lindo gatito. (Sí, soy gato).

 Esta mañana, al despertar, he tenido que ir al baño con urgencia y al levantar la pata en mi caja de serrín me he quedado en blanco. ¿Qué estaba haciendo?

Pero, luego ha venido lamerme para limpiarme instintivamente, recostada en mi cesta. ¡Una cesta de mimbre!

Con la boca con sabor a pelo gatuno me han rugido las tripas y ,de nuevo sin  pensarlo, he ido hasta mi comedero donde había algo parecido a comida.  ¡Comida de gato, claro!

Recorriendo la casa he entrado a una alcoba, me he subido de un salto a la cama y, por suerte, me he podido ver en el espejo del armario que había enfrente. ¡Me he visto reflejada en él!

Muchas emociones en poco tiempo. He buscado el salón y me he acurrucado  en el sofá.

Al poco alguien me ha empujado hasta echarme.

—Anda, tira a tu cesto. ¡Qué lo llenas todo de pelos!

—No la tomes con Mififú, él no tiene la culpa.

—¿Y quién la tiene según tú?

—No me gusta como me hablas.

 Se va del salón. Le sigo hasta la cocina. Llora. La otra persona viene. Le sigue hablando en ese tono amenazante, intimidante. Quien llora, cada vez llora más, se acobarda y quien grita, cada vez lo hace más fuerte, con ese tono autoritario, lleno de falsa razón.

No sé cómo, pero mi cuerpo se encorva, el pelo se me eriza y me noto tenso. Empiezo a Bufar.

—Mififú ha entendido perfectamente lo que quería hacer y no me atrevo.

—¡Quítamelo de la vista! —dice asustado. Realmente parece que vaya a saltarle a la cara.

—Grítale como a mí. Tal vez te resulte. Yo me voy. Esta noche mientras estés en el trabajo, recogeré mis cosas.

—¡Vamos, no es la primera vez que nos enfadamos!

—Pero será la última que voy a permitirte que me trates así.

Se va. Llorando, pero firme. Cierra la puerta con contundencia, pero sin portazos. Elegante.

Yo también me relajo, y contoneándome, un poco chuleando, me llego a mi cesto y me acurruco en él.

El que grita, da golpes a los muebles y tira cosas, gritando y maldiciendo durante un rato. Luego se calma.

Creo que mi misión está cumplida. Alguien se ha enfrentado a sus miedos y podrá al fin continuar con su vida. Tal vez me duerma. A ver si al despertar vuelvo a ser Cloacina.

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Reto#47:Tu protagonista despierta y de pronto es un animal (al más puro estilo Kafka, pero, si puede ser, que no sea una cucaracha). Narra las dificultades que tiene para continuar con su vida. Retos Literup.

Ojalá cada día una persona logre escapar de su cárcel personal,
encuentre la ruta que le lleve hasta sí mismo
y empiece a recorrer el camino  de su felicidad.
¡Bienvenida sea tu visita!


martes, 17 de noviembre de 2020

La magia de los sueños

María llamaba todos los días a su tío Anselmo. Vivía solo en el pueblo y ella hacía vida independiente desde que se fuera a estudiar a  la universidad.  

A sus ochenta y cinco años llevaba todos los días al rebaño a comer hierba fresca. Bueno, maticemos.

 Su rebaño de cabras se reducía a cinco cabras, ya mayores. La hierba fresca, tampoco era lo de antes. Se conformaba con llevarlas a pastar a los campos que sus convecinos dejaban sin cultivar y se llenaban de hierbajos. Y todos los días tampoco salía, los huesos, muchos días, le impedían andar y sus amigas debían conformarse con pienso compuesto.

Pero Anselmo, el cabrero, sobrenombre con el que todos lo conocían, pasaba más horas al año por los aledaños del pueblo que en su casa. Como correspondería, tal vez, a su edad.

 —¡María! ¡Qué alegría oírte! — La voz sonaba triste, cansada…

 —Tío, hablamos ayer. ¿Qué ha pasado hoy?

 Ayer… hablamos… parece que hace tanto… —María sabía que algo pasaba—. La boca me arde, mi niña. Ni el coñac me calma la ira de esta maldita muela.

 ¿Coñac? —Suspiró antes de continuar—. ¿Cuántas veces te digo que esa muela ya está acostumbrada a tu coñac? Has de ir a casa de Manuel, el dentista.

 ¡Nada, nada! Te cuelgo que las cabras me llaman.

Costumbres antiguas, males antiguos. Anselmo llevaba la boca llena de muelas rotas: algunas con caries, otras que se clavaban en el carrillo,  dos o tres temblando a  punto de caerse... Pero no se dejaba aconsejar. No pensaba acudir al dentista.

Ese día, Anselmo, se acostó pronto. Demasiado coñac.

 —Despierta, Anselmo, despierta... —La habitación estaba levemente iluminada, como si una nube plateada levitara encima de su cabeza.

 —¿Y quién eres tú? ¿El hada campanilla?

—No, soy Bigfoot, el hada de los dientes.

—Soy un poco mayorcito para creer en hadas.

 —Pues he venido a curarte, ¿a que ya no te duele? —El anciano se percató de que su dolor había desaparecido. Fue al baño, no notaba la hinchazón de la muela ni tampoco las muelas hincadas en su carrillo… 

 —¡Mis dientes, mis muelas! ¡¡¡Qué me has hecho!!! —Bigfoot revoloteaba alrededor de Anselmo. Cada vez que movía su barita, llovían diminutas estrellas plateadas—. Me voy a la cama. Arregla este desastre. ¡Quiero mi dentadura!

De madrugada se levantó gritando de dolor. Era un ardor insoportable. Fue al baño.  En el espejo volvió a ver reflejada toda su dentadura.  Se acordó de la sensación de bienestar cuando le despertó   el hada de los dientes...

Se quedó despierto. Limpió el corral de las cabras, les puso comida y agua. Se duchó y se lavó bien la boca. Se puso ropa limpia. Salió de casa y se dirigió a casa de Manuel…

—¡Buenas noches, tío! ¿Cómo estás hoy?

Mejor, fui al dentista —María se alegró de por fin le hubiera hecho caso.

—Tenías razón, hacía falta. —Anselmo prefería darle la razón a su sobrina, que volver a perder el sueño con  Bigfoot. ¡Hadas a sus años!

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Reto#46: Mezcla en el mismo relato a Bigfoot, el hada de los dientes y un cabrero.Retos Literup

No conocía la existencia del hada de los dientes. 
Es bonito como sabemos inventar seres mágicos para aliviar los miedos de los peques.
 A los retractores de todo aquello que conlleve, según dicen, engañar a los niños, les diría que a mis hijos les compensó con creces la ilusión vivida. 
Y  seguro que, con sus hijos, vuelven a crear la misma ilusión.

martes, 10 de noviembre de 2020

¡Odio Halloween!

He de reconocer que nunca me ha gustado esta fiesta. Por varias razones: no me gustan los disfraces, odio las películas de miedo, si decimos "descansen en paz" pues deberíamos respetarlo y ,para terminar, porque no sé que manía tenemos de adoptar  todas las fiestas ajenas y ,sin embargo, ir perdiendo tradiciones españolas. Pero bueno, esto daría para otro relato.
Pasé semanas y semanas intentando darle una vuelta de tuerca a la noche de Halloween sin romper toda la ilusión de los chicos y chicas de mi clase. Pero, no podía quedarse en una noche de disfraces y caramelos. 

Y se les propuse a ellos y, como siempre, me sorprendieron:
— Yo he pensado en llevar a mi vecino a recoger caramelos, sus padres trabajan y nunca lo sacan, he hablado con ellos y están de acuerdo. Voy a prepararle el disfraz.
—Pues nosotros, Natalia ,Juan y yo. Vamos a ir disfrazados a la residencia  de ancianos y les haremos un karaoke a los abuelos, que está mi yayo y me ha dicho que les gusta mucho.
—Algunos hemos pensado en pedir comida en vez de caramelos, latas, arroz, macarrones y luego llevarlo al banco de alimentos de la plaza.
—Nosotros, montaremos una fiesta en mi bajo, para los chicos del barrio, que hay muchos que no pueden comprar disfraces. Pensamos preparar disfraces para que se los ponga los quien vengan.

... Y bueno, estuvimos más de un mes preparando en la hora de plástica cada proyecto. Disfraces con material reciclado, carteles, guirnaldas, adornos, calabazas... 
Halloween estuvo presente, sí. Pero no fue el fin, fue el medio. Después del fin de semana todos querían contarme lo que habían hecho, cómo había salido, cómo lo habían pasado... Les pedí que me mandaran fotos al email, las imprimí e hicimos un mural para ponerlo en el pasillo.
Lo titularon: ¡Una noche de miedo!
Y es que, en verdad, ¡lo pasaron de miedo!.
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Reto#45: Haz una historia que narre la preparación de tu protagonista para Halloween.Retos Literup

Bueno, esto no es más que un relato pero no soy la única que ha pensado en un Halloween "alternativo". Solo   haya que moverse por la red.





lunes, 9 de noviembre de 2020

Adella Brac reto 5 líneas septiembre, octubre, noviembre.

 SEPTIEMBRE                                                                                                                                                 

Llueve. Huele a lluvia chocando rápido, incesante contra la ventana. La frescura deja respirar al suelo, la tierra canta humedad. ¡Importante: hoy nada de amigos! Quiero disfrutar de este aire fino, limpio... hacía tiempo que lo esperaba... ver llorar al cielo... Nostalgia. Paz.



OCTUBRE


Hoy era el último día. Después de nacer mi bebé he estado quince días en casa, con mi madre y mis abuelos. Han disfrutado de estos días con el biznieto. Pero al despedirme, mi abuelo se ha echado a llorar. No esperaba que me fuera tan pronto. Es la primera vez que lo veo llorar, tan triste. Roto
.





NOVIEMBRE

Allá al fondo del armario me encuentro, hecha una bola, la chaqueta de mil colores que se compró con catorce años.  Sin más armas frente al invierno, enfundado en su vaquero desgastado y con la camiseta de manga corta desteñida por los lavados, se abrochaba la chaqueta y se subía el gorro para enfrentarse al aire gélido que el cierzo le regalaba muchas mañanas. Le acompañó hasta que no pudo encoger más los brazos para abrigarse.




DICIEMBRE

Conocedor del secreto medicinal de las plantas que crecen bajo la nieve alpina, había subido al monte, con la moto de nieve, a buscar el tan ansiado elixir que haría que su hijo enfermo olvidara los dolores en una noche tan especial. Una avalancha de nieve dejó la montaña intransitable para la vuelta. Cobijado en el refugio, sin saber cómo, se durmió y al despertar se encontraba en su cama, en casa, junto a su hijo.  La cabalgata de los Reyes Magos se oía en la calle.



miércoles, 4 de noviembre de 2020

No perdamos el oído

Decido salir a estirar las piernas tras el duro día. Me acerco al pequeño bosque cercano a mi casa. Al adentrarme, en mis oídos se mezclan el cruch, cruch de las hojas bajo mis pies con el fuuuuuui, fuuuuuuui, del viento entre los árboles. Anochece. Unos animalillos desaparecen y otros se empiezan a escuchar: “Cri, cri, cri... “

¡Bruuu! La noche se mete hasta los huesos, congelándome. Noviembre se anuncia frío y lluvioso. Lo huelo. A tierra mojada. A aire fresco, húmedo.

Decido volver a casa. Ya la oscuridad me envuelve. Esa calma que me ha acompañado hasta hace poco se interrumpe de golpe al acercarme a casa. Los motores de coches y motos, los cláxones, la música que sale de algún bar, los murmullos de la gente sentada en las terrazas. Estoy a punto de darme la vuelta y volver a perderme en el silencio y tranquilidad cuando aparece frente a mi, saltando y girando a mi alrededor. Me agacho a acariciarlo: ¡guau, guau! Me esperaba, intuyo, para compartir como ha ido su día.

—Íbamos a tu encuentro, nos parecía que tardabas.

—Creía que se os haría más tarde en el veterinario.

—Al final, no era nada. Una pequeña piedrita clavada en su pezuña.

Nos vamos los tres a casa, después de dejarle un rato de correteo por la plazoleta. Aquí vuelvo a la tranquilidad. Sus ladridos, jugueteos, nuestras risas, confidencias…

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Reto#44: Escribe un relato que integre cinco onomatopeyas.Retos Literup

Una semana más. Otro intento de relato. Recordando las calles ruidosas, llenas de coches, gente, bares con su música a tope... nada parecido a esta "nueva normalidad". A ver si, de una vez, nos damos cuenta que, tan solo,  entre todos conseguiremos salir de esta situación.