domingo, 9 de agosto de 2020

La vida no es una leyenda


A veces se nos concentran las malas energías y en vez de fluir parece que todo se estanca. Paralizándote. Atrapándote. Otras veces el Karma parece llevarte a lugares que creías prohibidos para ti, al menos en esta vida. Como si tú, también, pudieras alanzar lo que deseas, aunque de momento ignores desearlo.


 Ahí estaba yo, con el coche en marcha, pero todavía en el aparcamiento. Después de salir de la consulta, había ido directa al coche, lo había arrancado y cuando ya iniciada la marcha atrás, echaba el freno de mano para, escondiendo la cara entre mis manos, derrumbarme en un llanto desconsolado que había estado retrasando hacía casi un mes. Por fin caía. Soltándome de esa mano invisible que parecía sostenerme en el aire hacía días.
❤❤❤

     Desde ese fatídico día que una indisposición me llevó a regresar a casa a media tarde, si haber acabado mi jornada laboral. Al entrar a casa, me dirigí al baño. Me encontraba fatal, el estómago revuelto, la comida que parecía atrapada al principio de la garganta, gases molestos, dolor de cabeza, de lumbares… me refresqué un poco. Era un día de julio agobiante de calor.

No tenía fuerzas para ducharme, que era lo que de verdad necesitaba, me mareaba, así que, decidí echarme un rato y cuando Eloy volviera pedirle que me ayudara a refrescarme. Si seguía encontrándome así de mal, le pediría que  me acompañara al médico…

¡Vaya con Eloy! Al abrir la puerta del dormitorio me encontré una escena que bien podría haber estado sacada del Kama Sutra. (Lástima que la protagonista no era yo. Hacía meses que no era yo. No me acuerdo cuánto tiempo hacía ya que no intimábamos. Mucho. Tal vez demasiado). Cerré la puerta. Creo que ni se enteraron. Mi hijo pequeño, me miraba desde la puerta de su habitación. Cómplice. Lo miré y no supe qué decirle, él tampoco me dijo nada.

Las piernas me flaqueaban y cada vez me mareaba más. Me metí a la habitación del mayor, que ya no venía a casa salvo en contadas ocasiones, cuando su trabajo y vida personal se lo permitían.

Me sentí caer en la cama, como un peso muerto y ya no recuerdo nada más, hasta el día siguiente que desperté de madrugada. Miré el reloj, las cinco. Casi diez horas durmiendo. Tal vez mi cuerpo empezaba a sentir los últimos días, donde el trabajo había sido agotador, preparando el congreso que al que debíamos acudir a finales de mes.

Salí al balcón, la fresca de la mañana  me reconfortó. Qué paz. Me estuve buen rato allí. Eloy y Fran se levantaron, como todos los días; se vistieron, como todos los días; almorzaron, como todos los días; y se fueron a trabajar, como todos los días. Sin mediar palabra de lo pasado el día anterior. ¡Demasiada normalidad para mí!

Al poco sonó mi móvil:

—¡Hola mamá! —Mi hijo, mayor, estaba al otro lado de la línea.

—Desde cuándo, Nacho —Suspiró antes de contestar.

—Mamá, qué querías. Hace tiempo que vosotros… —Mi cabeza iba a estallar.

—Cómo habéis podido, no decirme nada, tapar a vuestro padre, ¿y yo? —Empezó a explicarme algo, pero no podía escucharle. Un zumbido en los oídos me lo impidió, notaba que me temblaban las piernas y la vista se nublaba…

—¡Cómo veo que no me escuchas, te llamaré mas tarde! — Nacho colgó el teléfono.

Llamé al trabajo. No podría ir a trabajar. Pedí hora para mi médico. El monstruo que habita en mí, hace varios años, estaba despertando.

 ❤❤❤

    No sé cuánto tiempo llevaba allí, llorando, con el coche en marcha.  No sé, perdí la noción del tiempo, de la realidad…

    —¿Te encuentras bien? —Alguien chocaba sus nudillos contra la ventanilla de mi coche—. ¿Me oyes?, Has cruzado el coche y no puedo salir.

    —Perdona… —dije levantando la cabeza. Y allí estaba él. Hacía tantos años ya…

    —¿Carmen? —Su sonrisa no había cambiado de como yo la recordaba, y en sus ojos seguía reflejándome al mirarme. La misma sensación de entonces me envolvió. Salí del coche, nos sonreímos y nos dimos un abrazo. Inocente y torpe.

    —¡Darío…! ¡Cuánto tiempo sin vernos!!!

    —Pues sí… y ya lo siento. Pero me coges en un mal momento. Llevo prisa. —Nos quedamos mirando, a los ojos, en silencio—. ¿Estás bien?

    —Sí, sí… ya muevo el coche —Entré, lo puse en marcha, lo miré por última vez y me fui. 

❤❤❤

Pufffffffffffff. Hacía casi diez años que no lo veía. Cuando empecé a trabajar de bibliotecaria, en su pueblo. Él iba todas las tardes, cogía un libro y se sentaba en una de las mesas. Con sus cascos se aislaba del entorno y se estaba una hora larga enfrascado en su lectura. Pronto empezamos a hablar y comentar sus lecturas, las mías, su vida, la mía… había mucha conexión entre nosotros… Saltaban chisma al mirarnos. Enseguida me di cuenta. Me estaba enamorando. Y no podía ser. Estaba casada. Tenía dos hijos. Y tenía diecisiete años menos que yo. Pedí traslado enseguida, a la primera oportunidad, con la excusa de mi enfermedad. Dejamos de vernos y todo quedó en una breve, pero intensa, amistad. Ya entonces mi vida matrimonial no era tan satisfactoria como a mí me hubiera gustado. Pero no quería romper con todo…


Navas del Marqués
NAVAS DEL MARQUÉS

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¡Vaya día para reencontrarse con él! Le acababan de decir que posiblemente le quedaban solo dos meses de vida y estaba pensando en irse lejos. Lejos de tanta hostilidad que le envolvía últimamente. Ella, acababa de irse de casa y sus hijos se habían volcado con su padre, quien no había hecho el más mínimo movimiento para sentarse a hablar con ella.  Cierto, que ella, había estado muy distante. 

Además de que su matrimonio, junto con su familia, se iba al garete, su enfermedad volvía, queriendo parar su vida de nuevo. La "quimio" no estaba resultando, el tratamiento no controlaba el avance.

En situaciones normales hubiera llamado a su hijo mayor o  le hubiera acompañado como otras veces a la consulta. Él, lo llevaba mejor que su padre, al menos aparentemente. Siempre lo había tenido a su lado. A sus treinta años era su bastón para caminar en tiempos duros y quien más disfrutaba compartiendo sus alegrías. Fran, el pequeño,  con veinticinco años recién cumplidos, aún vivía en casa y tenía pocas ganas de volar. Tranquilo con su trabajo y sus amigos, era mucho más reservado y distante. Habían sido, los dos, toda su vida desde que nacieran y ahora era lo que más echaba de menos en su día a día. Cada vez los sentía más lejos de ella.


Casa Jardín, El colmenar.
CASA JARDÍN, EL COLMENAR




Quedaba apenas un día para el congreso,  un fin de semana   que llevaba esperando, y preparando, todo el mes.

Iba a asistir como invitada, debido a sus proyectos en la biblioteca del pueblo, al X Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas, evento bianual, que este año tenía lugar en Navas del Marqués, uno de los cuatro municipios más poblados de Ávila, zona gran interés turístico de la región. Situada en las faldas de la Sierra de Malagón, esta villa colinda con la Comunidad de Madrid al este y sureste y con la provincia de Segovia al norte. En ella se encuentra el Castillo-Palacio de Magalia, escenario, en es esta ocasión, del congreso.


Cuando le comunicaron su asistencia al congreso, hacía ya más de dos meses, pensó en preparar unas vacaciones para la familia. El lugar era único y parecía adecuado para pasar unos días en familia. El congreso duraba tres días y así sus hijos podrían disfrutar de la compañía de su padre, que por el horario de trabajo lo veían poco y luego ella se uniría al grupo. Había estado mirando un alojamiento muy céntrico a la par que atractivo: La casa jardín “El colmenar”. Alojamiento en régimen de casa rural, habitaciones con baño, cocina, lavandería y salas de estar, piscina exterior y gran extensión de jardines y bosque para pasear. Además, ofertaba numerosas visitas guidas que podrían ser del agrado de sus hijos muy aficionados a senderismo.

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Tras dos horas conduciendo llegué a mi destino. Me instalé en la habitación y me fui a dar una vuelta por los jardines para estirar las piernas de tanto coche. Cuando me interesé por este destino, en la descripción del lugar ponía que su vegetación forestal contaba con especies como el roble melojo, el pino piñonero, los chopos, los cedros, los enebros, los helechos… yo no reconocía cada uno a simple vista, pero esa mezcla de aromas  y colores creaban un ambiente mágico, al menos eso me pareció, se respiraba paz y tranquilidad. De pronto, me pareció oír el trote de un caballo, apareció a lo lejos y cuando quise fijarme me pareció que me saludaba el jinete…no, ¿un centauro?

    —Vale, calma, Carmen. Estás mezclando realidad con leyenda.

 El estrés de este tiempo atrás, los resultados de las pruebas,  y el cansancio del viaje se mezclaban con las leyendas que había leído sobre el Castillo. ¡Ahora venía a saludarle el Centauro de Magalia! Lo vio alejarse mientras una sonrisa se dibujaba en su cara. La primera del día.

Tenía ganas de visitar el Castillo-Palacio y pasear por  los pasillos que recorría el centauro para encontrarse con su amada Magalia.

Volvió a la Casa Jardín, entre que se duchaba y no se haría una buena hora para acercarse a comer a algunos de los restaurantes de la zona, estaba hospedada en el centro de la villa, todo lo tenía muy cerquita.

PATIO INTERIOR CASTILLO PALACIO DE MAGALIA

Por la mañana me levanté renovada, no madrugué pero si quise llegarme hasta el castillo de Magalia con tiempo de pasearme antes de la hora de comienzo del congreso.

Los exteriores de la edificación contaban con elementos fortificados propios de los castillos, como grandes torreones defensivos y amplios muros  y su interior era tan refinado como un palacio.  Hacía honor a su nombre: Castillo-Palacio. Al acercarme a la ventana de la fachada principal leí la frase escrita bajo ella : «Magalia Quondam, Magalia, ¿dónde estás?».(Cuenta la leyenda que el espíritu errante del padre de Magalia  se ve, en ocasiones por el palacio, gritando esta frase.)

Por detrás de mí, en ese momento una voz de hombre rompió el silencio con un agudo gemido: ¡Magalia, Magalia… dónde estás? 

Me volví impresionada:

—¡Los que se quedan sufren la ausencia! —Realmente parecía el señor del castillo, desesperado por la ausencia de su hija.

—  Los que se van, tal vez, para ser felices, deben elegir entre un amor u otro. —le contesté y casi din darme cuenta, de pronto, había desaparecido.

De nuevo, me encontraba confundida. Sin saber si lo vivido en ese instante era real o fruto de mi imaginación, y ya empezaba a preocuparme.Se acercaba la hora de empezar el congreso, así que me dirigí a recoger mis credenciales. 


EXTERIORES CASTILLO-PALACIO DE MAGALIA


Tras hora y media de intervenciones, el calor empezaba a agobiarme y la cabeza volvía a dolerme como si no hubiera una mañana.

Salí a tomar el aire. Cogí una pastilla del bolso. Me tomé una con la esperanza de que mi cabeza dejara de doler, como si martillearan desde dentro. Me senté en uno de los bancos, mirando hacia el patio y vi acercarse a una mujer, vestida de época, preciosa, que me miraba a los ojos y me sonreía.

—Las nubes escamparán, y volverás a ser feliz.

—Perdona… —Empezaba a estar harta de estas visiones.

—No fue fácil huir con el centauro, cuando mi padre, el señor del castillo, prohibió nuestra relación. Lo diferente no es aceptado.

—Renunciaste a tu familia por él —Se levantó sonriendo.

—Tu familia parece haber renunciado a ti, ¿no?

—No sé… —Estaba confundida: ¿Qué pasaba?

—Y si él te llama, ¿será la edad la diferencia que os separe?

Bueno, aquí estaba pasando algo raro. Tal vez el tumor cerebral me estaba jugando una mala pasada.  Aunque poco a poco el dolor de cabeza iba remitiendo, casi no lo notaba. Volví a la sala y en todo el día no me acordé de todo lo que había pasado.

Disfruté el congreso sin más fenómenos extraños. Conocí a gente interesante y di a conocer mi trabajo, que por cierto gustó bastante.

El resto de los días que pasé en Navas del Marqués disfruté de los paseos por el pueblo lleno de preciosas casas blancas rodeadas de verdes campos y montañas rocosas.

Visité el convento de  Santo domingo y San Pablo que 1982, fue declarado Monumento Histórico Artístico de Interés Cultural Nacional y saboreé la rica gastronomía del lugar  tanto sus tapas, su carne a la plancha o los ricos postres tradicionales.

Tuve tiempo para hablar con mi oncólogo y escuchar todo lo que, aunque ya me había dicho en la consulta,  entonces no oí, asustada por el pronóstico de mi enfermedad.

Probaría el nuevo tratamiento y pararía el ritmo de trabajo, para darme un respiro y evitar el estrés del que  también se alimentaba mi monstruo interior.

Esperé la llamada de mis hijos, incluso la de mi marido. Los tres sabían que esperaba resultados y que no era del todo buena la situación. Pero nada, ni un wasap.

Sin embargo, si recibí una llamada de Dario, que al no cogerle, me grabó un mensaje de audio:

—¡Me gustó volverte a ver!¡Me quedé preocupado! Cuando tengas ganas, podemos quedar.

¡Vaya! ¿De dónde había sacado mi teléfono? No sé si quedar con él iba ser la mejor idea. Pero reconozco que oír su voz me reconfortó. Y de nuevo, después de algunos días, volví a sonreír.

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Reto#32. Haz una historia ambientada en el entorno rural de un pueblo de Castilla. Recoge alguna de sus leyendas e intégralas.  52 retos literup 2020. 

Una semana más os presento mi escrito. Otro reto que me ha supuesto un "vamos a ver cómo hago esto". Primero recorrí un poco la web intentando conocer diferentes leyendas de Castilla e intentando crear un relato con alguna de ellas, Por fin me decidí por la leyenda de Castillo-palacio de Magalia y me centré en la información de  la  wikipedia y de la página web La mochila de mamá. La fotos las he sacado de la web. 

Ya hace semanas, os lo digo que no acabo de estar contenta con lo que escribo, cumplir todas las semanas es difícil y si voy acumulando hasta estar contenta con el resultado dejaré a medias el reto. Y este año me he propuesto acabarlo. El ceñirme a un tema dado  con unas premisas especiales me está haciendo trabajármelo mucho, y creo que el proceso me está ayudando. Yo siempre les digo a mis alumnos que, a veces, el camino para llegar al resultado es más importante que el resultado. Pues lo estoy poniendo en prática.

Ahí he dejado a Carmen, 

en medio de un mar de dudas, en el pero momento de su vida

¿Qué pensáis que puede pasar? 

¿la llamaran sus hijos primero o lo hará ella?

¿Quedará con Darío?

Os espero en comentarios. ¡¡Saludos!!

domingo, 2 de agosto de 2020

No era necesario

Apenas hacía una semana que había fallecido el abuelo y ya les encorría el tiempo para poner en venta su piso. ¡Qué poco habían demostrado esa prisa en otras ocasiones! Cuando estaba enfermo y necesitaba de nosotros, cuando se sentía sólo y nos llamaba para que fuéramos, cuando tenía visitas médicas y le hacía falta que lo acompañásemos, el día de su cumpleaños para festejarlo... ¡Nunca estaban disponibles!  En la lectura del testamento estábamos todos, ningún problema para acudir y ahora, para reunirse y hablar de la venta lo mismo:

— Bruno,¡muévete si quieres quedarte con algo del abuelo! —escribió mi hermano Alex en el wassap familiar- mañana van a limpiar el piso y tirarán lo que quede.


Eran casi las tres de la tarde, poco tiempo me daban para ordenar toda una v
ida. En fin, como estaba en casa sin hacer nada, cogí unas cajas que tenía preparadas y me fui a bucear en los recuerdos del yayo.
Mis abuelos nos habían acogido a mis dos hermanos y a mí tras el accidente, cuando murieron nuestros padres. Enseguida,  Marisa que tenía 19 años y Fernando de 23 se fueron de casa de los abuelos. No tenían ganas de normas de viejos, como ellos decían. Tardarían como mucho un año. Yo tenía entonces 16 años y muchos planes en mi cabeza y ellos parecían compartirlos y disfrutarlos.Hace ya diez años de todo esto.



Mi abuela falleció en pocos años, creo que la muerte de su hija, mi madre, fue demasiado duro para ella. Yo me refugié en mi abuelo y creo que él en mí y creamos un vínculo muy especial. 
Abandoné, hace unos dos años, su casa, al irme a vivir con Manuel. Aunque mi abuelo conocía de sobra mi historia y sabía que somos mucho más que amigos, pensé que vernos en actitudes demasiado cariñosas iba a ser incómodo para él. Así que nos alquilamos un pisito cerca y nos tenía dispuestos cuando nos necesitaba. 


Ya en casa del abuelo, al abrir la puerta, me extrañó que no estuviera echada la llave, pero lo entendí nada más pasar el umbral de la puerta. Libros, papeles, ropa, cazuelas... todo tirado por el suelo. Alguien había entrado y buscado, yo que sé que cosa. La casa la había dejado patas arriba por completo.
Miré hacia la puerta. Allí, en el perchero,  seguía impasible la gabardina de la abuela. Invierno y verano, inmóvil, era testigo de la vida de esa casa.
No se habían llevado la tele, ni el ordenador...  era uno de nosotros. No era cualquier ladrón. 

Sin embargo, que yo supiera, mi abuelo no tenía nada. Las joyas de la abuela y su pensión. Fui a su cuarto, ¡qué desastre! En el cajón de su mesilla, tirado en el suelo se veía abierta la cajita de música de la abuela. Ni rastro de su pulsera de pedida, de la medalla que llevó siempre en el cuello, del reloj que le regaló mi abuelo en las bodas de oro, ni de las alianzas de mis padres, que estaban allí desde que murió la yaya y dejaron de colgar de su cadena.

¿Cuánta gente entraba en casa de mi abuelo y, qué más buscaban?

Empecé a pensar en Arcadia, la asistenta, que venía una vez a la semana y alguna vez más cuando el abuelo caía malo. Ella mantenía la casa limpia de todo lo más grande: ventanas, persianas, cocina, baño... y así mi abuelo y yo solo seguíamos la casa con lo que manchábamos a diario. No nos preocupábamos de grandes limpiezas. Arcadia era muy buena en su trabajo. Ella no hubiera necesitado destartalar la casa para llevarse la joyas, sabía de sobra donde estaban.
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Abrí una de las cajas y empecé a recoger la ropa que esparcida por el suelo iba pisoteando sin querer. Me acordé de cubo de la ropa sucia. Miré. Estaba vacío y en el tendedor se balanceaba la última colada de Arcadia, con la ropa de mi abuelo de los últimos días.
No tenía mucho sentido desvalijar una casa y dejar la colada hecha de paso, ¿verdad?
Seguro que había estado allí para dejarnos las cosas listas para la venta. 

Me acordé de Ricardo, el voluntario de la cruz roja, que dos tardes por semana venía para hacer compañía a mi abuelo. Unas veces le ayudaba en su aseo personal, otras iban a comprar. En ocasiones habían ido al cine o al teatro o se quedaban en casa disfrutando de una buena partida de ajedrez.

Sonó mi teléfono justo cuando acababa de guardar toda la ropa en las cajas, era el móvil de mi abuelo...

— ¿Diga? — La voz de Ricardo me sacó de mis sospechas.
— Se le había estropeado a Gregorio el móvil y yo me había quedado al cargo. Te llamo a ti ya que no reconozco ningún otro móvil de su agenda.
—Vale. —Estaba mudo. Tampoco era muy lógico que si él había entrado a robar lo que quiera que fuese, ahora me llamara para devolver un móvil.

Cuando al fin reaccioné, quedamos que me lo acercaría esa tarde. Él quedó en llevarse la ropa al albergue municipal.

Metí en una caja las pocas fotos que guardaba, dos o tres libros especiales para él, la chaqueta de lana  que llevaba todos los inviernos, hecha por mi abuela,  y la gabardina del perchero.

Estando casi a punto de irme llamaron a la puerta...

—¡Hola! ¿Eres uno de sus nietos?
—Sí, Felisa, Soy Bruno. —Felisa era vecina de mi abuelo, puerta con puerta, tenía llaves del piso. 
—¡Su querido Bruno...!  —dijo melancólica—. Ayer vinieron... dos de vosotros... y no veas la que montaron... casi me arrepentí de haberles abierto...
— Marisa y Fernando, supongo —ella asintió—. ¿Sabes lo que buscaban?
—No sé qué papeles, un sorteo... no sé, por lo visto Gregorio había ganado algún dinero y necesitaban un comprobante. 

Me miró como si yo supiera a lo que se refería. Pero no tenía ni idea. Me encogí de hombros.

—Que yo supiera, mi abuelo no jugaba a ningún sorteo, él me lo hubiera dicho. Y de todas formas, Felisa, me da igual. Que se queden con lo que quieran. Yo hace tiempo que disfrutaba de lo más valioso que él tenía, su cariño.

Felisa se fue, dejándome hundido en el sofá. Sollozando. Mis hermanos, qué ruines... 
Pero yo, no tenía fuerzas en ese momento de nada más. Echaba mucho de menos a mi abuelo y eso no me lo iba a pagar ningún dinero. 
Me levanté y bajé a la calle. Guardé la caja en el coche y esperé a que Ricardo llegara con el móvil de mi abuelo.

Me fui a casa y nada más abrir la puerta Manuel salió a mi encuentro. Sin mediar palabra me abracé a él y la cálida presión de sus brazos reconfortó mi triste corazón.

Por la noche, busqué la caja donde había traído los recuerdos de mi abuelo. No la encontré, Sin embargo, en mi despacho vi las fotos colocadas en la estantería y sus libros junto a las novelas de mi biblioteca. Encima de la silla la chaqueta doblada parecía esperar un lugar en mi armario. 

¿Y la gabardina? Salí al pasillo, miré hacia la puerta. Una sonrisa se dibujó en mi cara. Colgada en el perchero de la entrada la gabardina de mi abuela volvía a presidir la entrada. Esta vez la entrada de mi casa.

En el sofá Manuel sonreía con lágrimas en los ojos mientras repasaba el wassap de mi abuelo. Prácticamente todos los días hablábamos con él. 

—¡Mira! —Me tendió el teléfono para que leyera el último mensaje de mi abuelo.
— "Recuerda llevar la gabardina a la tintorería antes del invierno"—Leí en alto extrañado.
—¿Para qué querría llevara a limpiar si no la usaba nunca?

Miré la fecha del mensaje. Ese día ya estaba muy mal. Algo quería decirme. Seguro que intuía su marcha y me había dejado una despedida en la gabardina. Él sabía que se vendría conmigo a su partida.

Busqué en los bolsillos y no tardé en encontrar el regalo de mi abuelo. Un número de la ONCE premiado. Lo había olvidado. Siempre compraba uno para el cumpleaños de mi abuela, Allí estaba. Año tras año. el mismo número. Todos lo sabíamos. 
Miré en internet. ¡¡¡¡ Premiado !!!! 

Misterio resuelto. Eso buscaban. Miré a Manuel y volví a guardar el billete en la gabardina. Nos echamos a reír. No dejaron "títere con cabeza" en casa del abuelo y lo que más a mano y a la vista tenían, les pasó desapercibido. 

Había tiempo para cobrarlo. Pero iba a esperar. Esperaría a que mis hermanos me dijeran lo que buscaban o me preguntaran. Yo no pensaba decir nada de momento. 
Manuel y yo nos reímos a carcajadas como hacía muchos días que no lo hacíamos. 
Guardé de nuevo el boleto en la gabardina y esta volvió al perchero. Inmóvil , testigo silencioso.
¡Qué bien nos conocía mi abuelo!

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Reto#31: Escribe un relato con una gabardina como arma de Chéjov. 52 retos literup 2020.

Un nuevo reto realizado. Otra vez, literup me ha puesto a buscar información. En esta ocasión buscaba contestar una pregunta:
¿Qué es un “arma de Chéjov”?
Lo primero que hice fue ir a la página de Literup y leer la información que ellos nos dan. Y luego para intentar ampliar o encontrar más pistas busqué en la red y me encontré con  "Escuela de escritura creativa". Después durante toda la semana he estado dándole vueltas a una idea y esta mañana, ha quedado escrita.
ESpero que os guste mi propuesta. He dejado a Bruno con el billete de loteria premiado. ¿Tardarán mucho sus hermanos en reclamarle a Bruno su parte? ¿Les dará vergüenza tras haber invadido la casa del abuelo de esa manera?


viernes, 31 de julio de 2020

Evocaciones


 Invaden mi memoria reminiscencias de esa niña que evoca olores impregnados de cariño, sonidos característicos que envolvían los ambientes que paseaba y alguna que otra revuelta callejera de aquellos o aquellas que necesitaban reivindicar lo que les hervía en las venas…De vez en cuando, el aire me envuelve con un cierto aroma fresco que me lleva al aguamanil que tenía mi abuela en su “alcoba”, en el que aguardaba un botecito con pulverizador de colonia de  “Heno de Pravia”, fragancia que la acompañó desde que yo la recuerdo. Allí se mezclaba con el olor a naftalina que salía de arcón que presidía el pasillo, cerca de la puerta de su habitación. 

Nosotros vivíamos apartados, en una casita al pie de la carretera lejos del pueblo, cerca eso sí de un caserío que era nuestro refugio particular.

Allí nos esperaba, a mis hermanos y a mí, el mugido de la vaca, cuando nos llevaban a ver ordeñarlas o el valido de la oveja al recibirnos en el día que alumbraba a sus corderillos. Fuera habíamos dejado el corral de las escandalosas gallinas que, con sus incansables, cacareos parecían querer decirnos: “¡Si tocas los huevos, probarás mi pico”.

 Al bajar por el camino que nos llevaba de vuelta casa, todo se impregnaba de la calma y tranquilidad de los campos labrados, tan solo interrumpidas por nuestros juegos y risas.

Este sonido campestre contrastaba con el agudo y penetrante chiflo de la ocarina de plástico que llenaba toda la calle los miércoles por la mañana cuando, de visita en casa de mi abuela, corríamos veloces a su llamada:

—   ¡El afiladooooorrrr! —(Grito precedido del sonido inconfundible del “chiflo”)— ¡Se afilan cuchillos, navajas, tijeras, hachas, machetes. Todo tipo de utensilios de cocina! ¡Ya está aquí el afilador!»

Allí las mujeres se arremolinaban con sus utensilios envueltos en un paño y, esperando su turno, se ponían al día de chismes y chascarrillos. Uno de los mejores momentos, sin duda, para algunas de ellas que, dedicadas a las labores del hogar, disponían de pocas oportunidades de asueto con sus convecinas.


Muy de tarde en tarde, vuelvo a oír por el pueblo la ocarina del afilador. A veces, me asomo a la ventana y me parece ver a mi abuela, paño en mano, saludar al afilador y reencontrarse con esa vecina que hace días que no ve al tener a su hijo enfermo en cama.

Tal vez, hoy, el joven que se afana en afilar los cuchillos y tijeras de sus clientas mantiene viva una tradición heredada de su padre, o incluso de su propio abuelo.

Como aquél, oficio de butanero, con su mono naranja y la bombona al hombro, que lo oías llegar, con el tintineo del chocar una con otra en el camión, y tu madre se asomaba a la ventana:

—¿No llevarás una de sobra?

—¡Lo que haga falta, María! ¿Qué piso?


Recuerdos todos ellos entrañables, que me transportan a una época feliz de mi vida, lejos de donde ahora vivo.  Imágenes entrañables que solo se trastocan, levemente, al recordar esos sábados que bajaba con mi madre de compras al pueblo y nos encontrábamos con un grupo de mujeres que con pancartas y cacerolas invadían la calles con su presencia y alboroto:

—¡Vamos, vamos! No te pares. Agarra a tu hermana, que no se te suelte y sígueme sin despistarte. —me decía mi madre sin detenerse y buscando la primera puerta en la que meterse con nosotros, hasta que mi padre acudiera a recogernos.

A medida que crecí he entendido que esos nubarrones de mi niñez eran necesarios para tener la vida que ahora muchas de nosotras disfrutamos. Tan distinta a la de entonces.

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Verano, calor y ventilador ( o aire acondicionado si eres de las personas llamadas "suertudas" jejeje. Insisto en que no me está gustando como resuelvo los retos semanales. Pero el compromiso es conmigo misma y no voy a dejarlo. Otro año seré más realista. La edad sí que importa. todos llevamos nuesra mochila, que poco a poco se va llenando.

Reto#30.Utiliza las palabras “bombona”, “afilador” y “revuelta” en tu relato.52 retos literup 2020.



lunes, 27 de julio de 2020

La vida que nos toca

La magia creció dentro de ella sin que pudiera darse cuenta. Acompañaba sus sueños, sus despertares, sus amistades, sus amores. En ocasiones presentía los acontecimientos antes de que llegasen y disfrutaba antes y después. Sin embargo, otras veces, era conocedora de verdaderos dramas incontables, que no podía compartir con nadie, y sufría, también, doblemente. 
Por eso, si quieres,
 quiérete, así, sin más.
 A veces envidiamos lo que no conocemos.

jueves, 23 de julio de 2020

¡Qué más puede pasarme!


A veces lo que parece que va a ser la aventura más maravillosa de tu vida se convierte en poco menos que una pesadilla. Bueno, hablamos de una pesadilla para una chica de 19 años a la que su padre le ofrece un día un trabajo de verano que a ella le parece el mejor regalo del mundo.
Aún no habían acabado las clases. Y ese fin de semana tenía todavía que acabar trabajos y preparar exámenes. Hubiera preferido quedarme en la residencia a estudiar tranquilamente, a mi ritmo.
En casa, reñiría con mis hermanas o discutiría con mi madre, como de costumbre. Además, no disponía de  la intimidad que la habitación de la residencia brindaba: silencio, calma, paz… allí me sentía feliz. Sola, pero feliz.
Pero las normas eran las normas: el fin de semana, a casa.
Sin embargo, ese viernes me esperaba una bonita sorpresa. Al menos así  me lo  tomé yo.  Papá  había pensado en mí para cubrir un puesto de auxiliar administrativa en la fábrica donde él trabajaba como ingeniero jefe. Que mi  padre pensara que podía estar a la altura y que él confiara en ello, supuso un regalo para mi autoestima. Así que acabé el curso expectante de lo que me  esperaba en aquella oficina.
Mi padre trabajaba en una empresa papelera y para el verano siempre contrataban a una persona más para la oficina para poder ir dando vacaciones a las fijas y tener a una persona para atender el teléfono, (que era lo que no quería hacer nadie cuando faltaba la titular).

El primer día estaba como un flan:  nerviosa por no conocer a nadie, por la presión de ser hija de quiera era y dejarlo en buen lugar y por estar a la altura de lo que me  pidieran.
En un principio lo que me encomendaron era laborioso pero no difícil, la única pega era el teléfono. Hablaban muy deprisa, dando por hecho que sabía quienes eran y llamaban cientos de veces para lo mismo. ¡Era una locura!
Aquel día, en la oficina todo iba de mal en peor. Me habían dejado a mí sola la centralita de teléfono. Me estaban volviendo loca entre unos y otros. Cada vez que descolgaba el teléfono, una voz desconocida quería o preguntaba algo que yo no sabía cómo resolver. La mitad de las veces ni siquiera había entendido el nombre de mi interlocutor así que a la hora de pasarla a su destinatario tampoco sabía anunciar bien quién llamaba.
Lo fácil habría sido que me lo hubiera tomado con calma y tranquilidad, y si no entendía el nombre, preguntar de nuevo o las veces necesarias para mí: “¿Quién es?” o “perdón, ¿quién ha dicho que era?
Pero era el tercer día en la oficina y, a pesar de que el resto de mis cometidos los llevaba muy bien, el teléfono era mi mayor suplicio. Cada día muchas llamadas, demasiadas repetidas, por la misma persona. Sin embargo era incapaz de reconocer las voces.
Debería habérmelo tomado con más “filosofía”, no haberme exigido hacerlo todo bien. Pero como siempre, me estaba machacando: “qué tonta que soy”, “cómo seré tan torpe” …
 Y cada vez estaba más nerviosa, las llamadas se  mezclaban las unas con las otras.
Los transportistas llamaban nerviosos y ansiosos por conseguir un viaje para no volver de vacío o por tener un nuevo pedido. El jefe les estaba dando largas e insistían una y otra vez en hablar con él, quien ya estaba empezando a alterarse.
 En ocasiones el lenguaje que utilizaban, llevados por los nervios y tal vez por la torpeza o inexperiencia de la telefonista (o sea, yo), era falto de educación, grosero, soez…
Debería haberme comido la timidez y haber pedido ayuda a la persona que normalmente estaba en ese puesto y que, gracias a mí, se había librado del teléfono. Pero se me fue acumulando el desánimo…

En el peor momento de mi estado de nervios, a punto de levantarme y echarme a llorar, el jefe comunicó conmigo:
—Cuando vuelva a llamar Juan, de Transportes Guridi, dile que mañana a las 6 esté en el almacén para cargar. A los demás diles que no hay nada de momento.
Eso me dio un momento de tranquilidad y bajé la guardia, a todos les diría que no, excepto a Transportes Guridi y la centralita quedaría ese día callada, al fin.
No tardó mucho en volver a echar humo la centralita. Pero iba diciendo que no a todos, hasta que llamó el interesado y le di las instrucciones. Ya estaba tranquila, todo, por fin había salido bien.
Sin embargo faltaba una última llamada… Transportes Guridi…
Y entonces, ¿a quién le había dado el viaje? ¿Qué haría ahora para solucionarlo?
Los que me podían ayudar, el jefe y mi padre, no estaban.  En la oficina estaba yo sola cerrando. (Estoy hablando de un momento en que aún los móviles ni se utilizaban).
¡Qué follón había montado! Volví casa. Al llegar mi padre aún no había llegado. Cuando se lo conté, me contestó que el mal ya estaba hecho, que llamaría él al jefe y si podía se solucionaría.Pero no pudo ser…
 A las 6 de la mañana se presentaron los dos transportistas, pero uno de ellos se fue con las manos vacías y habiendo gastado su tiempo y dinero en el viaje.
Nada más llegar el jefe me llamó a su oficina. La verdad que no me acuerdo de lo que me dijo. Era tanta la vergüenza que sentía por semejante metedura de pata que no sé si escuché lo que me dijo.
Había hecho perder dinero a un trabajador, el jefe estaba, naturalmente, decepcionado conmigo (otros veranos una de sus hijas ocupaba ese puesto), imaginaba que mi padre estaba, como es natural, arrepentido de haberme dicho lo del trabajo, todo el mundo en la oficina sabía lo que había pasado…
¡Qué fracaso! ¡No sabía hacer bien ni el más simple de los trabajos!
Recuerdo que pasé un verano regular, se me hicieron muy largos los meses. Ya no volví a meter la pata pero ese incidente hizo que mi primer trabajo serio se convirtiera  en una espinita clavada en los más profundo de mí. Me costó muchos días quitármelo de la cabeza. Iba con miedo de volver a montarla otra vez.  
No recuerdo si mi padre me volvió a hablar de ese tema. Creo que no. Y cada vez que veía al jefe se me caía la cara de vergüenza, era además amigo de mi padre.
En fin, lo que podía haber sido un repunte en mi autoestima fue todo lo contrario por culpa de aquella fatídica llamada.
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Un poco tarde, pero aquí está el relato de esta semana.Sé que tengo pendiente visitaros por vuestros lares, y a no tardear mucho lo voy a hacer. DE momento os agradezco infinito tods los comentarios que me habéis ido dejando.
Reto#29. Haz una historia sobre una llamada que sale muy mal.52 retos literup 2020.


miércoles, 15 de julio de 2020

La gran explosión

Demasiada gente se agolpa en la entrada del refugio. Todos han confluido allí, tras la explosión de la mañana. Han ido llegando poco a poco aturdidos, perdidos, cansados…
La noche está cayendo y el hambre y el sueño pronto les sorprenderá. Carmen, que parece la más dispuesta, piensa que lo mejor con tanta gente desconocida es organizarse.
—¿Qué podríamos callarnos un poquito para entendernos, Si us plau?
—Ea, a callarze puez! —Manuel la mira sonriendo, le ha hecho gracia su determinación
—¡Qué riquiña! —Lo dice como susurrando, Marisa anda todavía algo desorientada…
Mientras van sentándose en el suelo, obedeciendo el gesto de las manos de Carmen, todos van callando poco a poco.
— Yo crec que deberíamos dormir separados, los hombres de las mujeres…sería lo mejor esto!—Asiente mirando a todos en general Carmen. Su mirada espera una respuesta.
—¿Eso es lo que mirabas antes, tú, tan atenta! Yendo p’aquí y p'allá. —Manuel la desconcierta. Parece estar de cachondeo.
—Pero las mulleres somos moitas… estaremos muy apretadiñas, no?
—Pongamos todos una miqueta de la nostra part… hombres a la derecha, mujeres a la izquierda … parientes al centro.
Todos se distribuyen entre la derecha y la izquierda. Lo que Carmen sospechaba, Nadie se conoce. Son todos desconocidos.
—¡Cada cual de su padre y madre! ¡Por mis muelas!
—¿Qué podrías prepararnos algo de comer, mientras yo organizo este lío?— Se dirige a Marisa, pero Manuel se apunta al carro.
—¡Dicho y hecho! Pa mi sería un plaser, amoz pue¡, Marisa. A ver que no encontramo en la cocina.
Ellos tres parecen los mas enteros. Los demás tienen la mirada tan perdida… Son todo adultos. Por la manera en que hablaban, al priUNncipio, parecían venir de diferentes partes de España. Diferentes acentos, diferentes hablas… aunque todos igual de temerosos.
Poco a poco Carmen los acomoda entre las habitaciones del refugio, las literas al final llegan para todos. Desde la cocina empieza a llegar un delicioso aroma, la gente se dirige al comedor y como autómatas cada uno va cogiendo su planto y su cubierto. Marisa y Manuel llegan con la cena y el silencio se hace en la sal.
Han sido demasiadas emociones para un solo día. Mañana se harán las preguntas necesarias y tal vez encuentren entre todos algunas respuestas…
¿Cómo habrán llegado hasta allí gentes de tantos lugares diferentes? ES como si hubieran atravesado universos paralelos.
Da igual, se dice Carmen. Está demasiado cansada para ocuparse de eso. Tal vez mañana.
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Un poco tarde, pero aquí llega el relato de esta semana. La propuesta era muy difícil. Últimamente
todas se me macen cuesta arriba, aunque esta semana se lleva la palma de momento.
No me ha salido muy allá. Pero como he dicho en otras ocasiones, me he propuesto cumplir el reto y
debo para ello seguir los plazos de publicación. Obligarme a publicar a pesar de que lo que haya 
escrito no sea de mi gusto. 
Reto#28:Tus protagonistas son de dos regiones alejadas entre sí. Refleja su acento creando la voz

¿Cómo lleváis el reto? 
Lo estáis cumpliendo o habéis abandonado?
¿Ya lo habéis intentado otras convocatorias?
Espero vuestros comentarios

domingo, 5 de julio de 2020

A través de la ventana

 
Me encanta mirar por la ventana al edificio de enfrente. Con mi telescopio. Observar sin ser vista.
 Si las cortinas están descorridas se ve la gente de dentro. Lo que hacen. Yo me invento lo que piensan, historias enteras a partir de pequeñas escenas cotidianas.

En uno de esos días, que dedico a fisgonear, localicé en la lente de mi  telescopio una oficina. O eso me pareció.  Una sala llena de mesas, dispuestas como en pequeñas parcelas, con sus escritorios y pequeñas estanterías o armarios con sus complementos de trabajo, donde cada una de las personas sentadas en su “despacho abierto” se dedicaban a no sé muy bien qué asuntos.
Sí, ya sé lo que debes estar pensando, ¡Vaya entrometida, espiando la vida de los demás! Y tal vez tengas razón.
Te lo voy a contar, pero no quiero que lo tomes como una excusa. Sufro sensibilidad química múltiple (SQM) desde los 16 años. Empecé a notar sus efectos tras una ruptura amorosa.
Después de llorar como una tonta durante una semana, en casa encerrada, sin maquillarme y sin casi comer, me di cuenta que no tenía tantos dolores articulares y musculares, de los que siempre sufría, y las crisis de “asma” no me daban tanto. Pero vaya, tampoco le di más importancia.
Al retomar mi vida de instituto, ya que eso fue al final de verano, empecé a notar muchas reacciones adversas en la piel, aumentaron de nuevo los dolores y constantemente sufría síntomas de asfixia. Me empezaron a molestar los olores, los vapores… pero no era consciente de lo que me pasaba y mi madre empezó a decirme que estaba entrando en una depresión, que debía superarlo.
 Como la comida no me sentaba bien, empecé a perder kilos. Mi madre asustada me llevó al médico y ya empezaron que si anorexia, depresión…  Bueno, no quiero alargarme con esto.
La vida siempre me da una de cal y otra de arena. Mi salud empeoró al punto de que casi no salía de casa porque era el único sitio donde me encontraba bien y empecé un canal de YouTube para contar mi día a día, pero como si fuera una historia por capítulos. No dije en ningún momento que fuera lo que yo vivía.
Empezaron a seguirme amigos míos y luego se unió gente que le llamó la atención lo real que parecía mi historia, (¡cómo para no!), me hice conocida en las redes.
Acabé teniendo seguidores con mi misma enfermedad. Fui investigando, contrastando, publicando cuanto encontraba curioso o útil…  constatando, poniendo nombre a lo que me pasaba…
El caso que lo que empezó como entretenimiento, huida,  acabó por darme beneficios y hoy vivo de esto. De mi canal. Donde cuento mi vida y todo lo relacionado con mi enfermedad, (documentación, hechos reales, consejos desde mi experiencia…) , de las historias que escribo,  que cuento en el canal o autopublico.
Gracias a estos ingresos, con 18 años me fui de casa harta de la incomprensión ante mi enfermedad y me alquilé un pequeño ático que es mi burbuja vital. Otro día, si quieres te cuento más de mi historia.
El caso que en un cumpleaños, mis amigos, me regalaron este telescopio que se convirtió en los ojos de mis novelas. ¡Si, lo sé! Me meto en la intimidad de gente anónima que no se lo merece… ¡Pues que corran las cortinas!
A lo que iba. Esa oficina pensé que sería la fuente de inspiración para la tan ansiada trilogía que llevo queriendo escribir hace tiempo. (Decirte que ya tengo 23 tacos… llevo muchos vídeos de YouTube y varias novelas autopublicadas. Y no me quejo.)
Tras  días y días de tediosa “retransmisión”, en que  me siento frente a mi ventanal y miro por el telescopio, observando hora tras hora,  a los trabajadores de esa oficina…
¡Qué hastío! No se van  a tomar café, o al baño o a hablar con sus compañeros. No interaccionan ni visualmente con sus compañeros más cercanos… no se levantan de la silla ni para estirar las piernas… No creo ni que naveguen por internet en su rato de descanso.
¡Su expresión facial no cambia salvo cuando hablan por teléfono! En cuanto cuelgan y se ponen a rellenar la ficha o lo que quieran que rellenen vuelve la inexpresión total a su cara.
La verdad que antes del confinamiento observé que esa oficina estaba vacía. Seguramente teletrabajaban desde casa. Luego poco a poco empezaron a acudir.  Sin mezclarse ni relacionarse con los demás, sin tocar más que lo estrictamente necesario. Limpiando con su “espray especial” cada superficie que conforma su oficina personal, el lugar de trabajo de cada uno.
Llegan con sus mascarillas, que no se quitan hasta que están sentados con todo super desinfectado. Entran y salen escalonadamente  y estoy muy lejos para oírlo, pero a veces intuyo que ni si quiera hay hilo musical común. Incluso creo que el silencio no existirá, que un leve murmullo de voces al teléfono, de unos y otros,  se entremezclará y evitará que los oídos se pierdan en el absoluto silencio.
He pensado que tal vez, en cada escritorio trabaja un empleado de diferentes compañías telefónicas, comerciales a comisión que deben evitar que la competencia les hunda. O tal vez son corredores de bolsa, enfrascados en sus algoritmos y entramados empresariales para conseguir el mayor beneficio para sus clientes, y por ende para ellos.  A veces imagino que pueden ser psicólogos online, buscando acaparar mayor número de pacientes que su vecino de mesa…
No sé. Pero entrar a las ocho de la mañana, sentarte en una mesa, producir beneficios e irte para casa, no es el  trabajo que me gustaría tener.
Casi me aburro yo menos. encerrada en mi casa, al no poder salir, que ellos estando rodeados de gente todo el día.
¿Habrá sido siempre así, o será consecuencia del bichito “que nos habita”?

Hablando con mi amiga Edurne, en la vídeo llamada semanal que nos regalamos, me ha dicho que cómo voy a escribir una historia sobre una oficina real si vivo la vida desde mi ventana.
—¡Qué sabrás tú de oficinas! —Hemos explotado las dos en una carcajada.
Me ha hecho pensar, más bien fantasear. ¿Y si no es una sola oficina, sino diferentes oficinas en distintas dimensiones que por la razón que sea confluyen en ese punto, y lo que a mí me parecen seres humanos son seres extraterrestres, de diferentes mundos que ni siquiera se ven?
Bueno, este es el hilo  del que creo que debo tirar  para mi trilogía. ¡Cuándo aceptaré que lo que mejor se me da es inventar, imaginar historias sorprendentes, irreales, de otros mundos!
Me da rabia. Sabes. La fantasía es el mundo en el que me muevo, la fantasía me ha salvado de todo. El mundo real lo tengo prohibido.

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Reto#27. Escribe un relato que tenga lugar en una oficina muy muy aburrida.52 retos literup 2020.